lunes, 13 de mayo de 2013

Perú, un país intenso.

Observaciones sobre la cultura andina

Si hay una palabra que define a Perú, es INTENSO, todo con mayúsculas. El clima y la comida, el relieve y sus contrastes, la gente y su insistencia, la belleza y su pobreza, el tránsito y el ruido, las calles y su caos. La cultura tan presente y paradójicamente ausente.


Su gente vive en un relieve adverso para casi cualquier criollo, con subidas y bajadas permanentes en alturas por momentos agobiantes. Allí la vida cotidiana es un entrenamiento constante contra la adversidad y en la sociedad, parecen mantenerse intactas las proposiciones de su pasado inca: “No robarás, no mentirás y no serás perezoso”. El seguir estas premisas le habría permitido a la cultura andina, erigir un imperio en el que vivieron en palacios y fueron profesionales de las ciencias sin estudios.

Esta esencia se respira hasta hoy en sus calles mientras en las escuelas enseñan inglés. Es paradójica la disociación que surge aquí entre pérdida y mantenimiento cultural: Se capacita para trabajar el turismo y en la educación no se enfatiza por qué, como dijo un taxista, son “mendigos sentados en un trono de oro”.


Quien los visite nunca estará a la deriva porque en la vía pública, se ofrece permanentemente hospedaje, excursiones, moneda de cambio y gastronomía, entre otras. Aquí nace una de las diferencias entre lo que mi compañero llama “el turista de foto y el de aventura”. El primero llegará en busca de lo seguro hasta registrar la imagen típica de la zona. El segundo, explorará y explotará el tiempo, encontrará en cada lugar un suceso y descubrirá una historia en cada sujeto. Se llenará de recuerdos y observaciones, al punto de mimetizarse con el contexto para sentir y comprender que existen infinitas maneras de vivir.

En el interior de Perú la contaminación sonora es infernal y los bocinazos son permanentes. En las calles hay más transportes de servicio que personales y en su tránsito conviven con el orden dentro del caos. Las zonas urbanas están superpobladas de motos, mototaxis y taxis que todo el tiempo rozan el límite de trasgresión sin incurrir en accidentes. No se usan cascos y tampoco bicicletas.
Respecto a la alimentación, no desperdician nada y con las cosas que aquí tiramos, allá hacen sopas. Por ejemplo las patas de gallina se usan para la llamada “dieta de pollo” y el sector de los embutidos es protagonista en los supermercados. La variedad de salchichas, fiambres y partes ignoradas de los animales, son de consumo primero en la tierra andina.      

El arte en Perú
En la biografía se cita a expresiones como la música clásica y contemporánea entre los fuertes culturales del país. Pero en lo cotidiano, su presencia es nula y en los lugares públicos o de hospedaje, suenan canciones viejas y repetitivas, me atrevo a escribir que de la mala comercial.

Lo incongruente es que todos tienen acceso a internet y hay cibers en la mayoría de los lugares. La web es la voz cantante de la democratización de la información y cualquiera que sufra la virtud de la curiosidad, acude a este remedio. Entonces ¿qué pensar de la reiteración constante de chatarra sonora? Pareciera que predominan pocas pretensiones sobre la musicalización y su calidad. Pero si la contaminación del sonido se siente naturalizada, ¿cómo sorprenderse con esta falta de atención al playlist de todos los días? 

He aquí una anécdota al respecto: En un bar el hombre que cobraba preguntó, “¿Argentina? ¡Wachiturros! ¿Allí escuchas Wachiturros? Aquí nos gustan mucho, lo consideramos buena música". Todo dicho. Por suerte al otro día un taxista comentó que le encantaba el rock argentino, en especial el señor Charly García. No todo estaba perdido. 


Por otro lado, los medios gráficos de comunicación son sumamente sensacionalistas y amarillistas mientras que son furor las historietas apócrifas de The Walking Dead. También tienen buenas producciones cinematográficas como la película “Asu Mare” del actor y humorista Carlos Alcántara y “Cementerio General” de Dorian Fernández Moris, la primera historia de terror peruana basada en leyendas urbanas alrededor del cementerio de Iquitos.

Respecto a la literatura, desde el Estado parece prestarse especial atención a fomentar la producción lugareña. En la calle se consiguen ediciones de “munilibros” en puestos ambulantes y hay delegaciones de bibliotecas municipales exclusivas de autores regionales donde sus textos se consiguen a bajo costo.  Estos son organismos de gobierno a los que asisten más turistas que peruanos, según lo conversado durante una de las visitas.

Lo vinculado al diseño también está muy estimulado desde lo estatal y educativo. "Convertí tu talento en una profesión" y frases de ese estilo, se leen  frecuentemente en la vía pública. Esto sumado a la genial marca país que los identifica y el nivel creativo de los murales que visten sus calles, hace evidente que lo visual y el color son de sus principales apuestas.

En las manufacturas artísticas que frecuentan la venta callejera, predomina el arte comercial turístico sobre la elaboración artesanal de telas, adornos, vasijas y bijou, entre otras. Es decir, se comercializan elementos evidentemente fabricados en masa y no de origen exclusivo como se supone, debería ser.

Las cholas, damas incansables de multicolor


En el medio de la nada se las ve. Por las calles cuesta arriba o en la cima de alguna elevación cercana. Con la piel curtida y de sandalias gastadas caminan con sus bolsas en la espalda. Ahí llevan sus elementos de venta y a veces algún niño. Parecen tener energía infinita y ser poderosas contra el entorno adverso. Trabajan desde que se despiertan hasta que vuelven a dormir. En el intermedio crían a sus hijos y son pieza fundamental en el sostén del hogar, vivan solas o en pareja.

Son insistentes y obstinadas para vender aros, sweaters o medias a los turistas. “Es de piel de llama”, repiten sin respirar para aumentar la posibilidad de compra. Son fuertes y tenaces, no se permiten volver a casa sin nada en las manos.

A todos lados van con sus llamas. Para ellas son posesiones de mucho valor y las crían desde pequeñas. No son sólo mascotas de afecto y compañía, también  son objetos de lucro: Para sacarles una foto con consentimiento, la chola exige propina. Y si se dispara sin avisar y ella se da cuenta, persigue al intrépido hasta cobrar una moneda.

Las Islas de los Uros y sus féminas


Sobre el lago Titicaca, el navegable más alto del mundo, flotan las islas artificiales de los Uros, una civilización descendiente de los indígenas Uro que se refugiaron allí para escapar del imperio Inca. En el espejo de agua hay aproximadamente 70 de estas construcciones que tienen tres metros de espesor y están hechas con totoras y sedimentos que crecen en el lugar. 

Entre sus fuentes de vida se destacan la pesca, el tejido y el turismo como uno de los principales ingresos. Tal es así, que el trato hacia quienes los visitan es de sobrada bienvenida y es normal que los inviten a conocer sus chozas y pasear en bote.


La estética de las mujeres es similar a la de las cholas que se ven en el resto de Perú. La diferencia entre ellas radica en que su ropa es una forma de comunicación sobre el estado civil. Las casadas se visten con colores apagados y usan pompones de lana oscura en las puntas de sus trenzas, mientras que las solteras, se enfundan en tonos brillantes, como amarillos, fucsias y celestes. Lo que coincide en todas, es que cerca de los dos años cuando caminan firmes, les ponen su primera pollera hasta la eternidad.

Las parejas se forman generalmente en los bailes y cuando una señorita quiere llamar la atención de un muchacho, lo mira y mueve los pompones de sus trenzas para exteriorizar el interés. Así él se acerca y surge la posibilidad de concretar una cita en bote, donde los enamorados suelen darse sus primeros besos.

El arte del tejido al ser uno de los principales sustentos, es incorporado a temprana edad entre los pobladores. A los cinco se les empieza a enseñar y a los siete deben dominar la técnica, es decir, poder hacer paisajes y retratar la vida cotidiana en las telas. Sucede lo mismo con los varones. Esta práctica es de tal importancia en su cultura, que quien no la desarrolla deja de ser considerado buen ciudadano y se lo tilda de "vago", por no estar capacitado ser parte del sustento.

Argentina sentimiento internacional
En Perú pareciera que admiran a los argentinos o por lo menos, que les tienen cariño. Además de ser una sociedad muy amable para con nos, destacan con frecuencia las ¿virtudes? de sus oriundos o a sujetos coterráneos que en la actualidad, son únicos en el globo.

Ustedes tienen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Maradona es el Padre, Messi el Hijo y el Papa Francisco el Espíritu Santo ¡Ahora tienen también a la Reina de Holanda!”. Comentó un guía. Y siguió con su reflexión, “Argentina… buenos futbolistas… usted seguro debe ser un buen jugador. Nosotros hace veinte años que no vamos a un Mundial,

¡cinco mundiales que no participamos! Dicen que en Argentina levantás una piedra y sale un jugador de fútbol. Tienen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Y ahora tienen a la Reina!”, repitió entusiasmado.

Eva Duarte de Perón es otro factor común que aparece en las conversaciones cuando un extranjero se refiere a la tierra albiceleste. Coreanos from Corea y asiáticos del Barrio Chino de Nueva York, la recuerdan en la versión Maddona de “Don’t Cry for me Argentina”. Si bien la conocen por la Chica Material, tienen presente entre sus primeras referencias a quien fue una primera dama polémica y sin dudas una gran mujer.

Y Boca, la Bombonera, el azul y amarillo reaparecieron y remeras ropa interior. Hasta los vinos dijeron presentes en tierra peruana y las botellas de Postales del Fin del Mundo se cotizaban en el mercado a lo que un Rutini en suelo argento.

Para terminar, es importante recordar que lo contado en este texto es un resumen subjetivo de algo imposible de resumir. Sucede que las observaciones de un turista de aventura nunca terminan de pensarse. El aire de la mente fuera del hábitat, potencia los sentidos e impregna con sentimiento de realización a quien esté encendido en el viaje, mientras las ideas que surgen de cada asociación dan fuerza al origen nómade del ser humano: Existen infinitas maneras de vivir, solo hay que saber que es posible.

¡Hasta la próxima!
Texto y fotos, Juliana Biurrún.

miércoles, 8 de mayo de 2013

El ritual del vino

Siempre hay una buena excusa para descorchar un vino. Una cena con amigas, una cita romántica, un domingo de asado, ¿un almuerzo de trabajo? También, por qué no.

El interés por él evoluciona conforme la edad, madurez y exigencias culturales del consumidor. En cuanto el sujeto se vuelve más pretencioso y explorativo de la calidad sobre la cantidad, se produce el clic del que dicen no se vuelve.

Desde ese momento, el buscador hace el intento de sentir el aroma del que los simpatizantes hablan, observar su brillo y color; desmenuzarlo entre la lengua y el paladar para descifrar los resabios que esconde.

Al principio le cuesta, no es de los amores a primera vista. ¿Dónde están los frutos rojos, la pimienta y el roble? Va por el segundo intento, lo deja reposar un poco más entre las papilas y forma una f con sus músculos faciales para que no quede hueco sin degustar. Con ese ejercicio los sabores de a poco aparecen y algún recuerdo de la memoria gustativa se activa para trasladarlo a una imagen con forma de ciruela. 

Dicen que está de moda el tomar vino. Que desde que algunos escritores, sommeliers y adeptos a su mundo desembarcaron en los medios de comunicación, el tinto se hizo popular. “Si se pusiera de moda pegarse un tiro, nos desharíamos de varios pelmazos”, comentan. Pero no habría que preocuparse por eso compañeros, ya sabemos que las lenguas se hicieron también para hablar.  

Por eso vamos a lo importante: ¿por qué nos gusta tanto esta fermentación alcohólica de la vid? Fundamentalmente porque descorchar un vino es un ritual. No es sólo la bebida con toda la historia y geografía que la componen. Es teñir de rubíes y dorados un encuentro; agasajar y darle un tinte por lo menos especial a un momento.

Su proceso de selección consta de varias etapas: Se aprecia el arte de su etiqueta, la poesía de su leyenda. Se elige un varietal y se imagina cómo combinará con la comida. También se busca lo más acorde en relación precio y calidad. Y llegada la ocasión, servirlo en copa, dejarlo airear, saborearlo no a lo bonzo, relajarse y engendrar una conversación  que dure lo que una botella, o lo que dos, es toda una liturgia. Porque sin dudas, todo es más rico cuando sabe a ritual. 
      
¡Hasta la próxima!
Juliana Biurrún