domingo, 10 de septiembre de 2017

Volver al origen y respirar

Comentario sobre la obra "El Gran Teatro del Mundo"

A veces es necesario volver al origen para tomar un respiro del presente. El origen, allí donde todo ya fue creado, inventado y del que las manifestaciones modernas son fractales, hologramas, réplicas de aquella creación primaria. La raíz desde donde todo crece y se transforma. A fin de cuentas y en honor a la verdad, ya está todo inventado y las manifestaciones modernas son la superposición de formas y búsquedas sobre aquella base antigua.

De este respiro se trata El Gran Teatro del Mundo. Y también del acto lúdico que implica apreciar un show desde su contexto y no como una mera creación insertada en el presente. En otras palabras, interpretarla y vivirla desde la clave en que se presenta. Esto es crucial para valorar la riqueza de una obra.

Este texto de Calderón de la Barca data del año 1630 y en la obra interpretada por Marcela Cánepa y dirigida por Daniel Costanza, se toma un fragmento de su dramaturgia. Unipersonal de actuación orgánica y de cómoda fluidez; impecable -si se permite la inferencia-, en la que se percibió el fuerte estado de presencia en su construcción. Por otro lado, la forma verbal del texto es opuesta al estilo coloquial del teatro actual y por supuesto, de la vida cotidiana; característica extra a la cual atender en su  interpretación y proceso creativo.

El Gran Teatro del Mundo responde a una obra en formato clásico, de teatro tradicional, aquel del que emergieron todas las formas que encontramos como búsquedas de ruptura en el escenario actual. Reconoce también dimensión en teatro de objetos, en el que las maquetas utilizadas son entidades por sí mismas y en sus momentos de interacción mantienen prácticamente la misma jerarquía con la actriz.

La obra se trata de un diálogo entre el teatro y el mundo, en el que el teatro interpela al mundo de los humanos y desde un lugar de castas o sectario, dialógicamente lo analiza. En esto, si se quiere, repica las incongruencias de la época (y de hoy) y el rol de las personas en avivar esta contradicción.

Ubica cada lugar para cada cual y revuelve sobre cómo corrompen los dulces néctares, como si rescatara la perspectiva roussoreana en la que el ser humano sería naturalmente bueno. A su vez, relativiza lo bueno y lo malo y desestima su existencia como tal, bajo la obviedad de que en el teatro antiguo o tradicional todo es un disfraz. Y esto se apoya quizás en que el determinar la bondad o maldad sería como moralizar la naturaleza del acto; juicio que no cabe (como en ningún aspecto de la vida) en un teatro costumbrista, donde la distancia dramatúrgica con el actor y en consecuencia con el público, es evidente, es un juego, una dramatización en la que se celebra absolutamente la ironía del escritor.

Una propuesta de carácter poco frecuente, ya que como se dice previamente, sobre el quiebre se alzan las manifestaciones actuales y, si no van hacia esa ruptura, se desarrollan en clave moderna, más no tradicional. En esta búsqueda, la cultura de la modernidad mira con lejanía las primeras manifestaciones e indaga en la creación de lenguajes nuevos acordes a los tiempos que corren, más veloces e invadidos por el sobre estímulo de los sentidos que lleva abruptamente todo el interior hacia afuera.

En consecuencia, podría ser considerado de gusto acorde a la posmodernidad, aquello que deja al espectador en lugares trans, de tránsito, en anulación o excitación de su mente ante la incertidumbre que posibilita el no encasillamiento disciplinar de la obra, sino que responde a todas juntas y ninguna en estado puro a la vez.

El Gran Teatro del Mundo, una obra de tinte existencialista y filosofal, pero también concreto, donde la realidad se presenta como un juego y a la vez, se separa de ella en una locución de gran observador que, camuflado en su disfraz, la desmenuza.

Ficha técnica:
Actriz: Marcela Cánepa.
Iluminación: Nicolás Maiolo.
Coreografía y codirección: Valeria Fidel.
Dirección General: Daniel Costanza.
Texto: Calderón de la Barca.


Juliana Dolores Biurrun   

jueves, 31 de agosto de 2017

Al desnudo del amor

Comentario sobre la obra de teatro BodyArt

¿Quién no se enamoró alguna vez y se obnubiló en admiración hasta perderse en la inmaterialidad de una contemplación que lo dejó idiota por tiempo indefinido? ¿Quién no fantaseó hasta el cansancio con convertirse en el “objeto de amor” para ese ser perfecto y obsesionó su pensamiento desde abrir los ojos hasta volver a dormir y durante el sueño también? ¿Quién no lo hizo hasta la disolución de su autoestima sobre la posibilidad digna de corresponder en adoración a semejante criatura de los dioses?

En esa instancia aparece el costado oscuro del amor y hace sombra para desvanecer al sujeto y fundirlo en el objeto de deseo, hasta mutarlo al estado de simbiosis y suicidar su belleza de singularidad. BodyArt transita estos espacios mientras se codea con el amor romántico que emerge de las partes en conexión, sin integrar en este caso, el estado de conexión para con ellas mismas.

Lo hace de manera interactiva con los espectadores y desde la búsqueda de una puesta distinta, que empieza cuando el público cruza el ingreso de la sala y se encuentra con un espectáculo de carácter integrador que se viste de obra para relatar una historia de amor.

En la ficción como en la vida, no existen verdades sino puntos de vista, premisa que en BodyArt crece como un homenaje a la sagrada relatividad. Esto se desarrolla en clave dramatúrgica posmoderna, donde la distancia brechtiana entre escritor y actor se quiebra para dar lugar a una narrativa hiperrealista de temperamento intelectual en el colectivo artístico.

En esto cabe la idea de que, “la forma teatral de la dramaturgia posmoderna argentina, expone una escritura que fusiona explícitamente la realidad con la ficción, donde la poesía se desdobla de la metáfora y se redefine existencial. Esa combinación cuestiona en cierto modo la ironía del escritor y el misterio de su inspiración: Si lo escrito es real, autobiográfico o puro cuento” (1).

Aquí, la historia de un amor apasionado y en tránsito, que interpela en lo denso de la mente y critica solapadamente las miserias personales en el mundo del arte, cimentado esto en la minuciosa intelectualidad que pulula la constitución de sus lenguajes.

El debut como director de Diego Saege, lo empodera sobre el uso del espacio y deriva además, en la ruptura a un nuevo nivel: El acercamiento entre las actrices y el público, (ellas Francisca Arriagada y Silvina Forquera). “En esta reformulación el espectador acostumbrado al teatro tradicional podrá redescubrirse en una nueva perspectiva de interpretación e identificación, ya no dada por el absolutismo de la metáfora sino por el acercamiento con la realidad” (2).

Una propuesta fresca y bella en cuanto a lo estético de la construcción colectiva del ambiente artístico plástico –incluido el vestuario-; que indaga empáticamente en las ciclotimias del amor y sus procesos mediados por el ego.

Una historia también de desamor con doble peso en sus heridas: La narcisista y la del corazón; variables que se entrelazan y licúan conforme avanzan, desde que la lente del ego comanda los pasos hasta que sutilmente atenúa sus huellas.

BodyArt es entretenida, llena de color, con música en vivo, rítmica desde su dinámica, divertida y sumamente empática. A decir verdad ¡sería extraño que algún espectador no se sintiera identificado con alguno de los pasajes que en ella suceden!

En esencia, una obra de desnudos y despersonalizaciones, de polarizaciones, rompimientos y vacíos desmembrados en rincones escondidos y manifiestos de la mente: El arte de la locura; el “amor” que enloquece; el hueco tapado que hiere para sentir, el vacío paradójico de la profundidad, la seguridad que abandona, el discípulo que se hace maestro; el maestro que se olvida la luz. Y la rueda que vuelve a empezar, transformada, como el arte mismo del amor.

Ficha técnica:

Actuaciones: Francisca Arriagada, Silvina Forquera y León Tendler.
Dirección: Diego Saege.
Dramaturgia: Sol Rodriguez Seoane.
Vestuario: Julieta Cabanes.
Composición musical: León Tendler.
Artista visual: Ailín Fernández.
Diseño de Iluminación: León Tendler.
Fotografía: Julieta Cabanes y Ailín Fernández.
Realización general: El Sí de los Locos.

1 y 2 - Del texto de este blog, "De formas teatrales emergentes

Juliana Dolores Biurrun




miércoles, 9 de agosto de 2017

Las miserias siguen siendo las mismas

Comentario sobre la obra teatral Solo por ella

Ambientada en los años ‘30, Solo por ella cuenta la historia ficcionada de las vivencias en un conventillo porteño tras la desaparición de Raquel Liberman*, inmigrante polaca que desnudó el ejercicio de la trata en  Argentina durante aquella época.

Bajo la interrogante de dónde está Raquel que se mantiene durante toda la trama, siete personajes conviven entre la realidad que les toca y la presunta falta de posibilidades con que los parió la vida. Hay quienes esperan y quienes sueñan, quienes desean lo ajeno y quienes depositan la felicidad en el futuro. También quienes especulan con esta felicidad y manifiestan entramados de grandeza. Están quienes parecieran inmutables, a quienes la miseria no los toca o no sienten su caricia. Y por supuesto también, aquellos que transcurren sus días sin más.

Es una producción con sello Feliziani, donde la fotografía de sus instantes mantiene la cadencia del teatro de imagen, característica en la que las situaciones de opresión parecieran traducirse en figuras donde el cuerpo se convierte en el instrumento principal.

Este sello se escabulle también en la poética de su dramaturgia colectiva, donde los retoques finales sobre la historia erigida en conjunto como producto de improvisaciones e investigación, exponen la metáfora de la contradicción y las vísceras esparcidas de la pasión como guía del proceso artístico.

En la puesta en escena de la obra mantiene fidelidad con los requerimientos de un teatro de época ambientado en los años 30. En esto el montaje y vestuario se suman a la música y puntos de tensión cortan no solamente entre segmentos de la historia, sino como sublimación de conflictos personales o entre partes que decantan rítmicamente y a su vez, en miserias que siguen siendo las mismas.

La presunta evolución de la sociedad tantísimas veces parece escabullirse o esconderse por las capas bajas de la piel. Los avances son evidentes y pueden cuantificarse, más no cualificarse en profundidad. Las contradicciones están a la orden del día y a pesar de que constitucionalmente las diversidades han adquirido cuantiosos derechos, y la apertura seguida por la deformación de preceptos antiguos pareciera expandirse cada vez con más fuerza; la realidad es que en el del cotidiano nos encontramos con micromachismos y macromachismos que se manifiestan sin mínimo reparo de época ni contexto. Se develan en actitudes ejercidas desde ellos hacia ellas, desde ellas hacia las demás y desde ellas hacia ellas mismas.  

Es así que las infelicidades de un grupo revelan como muestra poblacional lo que ocurría hace 90 años y paradójicamente cruza aún hoy. Sucede que tristemente, pasa el tiempo y más allá de las décadas ganadas y perdidas, las miserias siguen siendo las mismas.

Una obra de denuncia, que trae del pasado un presente en el que docenas de chicas están secuestradas en condición de esclavas sexuales, siendo sometidas a las mayores inhumanidades producto de la propia contaminación de la sociedad. Del alejamiento de lo real y la identificación como fortaleza entre los hombres de la mujer como objeto y propiedad, resultado asquerosamente del sistema patriarcal enraizado en la deformidad de valores y educación.

Es que las miserias siguen siendo las mismas y ante ellas, el arte una de sus mejores contrincantes. Utilizar los espacios artísticos para fortalecer y fertilizar un camino de vislumbre en la evolución social, es un grato excedente en los procesos que decantan los estados interiores y que conectan paradójicamente, con el costado más espiritual de las personas. Porque la abstracción en el momento de la creación, eso también es comunión de espíritu.

Ficha técnica:
- Dramaturgia colectiva.
- Dirección: Silvana Feliziani.
- Elenco: Darío Abreu, Marcelo Brunialtti, Ornella Cucchetti, Elida Nahuelcheo, Gladys Graciela Oses, Graciela Pareja, Mauricio Villar.
- Escenografía: Pablo Aguirre.
- Vestuario: José María Cobo.

­*Su denuncia desmanteló una red de proxenetas de la época y vislumbró el tenor prostibulario del Buenos Aires de los ‘30, donde cientos de inmigrantes llegaron al país huyendo de las miserias del coletazo bélico mundial, favorecidos por la apertura de los gobiernos latinoamericanos que fortalecían la política migratoria para dar rienda a la formación de las economías de mercado.

Juliana Dolores Biurrun

martes, 7 de febrero de 2017

Esas cosas que impulsivamente una escribe en lo que dura una canción

El año del Gallo. Tanto se habla del gallo y del fuego y del ying. Un año de los buenos dicen que se viene. “Dicen”, en un poder otorgado al afuera cuando se busca dar globalidad a un algo que contenga la suposición.
Esta globalidad invisible que nos rodea y contiene, que nos trenza en una red que osa sorprendernos mientras no estamos atentos, y que se activa como una lamparita intermitente cuando susurra esto de “qué chico es el mundo”. No es que el mundo sea chico, es que somos muy inmensos aunque no recordemos, aunque la percepción sobre uno mismo cuando el equilibrio se tuerce para dar cauce a los instintos bajos, se vaya por la tangente y vocifere la noción errónea de que uno es un gusano que se arrastra por el suelo.
Un tendido eléctrico que conecta los cuerpos sutiles y los hace parpadear con cada luna, cuando el cielo está oscuro o el sol se disfraza de tormenta. Posibilidades infinitas que se magnetizan al pensamiento y se materializan para explayarse en este plano. Así de pequeños y así de inmensos, de águilas a lombrices y viceversa, en la ciclotimia natural que atraviesa en combinación al pensante que siente y al sintiente que piensa, que no es uno ni es otro, sino todo en su potencialidad.
En ese camino, víctima de la mente intelectual que comanda la vida social, los preceptos, lo preestablecido y lo que debería ser. Tiranía de las limitaciones que reducen al sujeto y lo vuelven objeto de definición, cuando el pensamiento acartonado lo pone en un frasquito y lo deja pasivo tras el vidrio.
Ese exceso contamina lo posible cuando nada en esta vida es definible, porque lo único constante en el plano material es el cambio. ¿Qué objeto o situación podría encasillarse como tal si todo está en permanente metamorfosis? Esa ilusa pretensión de nombrarlo, de decir que es “así”, alcanza lo que dura el rato y ese rato ya pasó. Una muerte en el gerundio del instante furtivo, que acaba cuando termina de pronunciarse y se disuelve en lo que suena su palabra.  
Y ese frasquito en el que se guardan posibilidades, se atrae con otras posibilidades de frasquito. Las que floten por fuera sentirán rechazo más no pánico de cualquier demanda que intente colocarla allí. Con qué derecho y qué necesidad habría ese frasco de cometer el pecado de encerrar lo que puede volar, lo que nació libre y liberado para honrar el proceso, el despojo y la infinita magnitud del movimiento constante.
Es la mutación el máximo regalo en esta tierra mental, que permite descubrir que por debajo de toda ola subyace lo que no se mide en instante ni concepto; lo que no puede definirse con el intelecto, que será y es el único hilo, el único halo que todo lo envuelve y todo lo es, por arriba, por debajo, por adentro y más allá.

Juliana Biurrun