viernes, 9 de mayo de 2014

Sobrevivir el plantón

Diarios de viaje III

Los viajes se revalorizan en las aventuras. Y las aventuras, por supuesto, están ligadas a situaciones extremas. ¿Acaso ya escribí alguna vez sobre el placer de estirar los límites de lo pensable?

Esta fue otra experiencia que puso a prueba la tolerancia en la adversidad y la capacidad de soportar la hostilidad en el propio cuerpo. Y vaya sorpresa, son resistentes las células que cubren nuestra piel.

Eran las 7.30 de la mañana y estábamos rumbo al distrito mexicano de Palenque, zona conocida por sus cascadas de paraíso y las ruinas mayas que enaltecen al Rey Pakal y la Reina Roja. La ruta era suave y sus paredes selváticas inundaban de humedad y aire fresco el camino.

De repente nos topamos con un cúmulo de autos que no podían avanzar porque en la bifurcada entre destinos, un “plantón” de camionetas y vecinos interrumpía el paso. Esto que conocemos como “piquete” en Argentina, se repite en Latinoamérica impulsado en todos lados por el mismo estímulo: Reclamar por promesas incumplidas y trasladar la carencia a la repercusión cotidiana.

Los autores del hecho eran pobladores de la zona que se manifestaban por el mejoramiento de nueve kilómetros de ruta. Era un pedido reiterado que había sido silenciado tiempo atrás por dinero puesto en manos de sus propios voceros según dicen. “Los gobernantes entregan plata a los dirigentes y con eso los hacen callar y calmarse un tiempo; pero no solucionan nada, los problemas persisten y al tiempo vuelven a reflotar”, nos contó Ángel, un arquitecto mexicano con quien entablamos amistad por aquellas tierras.

Las horas pasaron y acumularon kilómetros de autos, camionetas y camiones de alimentos varados una ruta de contexto selvático. La sombra empezó a desaparecer y el asfalto a volverse brasa. Nadie estaba preparado para soportar el plantón y no había agua para beber. Paulatinamente las caras empezaron a mostrar sufrimiento y los ojos a caer de desesperación. Las pieles de color tostado natural comenzaron a enrojecerse y las gotas de transpiración grandes como perlas de collar fantasía, a suicidarse por los brazos, cuellos y manos.

La situación se volvió tan insoportable que los transportistas emprendieron a vender jugos que trasladaban para la entrega en comercios. La gente exhausta se acostaba debajo de los vehículos más grandes y se escondía entre la vegetación de alrededor para cubrirse del sol. Allí la temperatura es realmente agresiva y a los casi 50 grados que suelen haber, se le suma la humedad constante que potencia la adversidad del clima. No en vano le llaman “la época de la canícula” a un periodo cercano al día de esta historia.

Así alcanzamos las seis horas de espera en un estado que no daba tregua. Pero la naturaleza de supervivencia que apadrina el instinto nos llenó de fuerza para transformar la situación y pasar el rato lo mejor posible. Interactuamos y nos llenamos de información enriquecedora sobre la realidad del país. Conocimos personajes de los que todavía escucho el tono de su voz cuando los recuerdo. Incorporamos lenguaje nativo para las anécdotas y conocimos una vez más y por suerte, el lado b que se vive en la clase turista, más no en el turismo empaquetado.

“Sacar belleza de este caos es virtud” y sin dudas hoy, “el infierno está encantador”.

Juliana Biurrún