domingo, 24 de agosto de 2014

Los solitarios

El cielo estaba gris y el aire se sentía húmedo. Los pájaros cantaban tímidos y cuando los escuchaba recordaba aquellas mañanas de invierno en la cama con mamá. Tenía solo algunos años y me ponía triste cuando pensaba que ellos tenían frío porque no estaban con su mami como yo con la mía.

Inmersa en esa imagen subí a la bicicleta y llegué hasta una plaza cerca del río. El aire olía fresco, qué bueno que tenía mis guantes. Qué bueno que mi piel estaba curtida. Me sentía fuerte. Todavía me siento fuerte.

Con los auriculares puestos me apoyé en un árbol y empecé a observar. La calle estaba casi vacía y solo se veían algunos caminantes ansiosos y solitarios, esos que si pasaban mucho tiempo dentro de su casa sentían que se asfixiaban y necesitaban salir a respirar sol, aunque la tarde estuviera nublada.

A pocos metros había una esquina en reparación donde los autos se acumulaban para doblar en u. Y en un momento a esa fauna de vehículos se sumó un motor ruidoso por añadiduras post fábrica. Su conductor se asomaba orgulloso por la ventanilla, ¿acaso no se daba cuenta de que su escape era insoportable? Ocurre que a los solitarios les molesta profundamente esa actitud, seguramente porque en el fondo también lo sean. 

Ellos habitan en la ambigüedad del poder sin nadie y el necesitar de todos. Se convierten a ese estado cuando el cotidiano los empuja para no sufrir de soledad. Como defensa personal se aferran a su individualidad omnisciente para no deteriorarse en la espera de terceros. Y así crecen felices en su mundo, abstraídos de los demás, disociados del entorno, en convivencia con su propia y mejor compañía, la incondicional.

Juliana Biurrún

Una mañana

Un dolor agudo te atraviesa el vientre. Tu estómago se contrae y en un espasmo involuntario une tus rodillas con el pecho. Tomás forma de bicho bolita mientras sentís como los filamentos se destruyen. Tu estómago se estira y en tu pecho se dibuja un mapa de mil venas. Las piernas que te acompañan se tiñen tintas y su circulación está espesa como una ruta congestionada. El bajovientre se desgarra. ¿Acaso lo que duele son las entrañas? El ceño se frunce, los ojos lloran y la piel se moja como excitada. El calor frío te invade y sus gotas heladas se deslizan por los surcos de tu cuello. Solamente querés volver a la cama pero tenés que ir a trabajar. El octavo día solo existe para Dios.


Juliana Biurrún

Palabras

Las palabras tienen fuerza propia que va más allá de quien las pronuncie. No necesitan aprobación ninguna y cuando son lanzadas al universo su poder rueda instantáneamente. Son la resonancia del sonido interno y su vibración puede expandirse hasta lugares desconocidos. Para bien o para mal, ese Todo no distingue entre patrones de bondad o perjuicio, solo capta intenciones y las materializa en sus emisarios. Por eso cuidado con lo deseas, porque sin dudas puede cumplirse.

Las palabras son poder de creencia, expansión, puentes de vulgaridad o divinidad. Son sagradas escritas o habladas. El mensajero en cualquiera de sus formas es el medio. Sabio, discípulo o pastor, todos viven y son en ellas.

Palabras de madre tierra, de plano humano y celestial. Palabras de voz o pensamiento. Palabras selladas, transtemporales e interplanetarias. Todas son lenguajes del cielo y la boca no es conciente de la longitud de sus dichos cuando los derrama en los hilos del cosmos.


Porque ellas son la conexión que une a las neuronas en un idioma desconocido; la materialización de la energía sutil en el cuerpo denso. La fuerza que impulsa la convicción en la acción. El eco que se estira de los labios, el envión que dispara las ideas. Las palabras son expresión mágica cuando plasman sentimiento. El canal que usa el corazón para desapegarse y ser en una leyenda sin dueño ni fin.

Juliana Biurrún

Consejos para un viajero

Viajar es cambiar, abrirse, absorber. Es un shock vitamínico que despierta las defensas y aumenta la percepción de palabras, gestos, sonidos, aromas, sabores y olores. Se trata de moldear el cuerpo y mente a lo amorfo de lo desconocido, inspirar al espíritu a iluminar historias, consumir cultura y masticar interacción. Es descubrir que somos capaces de superar lo que sea y que podemos adaptarnos a lo lejano sin miedo. Porque viajar es también crecer en empatía y humanidad.

Pero el viaje no concluye en el viajero. Por el contrario, termina de capitalizarse cuando lo aprendido es compartido y se convierte en nuevos saberes para alguien más. Una foto, una anécdota, una receta o lo que sea que capte la atención de cada uno, contribuyen en esta cruzada para aprender a través de.


Por eso viajero, no te distraigas en el paisaje ni en el cielo. Admirá con profundidad los colores de cada lugar que pises, extraé el jugo de cada conversación en la calle, observá cómo interactúa la gente entre sí, cuan amorosos son, cuáles situaciones se repiten.

Probá comidas extrañas, cosas que jamás comerías o que no encontrarías en tu tierra. Aunque en las radios te digan que no, comé alguna vez comida de la calle y si te animás, preguntale a quien te la venda cómo es un día de su vida.

Llevá en tu espalda siempre una mochila con una prenda que te camufle, algo clásico, un sweater negro con el que llegue la noche y puedas entrar sin problemas a un bar o te sirva para acoplarte en una choza del río.

Y cuando salgas a la mañana no vuelvas hasta el final, porque si regresás al hospedaje aunque sea un rato, te va a dar sueño y las ganas de seguir van a luchar contra la almohada. Retorná a la cama cuando hayas hecho todo lo que te inspiraba ese día. No importa que estés despeinado o un poco sucio. El peine nunca puede faltar en tu mochila y si sos mujer un corrector de ojeras tampoco.

Una botella de agua, la cámara de fotos, el cuaderno de viaje, unas buenas zapatillas, una gorra y nada más. El resto es equipaje extra. Toda la energía ya está en tus pies.

Durante tu viaje buscá el costado under del turismo. No te quedes con lo que primero que aparezca en la web. Para esto es fundamental charlar con la gente del lugar. Ellos son los mejores asesores del explorador.

Y no te olvides de caminar con una sonrisa dispuesta a encontrar una historia nueva cada vez que dobles en la esquina. No importa si quien comparta el asiento del colectivo con vos sea japonés. Seguro que alguna conversación en presente simple de inglés van a poder tener.

No tengas miedo ni te sientas inseguro, porque cuando te arriesgues al máximo desafío vas a descubrir el poder que reside en vos, la fuerza inmensa con la que siempre caminaste y quizás nunca habías sentido.


Prestá atención a tus sensaciones para reencontrarte en cada lugar por diferente que sea. Y cuando vuelvas, por favor contame con detalles tu historia. Quiero ver a través de tu voz el lugar al que todavía no pude llegar.

Juli Biurrún

viernes, 15 de agosto de 2014

Vivir en aventura

Bienaventurados quienes crucen cordilleras en su imaginación y enfunden su espíritu con virginidad de sorpresa. Ellos se transformarán por admiración y alumbrarán su camino con ojos de niño.

Para encontrar la aventura hay que redescubrir lo que se mira y darle impulso profundo al corazón. Ella se camufla invisible a los ojos dispersos y se balancea entre ambientes para llamar la atención. Coquetea desde las sombras y le silba a quienes caminan por su vereda. Muchas veces ese sonido se pierde en la nada, pero cuando alguien escucha la melodía de sus labios no puede resistir el encanto.

Encontrarla implica generar rupturas para percibir el sabor escondido en lo cotidiano. Esa búsqueda se trata quebrar parámetros y volverse un espectador permeable a situaciones de potencial transformador; ser protagonista en la cadencia de acciones para vibrar con más fuerza y color en lo que ocurra. Y por supuesto, es también arriesgarse alegre y sin miedo a lo desconocido, porque la aventura se vive más en el proceso que en el resultado.

Los niños y animales domésticos como gatos y perros son grandes aventureros dignos de admiración. Ellos se vuelven locos de fantasía cuando transforman lo mundano en especial y lo reviven con gracia. Porque en ese camino la imaginación es como un escudo que protege de lo monocromo y la aventura su espada cromática. Con ellas en alza puede ganarse cualquier batalla para una existencia multicolor.


A fin de cuentas, la historia más sabrosa se escribe cuando se redescubre lo magnífico de lo insignificante y eso resurge en una explosión de buenaventura. Pero lo mejor de todo es que no hay que viajar hasta el Amazonas de Brasil para encontrarla. Vive con vos, duerme en tu cama, comparte la ducha y el jabón. Te susurra en sueños y se disfraza de odalisca, te ofrece manjares y te masajea los pies. Hace todo lo posible para que la veas y te enredes con ella en una historia sin fin.

Yulais