martes, 9 de junio de 2015

Epifanía de un quiebre

El cielo estaba húmedo y las cuatro AM pisaban el reloj. Una bruma de nube caía sobre el predio y la luna medio llena iluminaba las piedras mojadas. Como un lobo en el paisaje una revelación profunda se paró en frente y una revolución filosófica se instaló en mí. 

Fue un instante expansivo en el que comprendí que uno de los destinos de la humanidad es evolucionar hacia vínculos más profundos no mediados por la forma. Que el sentido del desarrollo de la conciencia radica en salir de la carne para sentir más allá del cuerpo y así honrar al alma que somos viviendo una experiencia terrenal. 

Cuando eso ocurre la epifanía refulge tan fuerte fuera de lo aprendido, que las perspectivas se reducen al sentir del cuerpo amorfo y sutil. Desde allí, las miradas no se manifiestan en las apatías ni los velos de limitación, sino que traspasan la costra para acariciar la sangre que corre por debajo.

Así, comprendí que al vincularse desde la no forma emerge una inspiración más profunda, límpida y de conexión auténtica con el propio ser; como si una parte dormida del alma se despertara y una faceta no experimentada del amor resurgiera para elevar la palpitación de su descubrimiento.

No somos hombres ni mujeres que amamos, eso no tiene que ver con el sexo ni los géneros, ni siquiera con la identidad. Somos seres que conectamos desde el cuerpo sutil y en consecuencia, no es una utopía que las paredes se caigan. Es, por uno u otro camino, el dharma del ser humano. 

Y este trascender no tiene que ver con la exacerbación de las condiciones, el banderismo ni las falsas presunciones de superioridad. El desvanecimiento de las estructuras tampoco se vincula con el libertinaje ni significa que a la ruptura le siga, por defecto, la relativización de códigos morales y de convivencia. 

El amor es alma y la epifanía resuena en el alma que contagia, en el alma que ama; en el alma que se trenza con el alma. Cuando se superen los obstáculos de la sordera y se iluminen las sombras; cuando las formas y preceptos de la carne se deshagan a la ilusión de su limitación, el sujeto terrenal estará más cerca de terminar con una de las causas de injusticia más profundas que sufre la humanidad. Que así sea.

Juliana Biurrun

viernes, 5 de junio de 2015

Repudio

El encierro de las columnas, los cuerpos, las ilusiones. 
El encierro de la culpa, el apego, el miedo. 
El encierro del amor guardado, el beso no dado, el cariño no correspondido. 
El encierro de la puteada no largada, la bronca no vomitada. 
El encierro que se hace grano podredumbre cuando no puede salir. 
El encierro de la soga atada en otra década y el ancla que no deja zarpar. 
El encierro del vuelo en pleno vuelo a diez mil kilómetros del suelo. 
El encierro del estómago en nudo y del nudo en la lengua muda inmunda. 
El encierro de los puños cerrados que no sueltan y no agarran. 
El encierro de los dedos que no acarician el pétalo por no sangrar.