lunes, 5 de agosto de 2013

Ella es Abuki ♥

Las fotos de los años ‘50 muestran un rostro de labios carnosos y ojos rasgados. La mirada bellísima de una jovencita que escribiría una historia especial. Ella nació en la capital de Buenos Aires y hacia su adolescencia la familia se mudó a Bahía Blanca. Su tesis de piano data de 1959 y la letra caligráfica de su escritura revela la impronta de su educación formal.

Fue parienta directa del general Juan José Valle, uno de los últimos fusilados en Argentina el 12 de junio de 1956, tras encabezar la rebelión cívico militar contra el ex presidente de facto, Pedro Aramburu. Estuvo a punto de recibirse de abogada, pero las concesiones obligadas de la profesión le gritaron cambiar el rumbo. Así eligió el camino de la docencia, que por aquellos tiempos era común pero para ella significaba vocación.

Fue una apasionada de la enseñanza y la transmisión de conocimiento. Se hundió tanto en las historias de los protagonistas de sus grados, que los lazos se escaparon de la escuela y la llevaron hasta los cumpleaños de su rebaño o atrajeron al rebaño hacia los suyos. Los recuerdos en colores dibujan a una docena de pubers parados del otro lado del portón aplaudiendo para darle la sorpresa.

Hacia su adultez le gustaba hacer cara de mono y simular ojos de historias truculentas para entretener a la parte joven de la familia. Se reía cuando perdía los dientes y se irritaba demasiado cuando de verdad no los podía encontrar. El comentario recurrente cuando se la mencionaba entre los pares, era la intensidad con que hacía carcajear a las compañeras de trabajo y sus amigos. Siempre ávida y espontánea, ocurrente y absolutamente empática.

Adoraba escribir, era una gran literata que siempre llegaba al hogar con algún reconocimiento. Adicta a la lectura, era feliz con unos ricos mates y un cuerpo ancho de palabras. Todo bajo el árbol violeta y la perra al lado. También era amante de la música y el piano. Los fines de semana en su casa de Amulén se amanecía con Bach, Chopin o la majestuosidad de Freddie.

La autosuficiencia fue un pilar de su persona ¿Cómo una fémina no podía abastecerse por sus medios o ser la par de su hombre? La equidad de género fue una de sus máximas. “Amar a tu masculino y acompañarlo incondicionalmente, complacerlo con el deseo y el corazón, siempre que sea mutuo”, solía decir.

Frecuentemente se preguntaba por el legado y lo que sucedería después. Estaba segura de
que la huella en la tierra se marcaría a través de los nietos, en la descendencia de su descendencia, su sangre magnificada en esencia.

Era protectora y servicial. Siempre me cuidaba con bolsas de agua caliente cuando mis pies tenían frío; me masajeaba las piernas cuando despertaba acongojada de dolor a las 4 AM; o me tranquilizaba en las madrugadas de invierno cuando me ponía triste porque pensaba que los parajitos tenían frío.

Fue una compinche expedita cuando de “chicos” se tratara. Lo que más quería era ver a sus críos felices, protegidos y contenidos. Ella sentía seguridad al creer que su estirpe estaría resguardada del dolor y la soledad a los que quizás les temía tanto. Era amiga y consejera, experta en casos de contención y llantos nocturnos.

Entre ironías y paradojas, acogió a todo “desamparado” que se cruzara por su camino y gracias a esa fortaleza/debilidad, pasé la infancia rodeada de mascotas. Ocurre que siempre tuvo afinidad con las almas en pena y los corazones tristes. Era parte indisociable de su ser y con naturalidad generaba tanta empatía con los sujetos afectados, que hacía carne suya del sentimiento ajeno. Esto rememora la anécdota de un Día del Amigo de los ’90 en el barrio, cuando la mayoría del grupo decidió no incluir a una de las nenas en el almuerzo de hamburguesas a la parrilla que nos haría papá. Cuando ella se enteró que había quedado fuera, automáticamente buscó entre sus cosas un regalito para hacerle y la invitó. “Cómo la van a dejar de lado…” nos dijo. Quizás pecó de entrometida, pero su mensaje de amor fue más fuerte que la trasgresión.

Su personalidad se tradujo en enseñanzas de palabras explícitas y mudas. “La fidelidad es una elección”, decía siempre. Me llevó años comprender a lo que se refería. Sucede que lo que somos nos trasciende y lo que no formalizó en dichos, lo manifestó en los actos de su guía invisible para nuestra vida.

No existe momento que parezca apropiado para salir del horno y aprender a respirar sin oxígeno. Constantemente parece demasiado temprano para hacerlo. En este sentido, una mujer con gran sabiduría dijo que el último regalo de los padres, es la madurez que nos explota cuando los despedimos. Y que en esta presencia impalpable de su ser, florece la satisfacción de su cosecha por los años de bondad derramada.

La inmortalidad de un alma en la tierra nace de la esencia que vive en los recuerdos. Continuar su enseñanza y aprender de sus errores, es honrar la historia que fue, para que nosotros “sigamos siendo”.

Gracias.
Hasta siempre.
Te amo.
Juli.