viernes, 28 de diciembre de 2012

El mensaje de las ninfas


La melodía que resuena en el cosmos

La carretera estaba oscura y en el techo se veían diez mil estrellas. La octava luna en cuatro menguante parecía un hilo curvo que cedía todo el protagonismo a sus hermanas del cielo.

El velocímetro pisaba el número cien y los árboles del costado armaban un puente de sucesivas hojas negras. El camino era recto y las líneas discontinuas de la ruta acusaban ninguna curva cerca.

El viaje llevaba varias horas y la noche estaba plena. Abel estaba cansado. Con entusiasmo inyectaba su voluntad pero los párpados le pesaban y la tentación de mirar hacia atrás para recostarse, se enardecía cuanto más pasaban los kilómetros. Fue así que decidió estacionar al costado y descansar hasta el amanecer.

En el medio de su sueño unas criaturas etéreas y para cualquiera, imaginarias, se hicieron milímetros y entraron en su auto. Lo abrieron y lentamente lo elevaron para sacarlo por la ventana. Él estaba tan sedado que no sintió la mínima brisa.

Eran ninfas de la naturaleza, cuatro espíritus femeninos que lo tomaron por cada extremidad y lo secuestraron hacia el corazón del bosque. Desde la tierra, el agua y los árboles, flotaron hasta la carretera imantadas por la música que sintieron nacer desde un latido capaz de inundarse en sangre.

Ellas buscaban un ser de bondad capaz de canalizar el mensaje de las luces para derramar entre los humanos. Para ser el medio, él debía alcanzar un estado de conciencia plena sobre el amor, el dolor y las relatividades de la verdad; sumergirse en el pragmatismo absoluto y el espacio del no tiempo, mundo donde gobiernan las emociones y las pieles se destellan en almas que vibran a frecuencias intensas.

La primera lección para aprehender sería la empatía a través del dolor. Un viaje por su memoria para re encarnizar amores perdidos y amistades olvidadas; los traumas de la infancia y el primer quiebre de su fémur durante la primaria de un verano infernal. Todos los altibajos de su vida juntos en un mismo trago, para aglutinar de una vez el nivel máximo de sufrimiento que su presente podía soportar. Pero la prueba más grande sería de amor, lo que cambia la sangre antes que las madres, las mascotas y el dolor. Ahí radica el mensaje del cielo.

El canto que recitan estas féminas dice que la bondad es el don supremo que marca la diferencia en el mundo, como raíz de la eterna contradicción que lo mantiene en movimiento. Y que el amor es el derrame de la ternura del alma y el dejavú que corre por los huesos cuando un ser descubre, desde lo más profundo de su centro, que ese sentimiento fue el norte de todas sus vidas para acercarse a la luz.

Cuando las ninfas sacaron a Abel desde el interior de su auto y lo llevaron hasta el corazón del bosque, sabían que el camino por adelante sería de expresa ímpetu para él y de alegrías eternas para ellas. Sus 200 años en la tierra estaban por cumplirse y para volverse guías del cielo, necesitaban encontrar al emisario capaz de derramar la música que resuena en el cosmos, hace eco entre las estrellas y se traslada por el polvo cósmico del no tiempo universal.

La conclusión de su ciclo en esta orbe sería el inicio del principio en seres terrenales que escuchen el llamado de Abel, ahora el mensajero y enlazador del mundo natural espiritual con el de las bondades innatas, olvidadas por las relatividades en las intenciones de acción. Esa elevación de las ninfas y la vuelta a la esencia más pura de la humanidad derramada en amor, sería el inicio de la nueva era. 

Feliz 2013! Que la bondad los inunde y que lo mejor del año que se va, sea lo peor del que viene!

Hasta el próximo ciclo.

Con cariño, en cada palabra que escribo.
Juli, también conocida como Yulais :).

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sobre la paciencia

Familia, amigos, trabajo, pareja; relaciones personales y vínculos afectivos. En todos los ámbitos se pone en práctica la paciencia, en la conciencia de saber que cada uno tiene su propio proceso y tiempos subjetivos para asimilar una situación, abrir la cabeza, entender o perdonar.

La paciencia es el límite que se corre, el elástico que se estira, la calza que se amolda, el amortiguador que repara el golpe. Ella se erige entre el orgullo y el amor propio. Se mezcla con la necesidad de medirla según el ambiente y su nivel de calma depende del corrimiento que haya entre la capacidad de soportar y el derrape ante el propio ofuscamiento.

La paciencia es el ejercicio de repensar situaciones y evaluar el mérito de tolerancia ante lo que sucede en frente. Templanza versus temperamento; reacción sanguínea contra las cuentas hasta cien. Una práctica que se perfecciona y nos perfecciona cuando crecemos con ella.

La comprensión de la no espera fortifica la paciencia y escribe en pancartas para los ojos de adentro, que la mirada propia se restringe hasta donde empiecen las relatividades de los demás. 

Cada uno actúa como puede, como le sale. Por eso nunca esperes que los terceros entiendan lo mismo que vos, ni que traten de comprender tus palabras o la obsesión que te revienta por entender un poco más.

No esperes que los demás piensen cada conjunto de letras con la multiplicidad de significados que le podes dar ni la variedad de resabios inconscientes que podes encontrar.

No esperes que no se endurezcan, si con sólo un par de sílabas dichas descubriste lo que no te querían contar. Tampoco esperes que sean analíticos como vos, ni que sientan con tu sensibilidad o a tu manera. No esperes que siquiera se acerquen a la posibilidad de entender la bruma que rodea el pensamiento.

Y en esa no espera los límites se estiran, sólo porque se entiende. Así sin darse cuenta, cada uno se convierte en un elástico fuerte y adaptable; dócil, servicial. Cuando llega a su límite se transforma en cable tensión y lo que se le pare encima es susceptible de ser disparado por el impacto de rigidez.

Dicen que el que espera es recompensado y que es de sabios hacerlo. Pero la paciencia es una virtud amorosa y finita; capaz de romperse y no apta para especulaciones.
Hasta la próxima!
Juli Biurrún


martes, 11 de diciembre de 2012

Te conozco de otra vida

Cuento de feliz cumpleaños
Hacía décadas su estirpe era parte de un conflicto de lanzas, flechas y catapultas para defender y extender los límites de su territorio. Era hija del gran Sapor II y su reina Esther Bendahan, gobernantes del Imperio Sasánida de Persia en el año 363.
Se llamaba Aridaí, que en el occidente significa “bello amanecer” y era la tercera princesa del reino; la del medio entre dos hermanos. Se caracterizaba por su personalidad intensa y desaprensiva. Era indiferente y amorosa por igual. Adoraba el color azul y cuando caminaba al aire libre se mezclaba con el cielo.
Su padre era una potencia enorme. Durante años ocupó el trono y construyó una fortaleza de diversidad. Tan inmensos fueron los territorios conquistados, que sus fronteras se recordaron por la heterogeneidad de costumbres y culturas que hubo en ellas; formas de vidas constantemente diferentes e imposibles de unificar. El imperio sasánido del rey de Persia, fue la esencia de cada pueblo en la pluralidad que erigió su fuerza.
Al otro lado de la frontera Giordano comandaba un grupo de soldados. Era un líder carismático que había desviado sus dotes de simpatía hacia la carne lastimada. Era apasionado y su corazón se excitaba fácil. Vivía con el don del amor en apertura absoluta, ese era su regalo del universo. Se vestía de blanco y era uno de los grandes fieles de Constantino, rey de Roma; su representante jerárquico y la figura en su ausencia.
Romanos y persas eran extremadamente fuertes. Además de sus capacidades para robarse vidas y sacarse tierras, competían a la par en fortaleza de idiosincrasia y temperamento.
Cuando por orden de Roma, Giordano llegó a las puertas de Sapor II, más de 400 hombres secundaban su cabeza. Él lo esperó con el caleidoscopio de su imperio y 600 armaduras tras sus puertas. Y lo más importante, con una hija que no estaba destinada a ningún trono y que era el lago en su propio cielo. 
Arrepentido por las muertes que cargaba en su espalda, como parte de las negociaciones se la ofreció a Giordano. Ella se presentó enfundada en un vestido de gasas azules y su pelo espeso y brillante suelto hasta la cintura. Ese encuentro fue el minuto cero de una historia de duraría vidas enteras. Poco tiempo entre los dos alcanzó para que cada uno se diera cuenta.
La unión se pactó para un futuro cercano, cuando él concluyera las diligencias de su rey. Ella prometió aguardar su regreso y transitar con paciencia el interludio. Faltaba cumplir una última petición de Constantino antes de buscar la paz.  
Giordano tenía que dirigir a sus hombres hasta Cartago, otra de las ciudades rivales del poderío romano. Allí tendría que recoger los dotes para el rey y sumarla a su imperio. Bajo esa misión, partió con la palabra del regreso y el deseo de volver con Aridaí.
El calor y la humedad con los que se encontraron al llegar, expulsó a los hombres al aire libre en busca de templanza para su agobio. El río Indo fue el lugar cercano donde pudieron refrescarse. Y la flora tupida que lo rodeaba era también el hogar de docenas de especies de insectos.
Allí un mosquito mordió a Giordano. Pareció indefenso, solo una gran roncha roja y una picazón intensa en la zona afectada. Esa noche, una serie de alucinaciones empezaron a colarse entre sus sueños. Era la fiebre que le atacaba el cuerpo.
Los días siguientes se sucedieron entre picos de temperatura y escalofríos que no lo dejaron en paz. Giordano enfermó de gravedad; el virus del Tifus se alojó dentro suyo. Le quedó sólo tiempo sin esperanza antes de que su llama termine de apagarse.
Esa noche, Aridaí despertó llorando en la mitad de la luna. Había prometido aguardar con paciencia el regreso, pero la angustia de la espera quebrantó su juramento. Dentro de ella sabía que él no volvería y la ambigüedad entre creer en su palabra y seguir su instinto, hicieron de su propia mente un campo de guerra.
Nunca se encontraron ni contrajeron matrimonio. Tampoco se dijeron las cosas que cada uno sintió. Y no llegaron a hacer el amor más que en su imaginación.

Desde aquel 363, sus almas vagaron por muchos cuerpos y jugaron a enamorarse entre otras tribus. En el medio se cruzaron sin verse y vivieron en lugares cercanos sin hacer próxima la posibilidad de un nuevo encuentro. En sus recuerdos fueron necesarios dos mil años para cicatrizar el dolor de lo inconcluso y la angustia por la espera de no llegar.
Hacia 1980 decidieron nacer en la tierra y en esta vida volver a encontrarse. La memoria de sus almas y el deseo de amarse fue más fuerte que los veinte siglos de distancia. Y los supuestos imposibles se vencieron desde el día en que él la recordó y salió a buscarla.
Giordano y Aridaí eligieron esta época para completar su plan. La evolución de sus almas no podía consumarse sin estar juntos y la sed verdadera que los corrió durante este presente, pudo calmarse sólo con el beso que les devolvió los recuerdos. Cuando sus labios se juntaron la herida sanó y el vínculo renació tan fuerte, que sus almas se hicieron luz derramada. Esa noche, sobre el cielo que los cubrió durante su encuentro, nació la estrella que hoy acompaña a la luna cuando está llena. 
Hasta la brevedad!
Juli Biurrún