miércoles, 28 de noviembre de 2012

Miedo a las arañas

Un recuerdo del pasado más allá

Cuando era chica desarrollé una especie de fobia por las arañas. Todo empezó en las épocas de caramelos de menta con chocolate y bocaditos Marsh, creo que se llamaban así. Durante las vacaciones de la primaria era normal que me cambie el sueño por las noches sucesivas de juegos de cartas con té de manzanilla, o partidos de Ice Climber y Road Fighter en el Family Game. Siempre con el vicio por los dulces en el medio.

Muy seguido también, alquilábamos películas en el videoclub del barrio. Eran de terror, suspenso y a veces románticas. En una de esas oportunidades, elegimos el VHS de Aracnofobia y me predispuse a mirarla con la actitud más linda de quien se mete un caramelo en la boca para poner play. Sabía que se trataba de arañas y esas cosas, pero ni por ocurrente imaginé la tripa de dimensión que tendría para mí en esa mediana infancia.

Poco tiempo pasó de la historia cuando en su trama, unos hombres trasladaron desde algún lugar del Amazonas hasta Estados Unidos, un cajón con un cadáver y una araña mortal que se había colado dentro. Cuando terminó el paseo y llegaron a tierra destino, el insecto se cruzó con otra casi tan horrible como ella. Las arañitas tuvieron onda y se aparearon. Minutos más tarde, su cría se había diseminado por casi todo el pueblo. Aparecieron hasta en los zapatos y en la ducha también. Incluso hubo un perro pero resultó muerto por la mordedura esas híbridas.

Aquella noche, con la frazada ya encima para llamar al sueño, pude jurar que muchas patitas me caminaban por la espalda, la panza, el brazo y la frente. A veces la sugestión era tan grande, que para quedarme tranquila tenía que sacudir las sábanas. Cada vez que me calzaba controlaba que los zapatos estuvieran limpios. Y cuando me bañaba y el jabón bajaba por el cuerpo, abría los ojos para asegurarme de que no hubiera ningún bicho deslizándose por mi tobogán de agua.

Por esa sugestión, desarrollé una serie de paranoias cotidianas que nada tenían que ver con algún sustento verdadero. Afortunadamente con el tiempo, ese miedo creado desde una sensación imaginaria desapareció (lo que no significó que aprendiera a querer a esos octópodos tan feos).

Sucedió que un día -como si en realidad hubiera sido tan difícil-, entendí que debía tener el poder de controlar los pensamientos sin desviarme del eje y saber cómo manejar a más de 50 por el camino de ripio que me surca la cabeza. En ese proceso, primero asimilé que mis ideas no tenían ningún trauma verdadero que justificaran tal rechazo, más allá de su propia imaginación mal encausada.

Seguido aprendí que la inercia que surge de los pensamientos ordenados en todo espectro de temas, es lo que rige la voluntad como una de las fuerzas más poderosas que tienen nuestros piés. Cuando ese efecto derrame se pone en movimiento, el objetivo se hace claro y entendemos, al fin, que la araña que ponemos en frente no es de verdad.

En tercer lugar me di cuenta de que el tamaño del objeto o situación de miedo, no es equivalente al efecto que el mismo pueda causar. Su magnitud es una creación de la propia mente que imagina con creces y se vuelve débil cuando se siente una psiquis fácil de lastimar. En esa contradicción se basa la resolución del temor. Ocurre que parece tan sencilla que se vuelve invisible y se hace tan propia que se olvida, tal como dice Gustavo en su canción.

La complejidad de los miedos varía a la par de la maduración y se trasladan de objetos a sujetos y deberes, o cualquier cosa que pueda significar un click en alguno de los sentidos. Son ataduras (in)conscientes que impiden dar pasos al frente (y en esto no se incluye a los que sean producto de fobias patológicas). La búsqueda y el crecimiento que surgen de su aceptación y comprensión aparecen, creo que solamente, cuando desde adentro nos paramos contra frente, para hacer oíble la voz interna que el ruido de las inhibiciones no dejan escuchar.  

¡Hasta la próxima!
Juliana Biurrún

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El agasajo de cocinar


Cuando cocino nunca pruebo el plato hasta el final. Está bastante mal, ya lo sé. Sucede que tengo la extraña teoría de que siempre que los ingredientes combinen en textura y color, resultarán sabrosos o cuanto menos ricos. Se trata de lo tentativo del factor riesgo y sorpresa al que someto a los comensales y a mí.

Los aromas que se evaporan desde las ollas y las imágenes que se mezclan entre las sartenes, disfrazan a la cocina como sala de juego y laboratorio de experimentación. Con todo sobre la mesada o nada en la heladera, se pone en marcha el instinto de supervivencia creativa cuando se despierta la magia que vive en el acto de cocinar(te).
           
Cocinar para alguien más es un acto absoluto de agasajo. Sea un lomo mostaza o tallarines con queso, durante su elaboración, la energía violeta circula desde la mano de quien produce el plato, hasta la porción donde caiga la cuchara para revolver.

El estado de ánimo a la hora de cocinar influye como la luna en las mareas aunque no seas mujer. Y en esto creo con toda mi credulidad inadaptada. Si el humor del “fulano le chef” vibra en positivo, el plato resultará sabroso. Si por el contrario alguna rareza circulara entre sus dedos, el plato, con probada previa o no, terminará en el potencial de haber podido saber mejor.

Todo esto lo comprobé durante mi carrera milimétrica de cocinera novata y caradura. En esa época, cada elaboración se transformó en un ritual que se volvió a un sentimiento dulce y amoroso, sea quien fuere el acompañante en la mesa.

Y es contradictorio, porque para quien escribe, la degustación de comidas es uno de los placeres más grandes de la vida. Pero cuando tiene que cocinar para ella misma, el bondi del arroz con queso siempre la deja bien. Aunque reviente con empachos y después se queje, en su individualidad el acto de comer no trasciende a la necesidad biológica de ponerle nafta al cuerpo. Lo cierto es que en su interior, cocinar para alguien más con sentimiento de agasajo es parecido a hacer el amor.

Usa la cuchara como un puente. “Usa el amor como un puente”. La cuchara combina con el amor, en tres sentidos por lo menos. Se me ocurre que tal vez por eso aparezca en la portada de Amelie. O es que solamente estoy fantaseando de nuevo.

Empecé esta historia contando que cuando cocino nunca pruebo un plato hasta el final. Es parte de un rito divertido de autoexploración del olfato y el sentido común, sobre la percepción de las proporciones y la posibilidad de sentir en la mente el sabor de los colores que los ojos ven.
           
Cuando se caigan mis hipótesis, volveré sobre este tema sólo para decir, “JaJA!”, por afirmar tantas barbaridades juntas. Mientras tanto me voy a cortar las verduras. Está por llegar mi comensal favorito.

¡Hasta la próxima! 
 Yulais


jueves, 8 de noviembre de 2012

Los compartimentos de la mente


La mente humana es el factor más potencial e indescifrable de las personas. Potencial por su capacidad de desarrollo, e indescifrable, por ser el "órgano" en el que hurgamos desde que empezamos a tener noción sobre la conciencia, hasta que nuestros pensamientos duran vírgenes de lo senil (o se vuelven a la más suprema de las corduras).

Los compartimentos pueden dividirse en la parte pública y privada. Comprenden los pensamientos capaces de ser socializados para debatirse y, los que son tan internos y pudorosos, que trascienden cualquier barrera de lo moral y los “debería” para volverse, indefectiblemente, “incontables” en las estructuras básicas colectivas.

El espacio privado de la mente es como la habitación personal de una casa compartida. Lo que suceda en ese lugar, no puede ni debería ser sometido a tribunal. Albedrío mental para decidir sobre las propias fantasías, sin rendir cuentas a ningún parámetro impuesto desde limitaciones personales, encarnadas por el traspaso cultural del que somos producto.

A ese compartimiento privado van a parar los mensajes que se borran, las cartas que se esconden, las conversaciones que se ocultan. Es como la Caja de Pandora donde se guardan palabras, abrojos y tentaciones latentes. Si se abriera, sus coletazos caerían como rapiña sobre los más cercanos y la propia mente. Los motivos podrían ser muchos y bien justificados o verdaderamente estúpidos.

Los tiempos modernos nos abren el paraguas a pensar que los modos varios de comunicación en las relaciones humanas, específicamente de pareja, podrían ser manipulados en función del ocultamiento constante. Y en esto celulares con internet y todas sus primas, son fundamentales. Se trata básicamente de la instantaneidad e independencia espacial que generan para limpiar los rastros en una carrera desventajosa para correr.

Pero contra toda pérdida anticipada, en esa pista surge la confianza. Es la razón y el motor de convivencia con ese compartimiento privado, donde el mundo interno crece y los ocultamientos blancos sobreviven.

El debate entre quien escribe y ella misma, concluye con obviedad en que mientras esa incautación de historias y deseos no perjudiquen al entorno, es decisión personal cuándo abrir la llave de una puerta que cierra sólo desde adentro. Los temas inconclusos sobre los que desde afuera se busquen respuestas, deberán resolverse en la simple asimilación de que dentro de esa habitación, somos seres ideales de deseos libres, o por el contrario, manojos de pensamientos enviciados en espirales sin fin.

Juliana Biurrún