domingo, 29 de mayo de 2016

No quiero morir desnudo: El trance de muñecos humanizados

Comentarios sobre la obra producida por el grupo Atacados... por el arte.

El teatro es una experiencia, un modo de conocimiento que se produce a través de vivencias u observaciones. Para hacerlo hay que verlo y para comprenderlo, es necesario desestructurarlo y disociarlo de posibles mensajes o sentidos, para sumergirse de lleno en el convivio de transformación emocional que propone y que no necesita indefectiblemente de la comprensión intelectual para ocurrir.


La capacidad de movilizar lo interno es lo que cualifica su ritual y los creadores de “No quiero morir desnudo” comprenden en profundidad esta condición. El grupo integrado por Jorge Onofri, Liliana Godoy, Dardo Sánchez y Silvina Vega en actuación; junto a César Brié en dirección y dramaturgia junto a Sebastián Fanello en asistencia, hizo de la unión de sus talentos una profunda apuesta interdisciplinaria y emocional.  Se suman a este equipo Carina y Silvina Vega en Realización Plástica con refuerzo de Julieta Tabush; y Humberto Reynoso en Iluminación y Sonido. La producción general estuvo en manos de Atacados… por el arte.

La obra original fue escrita por Onofri y en la instancia final fue convocado César Brié –destacado actor y uno de los grandes directores de teatro latinoamericano- para que terminara de amalgamarla. Él reside actualmente en Italia y se instaló durante un mes con el elenco en La Caja Mágica (Cipolletti) para ensayar 14 horas por día de lunes a lunes. Al cabo de un mes, el trabajo concluyó en la reescritura de la obra entre Onofri y Brié, quien tomó de las historias personales de los actores un enorme capital que incluyó en el material preexistente.

Con la vida y la muerte, el principio y el fin como bases de su argumento, la obra cuenta la historia de un grupo de ancianos en el atardecer de su vida. Transcurre en una sala geriátrica en la que se muestra el cotidiano de los días allí, la interacción con médicos, enfermeros, familiares y las existencialidades que emergen en ese contexto. Muestra a ocho personajes en escena, cuatro títeres y cuatro actores que los manipulan y a la vez, encarnan distintos roles que dan a la historia la potencialidad de desarrollarse en una cantidad incontable de giros narrativos.

Humanos y muñecos se presentan en el mismo nivel actoral, lo que potencia la horizontalidad del protagonismo y revaloriza al teatro de títeres mientras jerarquiza al muñeco como objeto actor. En consecuencia, las marionetas manifiestan personalidades claramente diferenciadas y en esa interacción, lo único de raíz que las identifica es la ancianidad y los conflictos que de allí derivan. El miedo a la muerte, el apego a la vida, el arrepentimiento, el qué hubiera sido de si… las angustias, el desarraigo, el temor a la soledad y la turbación de encontrarse consigo mismo, son algunos de los estadios donde se unen los personajes.

Esto que identifica a los ancianos es el hilo que atraviesa a la inmensa mayoría de mortales. Sucede que el apego a la vida es la mayor de las aflicciones humanas y el abrojo más fuerte que se prende a la tierra. El sujeto terrenal nunca estará preparado para desprenderse y ni siquiera los seres más sabios lo resuelven completamente en este curso porque, lo que es el mayor apego es además el mayor dolor.

En esta construcción se observa también un teatro de imágenes en el que la problemática personal e intrapersonal que atraviesa la historia, es tratada colectivamente y convierte al espectador en sujeto activo cuando lo lleva a reflexionar sobre su pasado, presente y el único futuro común. 

En esta propuesta de drama, el juego y el humor se pliegan como una trenza. El optimismo se camufla en su dramaturgia y evoca como sabor en final de boca, la importancia y el valor de animarse a volar, de no detenerse ni abatirse, de no vivir en las ataduras y de atreverse al viaje. En concordancia, la historia guarda pasajes sumamente alegres que parecen unir el final de la línea de la vida con su principio: La ancianidad y la esencia lúdica de su niñez.

La obra es también una instancia de denuncia sobre la violencia en los geriátricos y los pesares de la longevidad. Retrata el abandono y la soledad de la vejez, la prisión indeclinable en los secretos del pasado familiar; la venganza y los sucesos que llevan a cada uno a ser lo que es. Evoca entre sus aristas a la sexualidad como una de las pulsiones que perduran hasta el fin. 

El simbolismo de este pasaje puede perderse en su veta cómica, pero en profundidad remite con su presencia a la permanencia de la energía más poderosa del universo que con su latido, inicia el movimiento del estímulo creador y refuerza la percepción circular y esperanzadora de que el final no es más que el principio y que la vejez es el paso previo para continuar con el ciclo.

El trabajo sobre la construcción de los títeres y su manipulación merecen una observación aparte. En primer lugar, recrean fielmente la posible ancianidad de cada actor y expresan gráficamente los temperamentos de cada personaje. Estos muñecos que parecen hechos a medida, fueron el resultado de tres años de trabajo y están minuciosamente elaborados, dada la complejidad de su mecanismo de funcionamiento. Por otro lado, la expresividad de estas marionetas fuertemente humanizadas, recrea la impronta de las personalidades en sus estéticas, mientras que las texturas de sus cuerpos mantienen una estrecha fidelidad con la transformación de las personas hacia la vejez.  

Finalmente, el manejo escénico de los actores lleva al público hacia estados de trance en los que se absorbe mientras los muñecos toman vida. Humanos y marionetas se vuelven uno en movimiento, voz y expresividad. El instante se hace burbuja que todo lo envuelve y donde la fantasía se hace realidad en la virtud de cuatro actores que, bajo la dirección del maestro Brié, conciben desde sus miradas la columna vertebral en esta historia y la batuta en su despliegue orquestal.

Juliana Dolores Biurrun

lunes, 2 de mayo de 2016

Apuntes sobre teatro regional

El circuito teatral de la región es activo y prolífero, por eso ante recursos limitados es importante elegir a dónde ir. Comparto algunos breves comentarios sobre obras que están en cartelera o próximas a volver, para invitar al público a llenar las salas y nutrirse con lo encantador de esta experiencia que empieza cuando se cierra la puerta y apaga la luz.


Te voy a matar, mamá: ¡Quién esté libre de pensamiento similar que arroje la primera piedra! Un unipersonal dirigido por Gustavo Lioy, triplicado en tres actrices en tres días diferentes y cada una con su matiz: Mariana Corral con el humor, Silvana Feliziani con el drama y Alejandra Kasjan en la locura. Me tocó la parte dramática del show. Un guión catártico y de marcada intertextualidad. Una actuación excelente y un paseo por manifestaciones ciclotímicas no aptas para quien no disfrute emocionarse. Muchas veces lo que conmueve no es la cualidad de la historia sino el talento de quien la interpreta.  

Bruma del desamparo: Fotografía, colores y belleza, una celebración a la estética de la cromática y la búsqueda de nuevas valentías en el trabajo escenográfico. La historia de un pueblo olvidado por una inundación que al manifestarse en el escenario azota también al corazón del espectador. En esta bruma su imagen inspira: La sorpresa, nadie piensa en ir, nadie busca, nadie vuelve. Fragmentos. Historias que se aplastan en reflejos que se inundan. Almas que miran desde el fondo hasta el costado, que se acercan y, sumidas en sus voces, reflotan el olvido que el diluvio tapó. Fue una de las producciones más destacadas del 2015. Una creación colectiva del grupo regional Embarro Teatro. Protagonizada por Ariel Forestier, Silvina Forquera, Diego Seage y Cintia Ullua.


Mujeres en ofertaSiete monólogos que reflejan formas de violencia y desengaño sobre la mujer. Machismo, intolerancia, subestimación, contrariedad. Siete historias coreográficas con montajes móviles adaptados en una orquesta de matices que se refuerzan en el complemento individual con el mensaje colectivo, interpretado en la importancia de la toma de conciencia sobre este tema. Una producción de desarrollo dinámico, entretenido y visceral que desde su dramaturgia, en pluma del uruguayo Federico Roca, cava profundo en el estómago y vomita de conmoción por su vinculación con la realidad.  Con dirección de Carlos Barro y actuaciones de Bárbara Veselis, Analía Calvo, Itatí Figueroa, Agustina Lucero, Raúl Braga, Alejandra Kasjan Maroa y Mariel Suarez.

Todo mi sano cuerpo, te ofrezco: Las niñas bonitas corren peligro en el pueblo de los hombres. Como lobos o perros ellos las miran por la ventana, las embaucan con fotografías. El rezo, la mamita y la nube blanca, ¿quién dijo que la fe no hace milagros? Una obra empática para nosotras y admirable para todos, con actuaciones geniales que te transportan a ese pueblo donde estas chicas amasan pastas para sobrevivir. Y rezan, lloran y sueñan con la lluvia. Desnudan sus almas en fragilidad de locura, y la cura, ese sueño. Una producción del grupo Basta Flora Teatro de Fiske Menuco. Con actuaciones de Soledad González y Laura Raiteri; dirección y dramaturgia de María Robín.

La extravagancia: Paradoja, drama y humor. Desdoblamiento del tiempo y personajes, ¿fantasía? Extravagancia. Un televisor y ruido blanco, historias que se entrecruzan a través del océano; una actriz fenomenal reina el escenario dividida en cuatro, haciendo del grito mudo su bandera, del humo y la incógnita su magia. Unipersonal interpretado por Laura Raiteri y dramaturgia de Rafael Spregelburd. Producido por el grupo Basta Flora Teatro de Fiske Menuco con dirección de María Robín.

   

Juliana Biurrun