viernes, 17 de enero de 2014

Equilibrio de amor

¿Es casual que mucha gente del entorno comente que el 2013 fue un año muy especial y movilizador? Nada es casualidad, ya lo aprendimos. Por el contrario, pisa fuerte la convicción de que el año pasado fue una época de preparación en la que todos los platos se pusieron en la mesa para producir lo que una vez llamé “tu mejor versión”.

No es casual esta sensación generalizada de haber “encontrado el camino” y sentir el paso por una etapa de purificación, claridad y ordenamiento de ideas. De reencuentros y acercamiento a seres con quienes conectamos en la búsqueda y nos retroalimentamos en el impulso de la exploración.

En esta vía el perdón y las gracias se expandieron ya no por mandatos sociales sino como necesidades espirituales. Practicar la empatía e interpretar realidades ajenas desde lugares propios nos volvió más compañeros, comprensivos y compasivos. Por decantación, las limitaciones del orgullo se desvanecieron y los falsos centros generados por el ego revalorizaron la importancia de la armonía en todos los aspectos de la vida.

Esto reafirma la certeza de que el conflicto en las personas y sociedades no se basa de raíz en lo bueno o lo malo – a pesar de ser las fuerzas más poderosas que movilizan al mundo - sino en la falta de equilibrio entre sus factores. En otras palabras, su ausencia trae la arritmia que provoca el desorden y de ahí la importancia de trabajar en su balance: Ni demasiado vos ni demasiado yo. Ni pensamientos monotemáticos ni pensamientos sin profundidad. Ni demasiada sanidad ni demasiada insanidad. Ni demasiado trabajo ni demasiada pereza. Ni demasiado ego ni demasiada sumisión. Y así infinitamente.

Sumergirse en este camino es un desafío para quien lo emprenda (todos disfrutamos la excitación de los extremos); un llamado a no divagar en el absolutismo con perspectivas falsas de totalidad. Porque caer en ese lugar común y medir situaciones con la vara del todo lo veo - todo lo sé, roza involuntariamente la soberbia y otros no deseados.

Despiertas, dormidas o en estados de ensoñación, las inquietudes intelectuales trasmutan a estados latentes de ansiedad espiritual en los que el alma necesita expresarse para expandirse. En este barco el crecimiento del conocimiento es un hacer constante y un compromiso moral compartirlo una vez adquirido.

Por eso no te sorprendas si desde adentro brota una necesidad intensa de escribir y que las ideas bajen por tus dedos hasta los botones del teclado. El impulso visceral de que las palabras florezcan en sentidos que te trasciendan y lleguen hasta donde no las veas, allí donde renueven la fe y estimulen a preguntarse sobre el poder de la existencia.

Miremos al cielo y escuchemos a las estrellas que nos hablan, observemos sus formas y a la reina que encandila cuando nos mira. Que los fuegos se enciendan y las tormentas fabriquen centellas. Que el aire del viento como elemento mayor revolucione las superficies, alborote el agua, apague las llamas y vuelva como líquido para restablecer el equilibrio natural. Porque en esta escuela vestida de Tierra ellos fueron los magos que interactuaron para darle vida. A fin de cuentas, su necesidad de comunicación fue el estímulo que movilizó el principio de todo (en este mundo y desde que lo único era luz).

*Dedicado al universo que vive en cada uno*

Juliana Biurrún