viernes, 5 de diciembre de 2014

La chica de Murphy

Pasa en la vida real. No en las películas ni en los cuentos. Pasa en ese instante en que apoyás el manojo de llaves en el asiento del auto. Pasa en ese instante en el que soltás la puerta del auto y te percatás de que sus llaves están adentro también. Pasa cuando intentás abrir la puerta y te das cuenta de que todas tienen el seguro puesto. Pasa cuando te quedás sin la cartera, sin la billetera, sin el celular, sin 25 centavos para llamar desde un teléfono público. Pasa cuando tenés que ir a votar y el DNI está dentro del auto. Pasa cuando hacen 30 grados de calor y queda una hora para que cierren los comicios. Pasa cuando es domingo a las cinco de la tarde y ningún vecino te abre la puerta. Pasa cuando vivís muy lejos y varios kilómetros de ruta e insolación te separan del centro.

Pasa en la vida real. Pasa en la vida de Ananda. Por eso la historia sigue.

La hora límite se acercaba. Llegó corriendo al colegio Faustino Fernández con el pasaporte en la mano pero estaba cerrado. Saltó el alambre con sus chatitas violetas como si una horda de zombies fuera tras de ella. Corrió por todo el patio con la esperanza de que alguien le abriera la puerta y quebrara la ley por una causa noble, la de dejarla ejercer su derecho a voto. Miró por las ventanas y el colegio estaba vacío. Evidentemente no había sido sede de sufragio. Tiene casi 40 años y todos los cuartos oscuros de su vida le habían tocado allí. Pero como algo podía salir peor en ese rato caótico, ocurrió. Buenas tardes señor Murphy, le dijo agotada.

Llamó a un amigo que la informó sobre el verdadero lugar de voto al que llegó corriendo también. El reloj marcaba las 18.10 pero no había perdido las esperanzas. Golpeó con énfasis las puertas trabadas. Le abrió un policía que al principio no la quería dejar entrar. Cuando ingresó se encontró con siete personas allí sentadas. Preguntó con quién tenía que hablar y solo le respondieron, “señora, ya no puede votar”. Pero siguió insistiendo... sucede que entre sus defectos a veces se destaca la tenacidad.

En su búsqueda dio con el encargado de la escuela, él tenía ojos azules y el pelo blanco por los hombros. Le contó su historia esperando que se apiade, pero no hubo caso. No tuvo más que agachar la cabeza y retirarse sin voto.

¿Y qué pasó con el vehículo cerrado? Finalmente se resolvió con el hallazgo de un cerrajero automotor que lo abrió de manera muy barrial y le cobró como si fuera principio de mes.

Pasa en la vida real. Pasa en la vida de Ananda y puede pasar en la nuestra también. Si todo está mal, hay algo que puede salir peor. No lo dice ella, lo dice una ley. Pero en la vida de Ananda toda tragicomedia renace en historia. ¿Acaso lo único permanente no es el cambio?

Juli Biurrún

Yo deposito mis tesoros en el cielo

Se llama Javier y es de Neuquén. Hoy vive en Mar del Plata y se refugia entre las carpas que se acercan al mar.

Lo conocí una noche en que me pidió un trago de cerveza mientras caminaba sola por la costa. Mi primera reacción fue seguir adelante, pero unos pasos después me acerqué para regalársela. Sin planearlo empezó a contarme su historia y alzó la voz de una vida que no imaginé cruzarme en aquel momento. Curiosidad y esencia obligan, me sumergí en esa conversación y me dejé llevar por el relato que ahora comparto con vos.

Él llegó a Mar del Plata de la mano de un artesano y su mujer psicóloga que le dieron refugio en su vivienda. A cambio del techo, cama y comida, les limpiaba la casa, les cocinaba y compartía su amistad. Al cabo de un año esa historia se dividió y lo llevó a vivir entre las carpas de la costa marplatense, esas que los turistas alquilan para protegerse del sol y él cuida para caminar su vida.
Hoy vive en lo que llama un paraíso. Todas las mañanas se levanta al amanecer y contempla la belleza del reflejo del sol sobre el agua con sal. Pero viene del infierno mental y emocional, de lo profundo de un hueco donde perdió literalmente todo lo que tenía.

Durante tres años fue adicto a la pasta base. Por consumir vendió tres terrenos que tenía en la Villa 31 de Buenos Aires y se quedó sin nada literalmente. Pero tocó fondo cuando una tarde mientras manejaba bajo sus efectos -o con la resaca, vaya uno a saber-, tuvo un accidente en el que falleció su mamá que iba de acompañante.

“Todo lo que tenía, todo lo perdí por consumir. Realmente es algo que te absorbe y no te deja pensar porque lo único que sentís todo el tiempo es que querés más. Es algo que te dispara para arriba muy rápido y es muy intenso, por eso enseguida querés más y más hasta que no podés parar”, relató Javier.

En el medio de nuestra conversación un hombre se acercó a pedirle algo, evidentemente drogas. Se parecía a Keith Richards pero tenía la mirada más desquiciada. Javier lo rechazó y le dijo que se fuera. El sujeto me miró y le hizo un gesto de aprobación, como si yo estuviera allí por un interés similar. Entonces Javier lo volvió a echar con más intensidad. “Hay que hacerse respetar. Es muy duro vivir en la calle y si no te hacés respetar te cagan a trompadas, te matan. Yo dormí en la calle, comí de la basura y robé por necesidad. No lo volvería a hacer”, recordó.

Él cuenta que ahora no necesita más que algo para comer y un lugar donde vivir. Que descubrió que el secreto de la vida radica en los buenos pensamientos, sentimientos y acciones que deposita como tesoros en el cielo. “Lo único que nos queda es ser buena gente, no importa lo que pase, hay que ser bueno y pensar en bien, porque así llegan cosas buenas. De acá no nos llevamos nada y por eso yo deposito mis tesoros en el cielo”, aseguró.

Cuenta que abandonó el consumo por voluntad personal y sin ayuda. Él asegura que cuando se tiene una base de educación que permite discernir caminos, es posible alejarse del vicio con voluntad. “Aunque estaba tan hundido yo sabía como me estaba destruyendo. Por consumir me quedé sin nada y perdí a mi mamá. Si seguía con esa vida me iba a morir también yo. Pero lo que pasó ya pasó y ahora tengo que seguir adelante”, dijo.

No hay manera de saber si verdaderamente está recuperado del todo. Aunque su relato fue coherente, dicen que no se vuelve de adicciones tan profundas. Quizás tenga sus caídas o tal vez su voluntad en este aquí y ahora sea más fuerte que todo. Lo cierto es que él encontró su recuperación en el equilibrio de la balanza, en ser agradecido y llenar su nueva historia de bien.

Lo cierto también, es que cuando dejé caer mis prejuicios de chica sola en la playa nocturna, me encontré con un mensajero que apareció para recordarme lo importante de la vida y el sabor de lo desconocido, junto a la adrenalina de saber que siempre a la vuelta de la esquina, una nueva aventura se puede trepar por tus pies.


Juli Biurrún