miércoles, 23 de abril de 2014

Perdidos en Tehuacán, un cachetazo de realidad

Diarios de viajes II 


Pensamos conocer realidades de las que tenemos letra solamente por noticias de ayer; por la tele, por el diario. Conceptos, ni siquiera ideas. Conceptos “panikeados” por lo que dicen esas voces virtuales… 

Viajamos 2100 kilómetros por rutas mexicanas de norte a sur. Nuestras guías eran un GPS de confianza ciega y el mapa de papel que casi nunca falla. El próximo destino era la localidad de Córdoba tras un paso por la bella Puebla; ciudad cultural por excelencia y donde hay muchas actividades gratuitas de música, exposiciones y teatro, entre otras. 

Sabíamos que la ruta entre lugares era complicada y nos recomendaron trazar una V en el camino para evitar un pasaje excesivamente sinuoso. En el trayecto el asfalto se hizo más angosto y por el volumen del tránsito la marca del velocímetro se redujo a 50. Así llegó la noche.


En algún kilómetro desorbitado del recorrido la flecha roja del GPS indicó girar a la izquierda. Desde ese momento, el caudal de vehículos disminuyó drásticamente y las calles se volvieron de piedras, arena, subidas, bajadas, pozos y oscuridad. La guía indicaba incomprensiblemente doblar por correderas que no existían, rodear la misma manzana y repetir esquinas con transeútes de mirada sostenida sin vergüenza de avergonzar. Eran jugadores locales y su intimidación innecesaria parte del juego… Era como estar en un agujero negro perdido en la confusión del mundo satélite.

El lugar era intimidante y pequeño. Allí las familias montaban puestos de venta callejera en las puertas de sus casas y la mujer era la jefa o cara del comercio mientras los niños jugaban cerca. Tal vez eran las mismas madres de quienes amedrentaban con su braveza a los extraños en cuadras cercanas. 

Tras varias vueltas por el paraje el GPS siguió marcando caminos fallidos y, una vez en el corazón del lugar, los intentos de reencontrar la carretera fueron desconsolados. Con el ánimo caldeado recorrimos calles de ripio todavía más pronunciado y cuadras y cuadras sin alumbrado público. La situación se volvió desesperante y despertó el instinto de defensa inminente. 

En ese contexto cruzamos el resabio de una iglesia hundida en la oscuridad e iluminada desde adentro por una pequeña vela, guerrera de las sombras. Más adelante más ripio y más tensión. Estábamos perdidos a miles de kilómetros de casa y en el medio de la nada, sumidos en el cielo negro de una noche sin luna, asfixiados por la incertidumbre de no saber. 

En la búsqueda del retorno consultamos a parejas de novios o alguna señorita valiente que anduviera por ahí. Fue hasta que cruzamos un carro de policía que seguimos durante cien metros con la esperanza de que nos indique el camino. En aquello que parecía tierra de nadie, el móvil subió al carril de una ruta minúscula y frenó para dirigir el tránsito. 

Alrededor de su paradero apareció gente en estado de consternación que caminaba en círculos y se mordía las uñas. Pasos más adelante un cuerpo yacía en el piso con sus brazos estirados hacia arriba y el cachete izquierdo desparramado sobre la calzada. Estaba muerto. 

Por el estado del cadáver tendido y la sensación de miedo entre quienes se movían alrededor, sumado a la actitud de la policía cuando llegó a su encuentro; entendimos que el sujeto había sido asesinado y arrojado ahí. Tenía un pañuelo claro y campera azul. Más adelante, una llamarada de varios metros flameaba viva al costado del camino.

Impresionados seguimos rumbo hasta que empalmamos con la ruta original. Estábamos desconcertados y flotando en una experiencia surrealista. Fue un cachetazo de realidad que nos corrió del estado de "panikeo" virtual para conectarnos con la mano dura de una tierra rezagada. 

El gran regalo de la historia fue la certeza de conocer y palpitar de cerca la realidad del corazón mexicano; allí donde la justicia en la periferia no tiene nombre ni perdona, pero tampoco se hace esperar ni se inhibe con la voz de la conciencia. 

Hoy más que nunca amo mi hogar y mi país. No hay lugar en el mundo como casa. 

Juliana Biurrún

-> “No Panikear” fue un término usado por Luis Alberto Spinetta en su carta a los medios cuando se conoció sobre su cáncer de pulmón.

sábado, 19 de abril de 2014

La vida en demasía: Intensa, metafísica y existencial

La vida en demasía es una obra de teatro regional que impresiona y genera emociones fuertes. Sorpresa, identificación, desconcierto, conmoción, gusto o desagrado son algunas de las direcciones para donde pueden disparar los sentimientos durante la función.


Es una creación que pone en duda la cotidianeidad plana e indaga en escenarios posibles más allá de la existencia material. Se sitúa en un espacio del no tiempo donde no existe el pasado ni el futuro, solo el aquí y ahora en el que los personajes se encuentran sin saber de dónde vienen ni quiénes son; por qué están juntos en lo desconocido y unidos en un drama que no comprenden. ¿Acaso están muertos y ese es el infierno? ¿De dónde viene la fuerza que los obliga a convivir en la incertidumbre del olvido (o en estado de conciencia plena)?

Su contenido es de intertextualidad metafísica y existencial. En sus matices toma pasajes de la idea de reencarnación y aprendizaje a través de las vidas; de la red invisible que recorre el universo y conecta todas las almas entre sí. Propone la certeza de dimensiones paralelas donde existen muchas versiones de uno mismo generadas por cada posible decisión.

La Vida en Demasía induce al choque, provoca impacto, genera cosas. Es movimiento y respuesta. Va hacia adelante en la búsqueda de una conclusión que explique la desgracia que aqueja la historia. Y entre el vómito y la podredumbre por la culpa y el miedo al cambio en que viven sus personalidades, descubre el objetivo. 


El elenco está formado por Pablo Di Lorenzo, Andrea Jara, Laura Sarmiento y Alejandro Cabrera. Las actuaciones intensas y sollozantes son acompañadas por una conjunción de méritos entre los que el sonido e iluminación potencian las emociones de la historia y se integran en una estructura rítmica que la acompañan con precisión. El agregado del maquillaje artístico realizado por el emprendimiento Luz y Sombras Make Up, optimiza el dramatismo de la función y deja la impronta cualitativa de un recurso no explotado en el teatro regional.

Con dramaturgia del director Pablo Todero y elaboración del grupo “Crash Teatro”, la obra es producto de un proceso creativo de construcción colectiva y la mayoría del guión es resultado de ensayos de improvisación. 


Es aguda desde el inicio y empieza con intempestivos que proponen el shock. Es oscura y a la vez luminosa, porque en ella se descubre el renacer infinito en un espiral que busca lo mismo cada vez: Materializar la utopía de ser para seguir siendo eternamente. Porque la vida en demasía, es la vida sin fin.

La obra puede verse todos los sábados de abril y mayo en el teatro Ámbito Histrión (Chubut 240) a las 21.30. 

Juliana Biurrún

domingo, 13 de abril de 2014

Pantallazo social: Observaciones sobre la cultura mexicana.

Diarios de viaje I - Relato de percepciones culturales.

México es sabor y contradicción. Contradicción de paraísos y contaminación; de sabiduría y arrebatamiento del conocimiento; de fuerza de trabajo y vidas mendigas; de sobreoferta de educación y ausencia absoluta en generaciones enteras; de solidaridad y desgano; de militarización irreverente y muerte inocente; de rutas sumamente comunicativas e indiferencia en el tránsito. De dulces y picantes, de inglés sobre castellano, de autopistas fenomenales a caminos sin marcas, de selvas a cactus y de confianza hasta la quinta corroboración.

México 2014 fue una aventura que nos permitió encontrarnos con las dos caras del país latinoamericano: las maravillas de su carta de presentación y la realidad fuera de la circunferencia de cada plaza central.

Allí los extremos sociales, económicos, políticos y culturales son agudos. La policía abunda en postura militarizada y - según dicen - sin capacitación, lo que genera el efecto contrario de desprotección en el ciudadano trabajador. En aquellas tierras como en todo el mundo, viven magnates mientras hay niños que corren por la ruta vendiendo pulpa de coco. Lo paradójico es que allí se engendró sabiduría universal y en el presente faltan docenas y docenas de años educativos para revertir un mínimo los modos de hacer que nacieron de la marginación.

Es un país hermoso y dueño de numerosos puntos paradisíacos del globo. Su gente es amable y solidaria en compartir o regalar un trago. De hecho es mal tomado rechazar un obsequio y según dicen, es importante aceptarlo porque de lo contrario se interpreta como una ofensa para quien lo ofrece.

Para empezar el recorrido es prioritario subir al asfalto, un terreno complicado para transitar y donde es normal que no se respeten las normas de tránsito ni se hagan odas a la luz de guiñe. Aún así el índice de accidentes no es alto y está encabezado por fatalidades en motos conducidas a gran velocidad.

En una observación machista que se repite como eco, un taxista de Distrito Federal (DF) aseguró que el 70 por ciento de las mujeres que manejan lo hacen mal pero el 30 por ciento restante lo hace muy bien.

En los caminos escasea la solidaridad de información entre autos. Allí los vehículos cambian de carril sin avisar y a la velocidad que sea; mientras que los colectivos y camionetas encierran con distancias de aguja y al borde del impacto a los más pequeños. Por momentos es normal vivir un caos de anarquía rutera que se rige bajo la ley de la selva: que sobreviva el más fuerte, el más grande, el más vivo o el más indiferente.

Esto se contradice con el nivel comunicativo que se expresa en autopistas de gran nivel donde abunda la cartelería que apela a la prioridad del peatón, a la prudencia en el camino porque “tu familia te espera” y al “conducir con cortesía”, de expresión literal.

Respecto a los incidentes en la ruta, según taxistas de DF es aconsejable no frenar a la vista de accidentes o gente parada a la vera pidiendo ayuda. Aseguran que es más probable que sean acciones planificadas para el atraco a una situación real.

En relación a la situación educativa, en los centros de las ciudades se fomenta la cultura del estudio y se destaca la preparación académica como único camino para conseguir “buenos puestos” laborales. La premisa del “se más” como salto cualitativo de la capacitación, se alza contra la intimidación latente por la pronta desactualización laboral del no seguir estudiando.

Por otro lado es frecuente observar que más allá de la educación formal, mucha gente vive de oficios aprendidos en la educación cotidiana y con los que salen todos los días a ganar el pan. Por ejemplo, la venta callejera de choclos, tamales y tacos. A esto se suma la promoción pública de eventos donde no se utiliza la pegatina de carteles sino que sus anuncios en los muros son pintados a mano, con mucho color y caligrafías específicas. Su lectura supone que esta metodología abre el campo laboral fuera de la educación formal y se vincula directamente con la importancia del entrenamiento en el aprendizaje de los oficios.

También hay un fuerte impulso de la educación ambiental y toma de conciencia en los centros urbanos porque DF es una de las megalópolis más contaminadas del mundo. Allí su cielo no es celeste sino que tiende al gris y las nubes no se aprecian definidas por el alto nivel de smog.

Esa escena de estímulo educativo no se repite en espacios periféricos de pobreza, lo que concluye en tierras que son caldo de cultivo para la entrada de la inseguridad  y narcotráfico. Esto deriva en una sociedad militarizada con policías sobrearmados que circulan en masa sobre la cúpula de sus camiones.

Según comentarios de la gente del lugar, los agentes no están capacitados académicamente y, si bien hay instituciones para hacerlo, no es requisito para acceder a la fuerza. Dicen que son seleccionados por dirigentes y grupos de poder que ante determinadas situaciones llaman a la gente común para oficiar de uniformado. Una vez hecho, si sobreviven en el atraco por el que fueron convocados conservan su lugar.

Es decir que en cierto modo es policía quien tiene la ambición, lo desea y aprueba. A través de eso acceden a beneficios sociales y se calzan el “uniforme de impunidad” que les permite cargar ametralladoras y hacer de los chalecos antibalas el vestuario cotidiano.

Ángel es un arquitecto mexicano que conocimos durante un “plantón” (piquete) en el camino desde Villa Hermosa (Tabasco) a Palenque (Chiapas). Él nos contó que su sobrino de niño soñaba con ser policía y que de grande, cumplió su objetivo. De su primer trabajo de campo volvió con tres tiros en el abdomen que gracias al chaleco no llegaron a su piel.    

Respecto a la compraventa de drogas y el papel de la policía, ciudadanos mexicanos afirman que no son los narcos quienes “embisten” a los pobres, sino los propios uniformados que utilizan el “plante” de droga para arrestos falsamente justificados. Esto podría interpretarse como un intercambio de roles en el que los traficantes se “meten entre ellos” y por ende, hacen el trabajo de la policía.

Amor a la mexicana
Un lindo atributo de su comunidad es que son muy pasionales y demostrativos. Ellos no escatiman cariño en público aunque vayan en un subte con 30 grados de temperatura. Tal vez por eso haya tantos sex shop y locales de venta de lencería erótica.

Esto se vincula tal vez, con la apreciación general que hacen hombres y mujeres de allí sobre la aceptación social de la infidelidad masculina. Dicho permitido se justifica en que en las familias tipo, ellos llevan el alimento y eso alcanzaría para disminuir el impacto de su acción.

Por otro lado en lo que respecta a las tendencias, muchísimas personas no siguen una moda sino que solo cubren su cuerpo sin importar combinación o estética. Esto plantea un modo de convivencia más libre en el que un vestuario favorezca o no a sus figuras no es preocupación, sino que por el contrario, se rigen sencillamente por lo que les surge. Y eso es muy bueno.

Las mujeres usan mucho maquillaje y se dibujan las cejas. Es común entre ellas depilarlas completas y después pintar sobre sus ojos la expresión que consideren que mejor les calce. Los hombres también son muy coquetos y los más “cancheros” usan gel, tienen el pelo siempre bien cortado y se lustran los zapatos en la calle.

Lo que caracteriza a México a nivel mundial es el gran consumo de picantes sumamente fuertes que a los extranjeros ingenuos les destruyen el intestino. Las comidas son muy condimentadas y es común la mezcla de sabores como fruta y chile en cualquier ingesta del día. Por eso si hay algo que tienen fuerte los mexicanos es el estómago. Dicen que comer chile libera endorfinas y produce sensación de bienestar. Quizás por este consumo extra es que tienen el buen humor que los caracteriza.

Como dato importante para la época de redacción de este texto, entre junio, julio y agosto viven un segmento de calor extremo que llaman “La época de la Canícula”. Durante esos meses las temperaturas son altísimas y llueve solo por minutos. Dicen que es un periodo de caos bochornoso que empieza a gestarse con la llegada de la primavera el 21 de marzo. Con ese cambio de estación aumentan drásticamente los casos de enfermedades como gripes y diarreas agudas, por lo que se aconseja desde los medios de comunicación extremar las condiciones de higiene y no ingerir alimentos de venta ambulante.

Para terminar con este pantallazo de observaciones sobre la cultura mexicana, es interesante comentar la frecuencia con la que bandas de pubs interpretan música argentina, en especial Soda Stereo.

Juliana Biurrún

sábado, 12 de abril de 2014

Huellas en la ruta


El sol rebota en el parabrisas y el viento se cuela con silbidos por la ventanilla. Una mara cruza por la ruta y como siempre, te preguntás cómo puede correr tan rápido.

El asfalto habla, tiene historias en su lomo que fueron escritas con caucho derretido. Son largas, medianas, continuas o de tres en tres. Rectas y oblicuas, algunas desaparecen en el precipicio. 

Instantes, sustos, vida y muerte. El di*blo mete la cola y tienta a pecar de imprudencia cuando en un segundo, se inyecta más fuerte que el instinto de supervivencia. 

Los eslabones se acercan mientras alguien maneja tranquilo y escucha Pink Floyd. En su camino de repente la distancia con el auto de adelante desaparece y el espanto ebulliciona su cuerpo. Entierra el freno y se horroriza cuando mira para el costado y ve a cuatro ruedas con una familia rebotar contra la banquina de tierra. El polvo cubre todo y sus brazos se llenan de temblor. 

Están todos bien. Intenta recomponerse mientras decide abandonar el camino o volver a su inercia. Pronto se da cuenta de que la primera no es una opción. Insiste y busca en vano el recuerdo del momento desaparecido de su percepción. Pero ya no está en su conciencia conciente; se evaporó de su memoria para transformarse en electricidad corporal. 

La ruta es un camino de solidaridad y cuidado mutuo. Un lugar donde la interacción enseña que se avanza hasta que a lo lejos aparezca yo; hasta que en el horizonte te dibujes vos.

Ella ruega que te despiertes para disfrutar de su adrenalina bajo la guarda de la conciencia prudente; la que no desafía a la física ni el tiempo; la que avanza segura y comprometida con el rumbo. 

La ruta pide poco: que no tientes a la suerte de la ceguera. Que seas humilde y empático para comprender el apuro o lentitud. No tolera la soberbia ni el apriete de terceros. Le repele la grandilocuencia que ignora la esterchés de sus curvas y su condición para mantener la vida o dar muerte. 

Su lenguaje es sencillo y primario de la condición social. El cuidado mutuo es el padrino de las ciencias asfálticas. Paciencia y atención son sus padres. Compañerismo, lectura de situación y respeto sus hijos. 

Esta confluencia circunstancial de tiempo y espacio concentra las energías de ansiedad que protagonizan el viaje. Desde esa agrupación compleja y multipersonal se desprenden las premisas que protegen la vida y dan sentido al objetivo compartido: llegar enteros, cansados y felices.

Seamos pacientes y prudentes. No lo dejemos meter la cola.

Juliana