miércoles, 5 de octubre de 2016

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe II

¿En qué momento la gente se olvida de las complejidades ajenas y el rebote del silencio?

Todos los corazones en determinado momento de sus historias personales laten aturdidos. Nadie que practique la empatía permanecería indiferente a las palpitaciones que acaricien su recuerdo. Tremenda ignorancia la de quien pierde la cortesía del respeto. Silencio y hachazo del vacío que transmite. Violencia. Y el desconcierto, la materialización del potencial.

Eso se vuelve círculo, se repite en acción y reacción. Karma. Se habitúa en estilo cultural de vinculación, con vos y con vos, con uno mismo, con el entorno. Y poco a poco, de la falsa diplomacia surge la irritable cordialidad política que no discrimina partido ni situación social entre dos o más participantes. Se legitima la violencia del silencio cuando es necesario el ruido, la indiferencia en la acción cuando hay comunicación no exacerbada. Como si alguna virtud privada dotara de inmunidad al escarmiento, no por el aprendizaje, sino por la esencia obtusa que le impide entrar.

Los arañazos se contagian en contacto con la piel acorazada y ese contagio, humedece de sangre a las manos que se acercan, que no tocan. En previo pensamiento son alejadas, empujadas al vacío con una línea nueva cavada en la cutícula, diminuta y profunda. Aguda. Demasiadas cicatrices atestiguan esas manos. Aunque a simple vista no se vean, ya no se quieren acercar.

Juliana Dolores Biurrun

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe

A pesar de las manifestaciones permanentes para la detección, visibilización y detención de la violencia en todas sus formas, parecemos inmersos en la espiral del vicio donde la violencia se responde con violencia en todas las acepciones de la palabra. Estamos muy enfermos como sociedad por más sanidad que profesemos. Desequilibrados entre el mal entendido salvarnos a nosotros mismos o permanecer activos en conjunto. Espiritualidad no significa aislamiento, por lo menos no en esta etapa de la vida.

Las susceptibilidades y sus ambigüedades derivadas, se sienten más a piel que en otros ratos: En el psicopateo desprendido de la histeria crecida de la inmadurez emocional, en la distorsión de ideas que inducen falsamente a considerar que lo denso es cariño, que ese halo rancio se aproxima.

La inseguridad personal, el virus de la posesión y la espera, la bacteria de la expectativa, cargan peso fantasma en la espalda. La ansiedad del pensamiento que se fuga al extremo contrario para imaginarse ideas de pantalla. Como si cualquier imagen que pudiera crear puertas adentro de su cráneo cotejara algún atisbo de verdad. Como si pudiera siquiera acercarse.

La mente rumiante pasta kilómetros campo adentro, con la campana perdida, hundida entre los cardos, cubierta de sombra bajo pasto seco. Se declara culpable del aire sucio respirado, la elección ignorante tragada y la ilusión consciente inspirada. Se declara culpable por la autocensura de su vuelo y los rincones empolvados sin viento.

El remolino no agita los costados sin crisis. Del equilibrio no deviene la transformación. El desequilibrio es el principio de todo. Previo a la búsqueda la caída, el temblor. Todas las velas del mundo que se extinguen bajo el mismo zonda. La luna fina como pelo no ilumina. El cielo negro de tormenta succiona el aire en bocanada de eyección, en la lija seca de su lengua virulana. De un sorbo al ácido la nuez. Desintegración.


La inteligencia emocional no está en picada, por el contrario, se mueve en alza y en su agitación, desliga de sus cuerpos a otros cuerpos que en su contradicción, llenan de polvo la mesa servida.

Juliana Dolores Biurrun