jueves, 30 de octubre de 2014

Volar por la sala, aterrizar en el sillón

Me dijeron que nací con una fluidez muy mía, la de crear con la palabra. Que mi mente y corazón son materias primas, pero ¿quién soy para decir algo grande? Si apenas solo puedo contar mi historia…

Como sea, hoy voy a contar una leyenda de ave fénix que nada tiene que ver con una historia romántica, por si acaso así lo pareciera. Ocurrió una tarde cualquiera en que miraba el atardecer. Estaba un poco perceptiva, quizás, había tomado algún trago. Era verano, siempre verano. Y los últimos rayos de sol se escurrían por las ramas entre árboles de copas espesas. A contraluz, se dibujaban nidos con docenas de pájaros ansiosos que dormían temprano y despertaban puntuales al nuevo día. Observaba y me perdía en esa maravilla tan cercana y lejana también.

Y en un instante de fascinación ocurrió la magia. Una sensación más allá del tacto físico, fue una transformación de lo mundano que se desparramó en la piel. Un camino que se abrió, un salto gravitatorio hasta un suelo especial por el que camino esta noche.

Aquí nos movemos en laderas, nos perdemos en el bosque. No tenemos miedo a la oscuridad que cuelga de las ramas. Ni a los ojos brillantes que alumbran en las hojas. En esta zona no existe el fracaso, tampoco el temor. Porque en el bosque aparece el sendero y se hace visible el camino invisible hasta el campo dorado, donde lo irreal es certero como la intuición, la convicción sin confirmación que empuja tan fuerte, que se convierte en una realidad profunda y retumbante en los tímpanos del corazón.


Por este camino se llega a un círculo escondido con circunferencias de troncos y vegetación. Allí, los rayos de la luna de a poco desaparecen kamikazes en el suelo. El último esfuerzo derrama su brillo en nuestras miradas, en nuestro pelo que se sacude con el viento, entre la corriente del aire y los giros del cuello. Las pupilas negras brillan en lágrimas y la boca se estira hasta romper la piel de los labios. Los ojos resurgen en miradas de colibrís que vuelan sin cansarse, con aleteos infinitos que despiertan en tornados de terciopelo, dulces, tan espesos, siempre tan altos como los imaginé.

Juli Biurrún 

  1.  la foto también.

Súper Luna

Luna nublada, imponente. Luna de arcoíris. La más brillante del año. La más cerca de la tierra. Se mueve en Acuario. El sol la sigue desde Leo. Intuición. Corazón. Puedo pensar que es un efecto de la luz o sentir que nos irradia y nos transforma, que nos alcanza como una varita. Ella se merece todos los amores y rituales. Todos los endiosamientos y primeros besos bajo su luz.

Porque nada se escapa a los ojos de la luna llena. Es una chamana del cielo, una maga de las nubes, una bruja de magia blanca que todo lo sabe

Ella es uno de los faros del gran ojo, el que contiene a vientres dentro de vientres y más vientres de mundos que se deshacen a la razón finita. La aureola que dibuja su silueta es la energía de su suelo que se expande. Y esa estela que brilla alrededor es su grandiosa intuición, porque todo lo ve, todo siente, todo lo vibra tan mujer y todo lo ilumina tan bruja.

Juli
la foto también.

Convivencia

Mi gato es sabio. No porque sea mío sino porque de verdad lo es. Él me enseña, es mi compañero fiel y guardián nocturno. Me trae plumas blancas cada vez que se encuentra con un ángel en el patio. Y me besa con pasión, se extasía cada vez que miramos juntos una película. Me habla con su mirada, nos comunicamos sin sonidos. Cuando sube al estante me toca la frente con su pata suave y me dice que todo va a estar bien, que no tenga miedo, que las hadas se esconden en las plantas y vuelan por la casa mientras duermo. A veces cuando sueño las escucho y siento el aire de su aleteo en la punta de mi nariz.

Juli Biurrún



Foto y maquillaje de ANDREA JARA