martes, 29 de marzo de 2016

Yoga y Teatro, de instantes está hecha la vida.


El yoga es una filosofía de transformación, un camino de ida que sitúa al sujeto en una plataforma de observación sobre sí mismo, su entorno y realidad, cambiando su perspectiva del hacer diario. La persona progresivamente comienza a escindirse de su ego percibiendo el alrededor como una danza en la que asume personajes redundantemente encarnizados en la personalidad.
El teatro es transformador y en él, las limitaciones se separan del sujeto y las barreras caen paulatinamente como un velo que se corta. El actor se enfrenta a si mismo y resurge en una idiosincrasia inundada por el juego y el sentimiento de que la vida es un escenario en el que florece la capacidad de crear.
En este plano relativo, ¿quién sos, quién soy? Actores observadores, egos personajes, eternos creídos de finitud por el olvido. Todo sucede en este aquí, en este ahora. ¿Hasta dónde llega el juego? ¿Y dónde empieza?
En los ritos ancestrales nace el teatro y en esos mismos ritos se exterioriza la búsqueda interna de conexión con lo que trasciende. Entre los polos de energía que mueve a los sujetos surge el andar y la unión de esos extremos dan vida al actor, al personaje que es el Ser viviendo la experiencia terrenal.
Este proceso en el yoga es la unión del alma individual con la universal, del instante que se funde con lo eterno. Esto se vincula en apariencia contradictoria pero sumamente profunda, con la partitura de instantes que hacen al teatro y se vale de silencios para su impulso.
La contención de esta energía conduce a otra calidad de la misma y la manifiesta de diferentes maneras, al igual que el yoga y sus procesos que se expresan en nuevas facetas para interpretar la vida, en respuesta a la conciencia de lo vibrante en el cuerpo y lo sutil de su emanación. 
En teatro, la carne entera se pone en alerta para anticiparse a la acción y en unión con el yoga, la mente se silencia para observarse y purificar el movimiento que viene. Detenerse en el momento en que se está formulando ese pensamiento es la base del Raja Yoga, el yoga del control de la mente, el entrenamiento esencial de la materia gris.
Ésta práctica lleva al sujeto a un estado de observación constante que inevitablemente produce cambios internos que se reflejan en la vida y por lo tanto, en la forma de actuar. En esta conjunción el caudal energético corporal se hace más presente, atento al instante yóguico y del hecho teatral, en combinación con el grupo, el público y la conexión del actor consigo mismo.
Yoga y teatro son presencia, observación y transformación. En consecuencia resultaría un despropósito disociarlos, porque de su entrelazamiento emerge la fortaleza de saber que esta existencia es un escenario en el que el ego se desplaza, identificado con formas y temporalidades que ocultan la indefinible infinitud. En esta danza no hay actores ni personajes, solo compañeros de vida.

Juliana Biurrun