lunes, 30 de junio de 2014

Ver el tigre

Lo más extremo que se nos presenta cuando pensamos en la desgracia es la muerte -y me refiero sólo a la que ocurre en orden natural- la otra no tiene nombre. El miedo y el dolor que despierta desde una perspectiva si se quiere “intelectualizada”, son producto del ego que dice que con ella, la existencia desaparece y los cordones umbilicales del camino se desvanecen en el agujero de la nada. 


También se puede pensar que lo anterior no es real y que cuando el momento llega, la Esencia de la persona emprende un viaje indefinido por los confines del universo. Interpretado de esa manera hasta parece un suceso interesante. 

Entonces allí en estrellas lejanas, la esperarían aventuras inimaginables para este terreno; repasos y balanzas, plumas y pesos, supernovas en canal directo. Flotaría en el Absoluto donde el tiempo desaparecería y la velocidad de sus no formas superaría la concepción mundana, mientras los pensamientos se desplazarían en la sincronicidad eterna del presente infinito. Todas las alternativas son posibles hasta donde llegue la rienda suelta de la fe, la imaginación y la memoria de los instintos. 

Como soñar no cuesta nada y es más efectivo que la vacía incredulidad, en este ciclo camino de ir y volver, voy a sembrar una afirmación para el mañana de un año sin número: Ser una persona que elije ser feliz y trabaja por construir un mundo de magia a su alrededor. Aunque tenga épocas grises y días negros. Aunque me pierda en la Tormenta Roja de Júpiter. Aunque a mi novio le aburran mis inquietudes y aunque a veces me invadan los malos recuerdos. Porque si hay algo que festejo fuerte es que todo es transitorio, transformador y que por ende, la destrucción de las barreras es el camino más real para mantenerse del buen costado.

Juliana Biurrún

martes, 24 de junio de 2014

Camino a Roma

En situaciones límite la persona descubre su esencia y su auténtico potencial. En esos momentos reflota lo bueno y lo malo que tiene adentro. Y con toda la verdad afuera, en medio de ese remolino de contradicción, florece su mejor versión.

Porque las historias más tristes de la vida son también renacimientos. Su nobleza obliga a dejarse ser en la curiosidad y revelar así pasiones nuevas para redefinir con ellas sentires y conceptos.

De ahí la infinidad de palabras y pensamientos que hay por descubrir; las racionalidades más diversas para indagar en los miles de versos escritos durante miles de años que llevan al mismo lugar. Hacia el espacio que se unifica entre vos, yo, el hermano del siglo pasado y la hija que voy a tener mañana. El paradójico destino individual y compartido; indefinido, sabido al fin.

Juli Biurrún

sábado, 7 de junio de 2014

Ser

Me movía como una rana. Flexionaba y estiraba brazos y piernas al mismo tiempo. Mientras avanzaba dejaba una estela de ondas con el contorno de mi cuerpo. La energía de ese movimiento se repetía más allá de mi, se reproducía a mi alrededor. Se fundía con ese alrededor. Con esos movimientos yo era en el alrededor.

En el aire se repetía el efecto. Con los mismos movimientos podía volar, volar en estado horizontal. Podía moverme con igual facilidad en los ambientes. Yo era en los estados, en el aire, en el agua, en el azul.

Todo ese movimiento que se expande habita en mi, mora en mi cuerpo. Desde siempre viene conmigo. Desde hace tanto tiempo que no lo recuerdo. El se reinyectó aquí en esa explosión que fue mi fecundación. Y se reproduce como eco cada vez que me muevo.

No necesito nada. Esa magia vive en mi. La escucho, percibo sus ondas en el aire. La siento, como siento el placer en lugares que no veo. Como siento a mis ovarios cuando se estrujan entre relámpagos que anticipan la tempestad.
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Somos iguales, vos en mi yo en vos. No necesitás nada, solo recordar que está ahí. Redescubrir tu poder innato, eterno. Transformarte a tu esencia, renacer en fuego, aire, agua y tierra desde tu pecho. Reconocer al ancestro de tu conexión botánica; el que se estira hacia arriba y adelante para tocarse con los rayos. El que sigue la luz del sol para materializar la alquimia mágica de los cloroplastos y la fotosíntesis en tu cuerpo.

Juliana Biurrún

Él es Luno

Este gatito es especial, como todos. No es porque sea negro y mágico, ni dócil y compañero. Ni mucho menos porque sea hermoso.

Su historia se remonta al año 1994 cuando iba a cuarto grado. Los que me conocen saben que siempre fui amante de los animales. Por lo menos desde que tuve la libertad para ir sola a la plaza del barrio y encariñarme en una tarde con un perro que anduviera solo por ahí.

Así pasaron por casa las perritas Sorpresa, Solita; llegó el gato Abrojito y después Samantha. Ella fue mamá de Samantico, el único sobreviviente de una cría de cinco hermanos de los que tres nacieron prematuros y el último fue muerto después de nacer; estimamos que por aplastamiento y asfixia de su madre que lo parió cinco horas más tarde dentro de un cajón, mientras todos dormíamos.

Samantico fue una edición especial de felino. Todas las mañanas me seguía cuando caminaba al colegio que quedaba a unas cuadras de casa. Era un clásico volver para llevarlo porque tenía miedo de que se perdiera o algún perro lo lastimara.

Su final no fue bueno. En aquella época ya cerca del 2000, una vecina tuvo un rapto de locura y maldad que desencadenó en el envenenamiento a varios gatos de la cuadra. Tiempo después supimos que dejaba carne con estricnina en la entrada de su vivienda.

Samantico volvió a morir a casa. Su cuerpo estaba tieso y de su boca salía espuma blanca. Ni siquiera alcanzó a entrar y apenas llegó hasta el patio de adelante. Ese fue un acto de amor enorme que desestima las creencias de que los gatos no son fieles.

Pero empecé contando que la historia de este gatito del presente se remonta a 1994, cuando en un intervalo sin mascotas le dije a mamá que quería un gato negro. Poco tiempo después ella llegó con una gata blanca, muy peluda y de ojos azules. Se llamaba Petunia.

Los años pasaron hasta el 16 de abril de 2014, fecha que se anunció durante semanas por la luna roja que iba a reinar el cielo. Aquel día mientras la noche se empezaba a asomar llegamos a una casa por un papel pegado en una veterinaria. El chico que vivía allí había rescatado a tres gatitos abandonados en la calle San Martín. Uno era naranja, el otro negro y el último tricolor.

Cuando lo vimos por primera vez era muy chiquito y tenía los pelos parados; era hiperquinético y estaba enojado. Decidimos llevarlo. Por sobre todo era extremadamente tierno y lo más importante, nos elegimos en el primer encuentro. Era negro como la noche y su luna de renacimiento sería de color sangre. De ahí su nombre Luno.

Durante horas él se escondió detrás de la heladera mientras yo rezaba porque se tranquilice. Tras varios intentos por sacarlo del escondite, corrimos el bulto y me senté en ese hueco. Lo acurruqué en mis brazos. Podía sentir su miedo y hacía fuerza con mi corazón para que se calme. Minutos después tuvo su primer ronroneo. Y para mí fue mágico. Me sentí mamá, no te rías.

Reencontrarme con esa criatura pura y repleta de sentimientos fue reconectar con el origen. Hoy llegar a casa y verlo asomarse por la ventana enciende el calor del hogar. Mirarlo acercarse con cara de dormido me recuerda que todo está bien. Aceptarlo en su excitación cuando me besa incansablemente el brazo me reafirma que está tan loco por mí como yo por él. Descubrirlo tan dócil y amoroso con los amigos me asegura lo rodeados de buena gente que estamos. Atajarlo cuando se está por caer del sillón enroscado en su propio cuerpo por un estado profundo de ensoñación me despierta protección ante la vulnerabilidad. Entender su impulso cuando salta y clava sus uñas en mis piernas para que lo abrace ejercita la empatía de comprender que él no quiere lastimarme y solo quiere cariño. Todo esto me resulta extremadamente tierno.

Admirarlos en su independencia y elegancia revive el afecto por los gatos. Asombrarse con la majestuosidad de su destreza y la luminosidad de su velocidad revaloriza la adoración a su especie. Él es como es y aceptarlo como tal es parte de lo que estas criaturas nos enseñan. Reflexionar sobre su fortaleza y fragilidad, nos incita a pensar en la magia y sabiduría de la creación.

Mientras escribo él está acá, conmigo, ronroneando sobre mis piernas, contagiándome su ternura. Inspirando mi amor.
Gracias!


Juliana Biurrún

Magia II

Tuve un sueño. Estaba vestida de blanco y dibujaba con mis dedos el número ocho mientras flotaba horizontal. Ahora que lo pienso ese es también el símbolo del infinito.


Era tan real que sentía entre mis nervios la templada adrenalina del océano. En mi sueño todo era posible y me movía sobre la cresta de una ola entre miles de luminas que brillaban sobre mí. Eran hadas y sílfides del aire que bailaban en espiral con los brazos abiertos y sus pechos mirando al cielo.

En mi sueño todo era de color blanco mágico y no sentía miedo por nada. Ni de las criaturas que se escondían en el fondo negro del mar, ni de las arpías que se disfrazaban de mujer sensual. No preocupaban los obstáculos ni la muerte y tampoco me asustaban los precipicios o los volcanes en erupción.


Y fue un sentimiento real, mágico, palpable para mi corazón que no tiene vergüenza de latir en lo que parece fantasía. Caballo corazón que galopa con energía inagotable.

Juliana Biurrún.

Magia I

¿Qué es lo primero que ves en tu mente cuando suena la palabra magia? ¿Calderos? ¿Pociones? ¿Túnicas negras? Yo pienso en blancos y dorados. En destellos de estrellas azules que viajan tan rápido que vienen desde el pasado y ya son el futuro. Esas estelas atraviesan todo el cuerpo de mi piel.

Y titilo, titilo fuerte porque toda la luz que hay alrededor todavía no alcanza para todo este cielo. Hay que iluminar el barrio entero, la ciudad. A toda la familia, los amigos, a todos los enemigos.

No es suficiente con que vueles como un águila y alcances a beber el néctar de la flor roja. El aire de tus alas tiene que llegar a los pájaros que todavía caminan por el suelo. El polen de tu campo tiene que viajar en el polvo para esparcirse como semilla en la superficie alrededor.

No es casual que necesites hacerlo. Sucede porque que descubriste a la magia o la magia te descubrió a vos. Y cuando esa gracia emerge de lo profundo del estómago se transforma en servicio del alma, en un trabajo del dharma. El que sabe debe… comunicarla, compartirla, acompañarla. Hacerla real.


¿Parece demasiado? En el recorrido van a aparecer todo tipo de criaturas que intenten desestimar tus ideales, humillar tu credulidad. No tengas miedo. Legiones de bondades corren en tu misma dirección.

Juliana Biurrún.