viernes, 12 de octubre de 2012

Sobre las relaciones modernas


Los quiebres generacionales se producen como sabemos, por década. Pero la aceleración de los tiempos que corren, plantea nuevos modos de vinculación a una velocidad en la que los preceptos e ideas sobre las formas de relación que nos inculcaron familiar y culturalmente a los pares de esta década, se resbalan sin freno como la sabia que cae por una corteza.

Primero con el modelo de familia arcaica de mamá, papá, hermanos y perro. Después con los pasos de la vida en la formalización de vínculos y títulos. Trece años de escuela, seis de facultad, dos de postgrado, pareja estable, casamiento, hijos y nietos. Los delirios de despiertos parecen terminar al fin de la carrera y con una firma en la libreta civil. Todo en vísperas de los 30 y con una persona del sexo opuesto. Ni se te ocurra mirar a un varón si tenés huevos.

Los más conservadores tildaron de rea a esta juventud adulta que pide por la legalización del cannabis y el cambio de identidad sexual en el DNI. ¿Pero cómo se ve desde ésta generación el panorama que nos presentan los más actuales?

Por empezar, los quiebres parecen haberse salido de regla y acotado en el tiempo. Las diferentes construcciones sobre los modos de ser y hacer entre personajes cercanos cronológicamente, surgen con impronta más fuerte en lo estructural y conceptual. El amor libre clava bandera en lo sexual como expresión primera, con una línea débil y delgada entre libertad y libertinaje.

Las preguntas que ya se hicieron todas las generaciones pasadas sobre la unidireccionalidad del amor y la monogamia como condición sine quanon, hoy caen por obsoletas, a partir de la aceptación colectiva de toda una prole progresiva en libertades individuales como valor primero, que toma fuerza desde las ideas y se materializa en posturas jóvenes que se escuchan cada vez más.

Y en este lugar renace el debate sobre los límites de la fidelidad en lo referido a los pensamientos, las visiones, los deseos, la curiosidad, los ratones y el contacto carnal. Es irrisorio pretender que un sujeto no mire hacia atrás o por el costado con deseo, o fantasee con un compañero de trabajo, una amiga del grupo. Quien esté libre que tire la primera piedra.

La idea más plana del significado de fidelidad queda descontextualizada en este tiempo de cambio. Y no por ello desaparece como valor ético y moral. Por el contrario, se mantiene como una elección de construcción no restrictiva del instinto innato.

El sujeto de amor en una relación vincular, es un ser individual e independiente por sobre todas las cosas. Si se le restringe la posibilidad de fantasear en lo más íntimo de sus pensamientos, de probar otras texturas cuando su instinto le grite desde el cuore que necesita otra piel para renovarse (o compartir para retroalimentar el dúo); se corre contra la propia naturaleza animal que marca la especie humana.

Obligar a este estado es como encerrar a un tigre en una jaula gigante de zoológico. Puede sentir que está libre por el espacio para recorrer, pero vive sus días en un encierro invisible.

Desde las palabras suena todo lindo. Pero el quiebre que esa filosofía exige continúa lejano. Podrá concretarse tal vez, cuando logremos enraizar con honestidad una idea de amor libre, en la que el sujeto del sentimiento no sea restrictivo a nuestra persona por imposición implícita.

Pero claro, ¿quién está dispuesto a dejar que su chico se divierta en otro lugar para después volver a la casa de mejor humor? Lo que se pretende para uno mismo, tiene que atravesar primero la barrera inmensa de comprender sin sufrir y ver sin alterarse, que la propiedad privada es una farsa neandertal que se incrustó en los tiempos modernos.
           
¿Cómo se hace para sobreponer los pensamientos a los sentimientos y aceptar de verdad, la pretendida libertad sin que cualquier producto de su uso, duela? Es el debate por contradicción lo que mantiene el movimiento y estimula nuevos paradigmas para la elevación del ser.

Hasta la próxima!
Juli

miércoles, 3 de octubre de 2012

No esperar


Odio esperar. Puedo hacerlo, mucho y de mala gana. Soy una caradura, ya lo sé. (:p)
           
Odio esperar, porque ese intervalo obliga al aguardo sobre los puntos suspensivos de una frase que quizás nunca llegue. Esperando se amanece en el anhelo y, día tras día, se desperdicia energía que podría ser bien invertida en otro lugar.

En la espera las propias expectativas se trasladan hacia algo o alguien más, cuando esos supuestos tal vez ni siquiera estén a la altura de saldarla. Esperar se vuelve injusto y pretencioso. No todos pueden dar igual.

La espera ilusiona, le da de comer a historias con principio, nudo y desenlace en la propia imaginación. Se vuelve tan nocivo y contradictorio, que no importa cuántas veces sueñes con el encuentro. En la realidad de la espera, el viento corre y corre por el medio, entre el soplo, en la tierra dispersa que congestiona y pica la piel.

La espera es un ramo de manos vacías y ansiosas, que de ansiosas se vuelven torpes y resbaladizas; tontas re tontas, paradas solas en la esperanza absurda de que los puntos suspensivos encuentren su próxima oración.

Por eso no esperes, corré rápido y a favor del viento. 

Yulais