lunes, 17 de septiembre de 2012

De artes y extremos: La Maldita y su revolución

             Fuera de Neuquén no la conoce nadie, pero publicaron una foto suya en la Rolling Stones. Como militante del Porno Post Punk, posa con cara de feliz y consoladores XL entre sus piernas. Cuando está aburrida, escribe en su perfil de Facebook que se “fuma un fasito en streaming” y pone a 27 curiosos detrás de la pantalla a mirar como muele, arma, prende, aspira, tira el humo, relaja y vuelve a aspirar. Todo en un proceso sin música.


Es la mujer de los extremos en sentido amplio de imaginación. La manifestación de lo border en su cuerpo y propia imagen, en su arte y exposición virtual. Ella es Maldita Zorra, un personaje que nació en el 2008 cuando el boom de Facebook se adueñó de incontables cantidades de caras en la apertura de cada nuevo perfil.

Aquella identidad surgió como una chica despechada y enojada con el género masculino. Violenta y predeciblemente impredecible, parecida a la gran Violencia Rivas de Peter Capusotto en sus arrebatos de agresión verbal.

Su estética personal pública, es de un golpe visual que no pasaría desapercibido para las paquetas de la city. Con cresta fucsia, cabeza rapada y expansor en la oreja. Calzas de animal print, guantes sin dedos y tatuajes que no se esconden del sol. Cada manifestación depende del ánimo y el día, del estado de la luna y sus mareas.

Cuando ésta muchacha que hoy escribe llegó a visitarla, fue recibida por Ponchi, el perro que Zorra cuidó después de que lo atropellaran y su vecino lo abandonara a medio morir. Mientras avanzaban en el recorrido por su casa hasta el estudio donde harían la entrevista, se cruzaron con tres de los cinco gatos que viven con ella. “En unos días una amiga se va un mes a París y me va a dejar dos más para que se los cuide”, comentó con total pasividad, como si esa cantidad de felinos no alterara los ánimos de cualquier mortal. Aquí es donde sus extremos se tocan y, el impacto que busca con sus producciones, se conjuga con la luz interna que estimula esa entrega.

Maldita es fotógrafa y generadora. Desde su lugar en lo artístico busca la vibración de sensaciones a partir del impacto o lo “fuera de común cotidiano”. Por eso camina hacia el shock, hacia lugares donde gana el pudor. Si tiene que mostrar un pecho muestra sus tetas, si tiene que expresar liberación se agarra la entrepierna entera. Si se siente asfixiada se pone una bolsa en la cabeza, y, cuando ya está chupada, pegada la a piel sin aire, hace un click de autorretrato.

Su pseudónimo en la disciplina es Innsanitaria; otro de los personajes que nace de Marina - el alma mater de esta historia - como la exacerbación de alguna parte de su personalidad. “Exagero todo porque las respuestas que recibo también son exageradas. Busco los extremos porque necesito que lo que hago genere alguna vibración en el otro. Me divierte observar las reacciones de la gente y cómo a partir de eso interactúan entre sí. Es positivo o negativo, sino pasa desapercibido”, y estiró sus brazos tatuados enteros. Uno de colores y corazones, con el signo de más en su muñeca y el gatito de la fortuna Maneki Neko en versión animé. El otro en tonos grises y figuras de significado oscuro. Para completar la bipolaridad, con un menos en su muñeca interna.

Y como lo dice es tal como se ve. En tiempos donde los fotógrafos abundan y las posibilidades de generar una buena imagen a nivel calidad se volvieron más accesibles, la importancia de lo compositivo como mensaje y concepto sufrió un deterioro paulatino. Por lo menos en el discurso de quienes promueven de fotógrafo a cualquiera que se muestre con una réflex colgada.

“Siento que todo ahora es muy parecido y la fotografía, como cualquier disciplina artística, tiene que ser una revolución. Eso es parte de lo que intento hacer. A lo que observamos cotidianamente trato de convertirlo en personaje. Me gusta darle individualidad a las cosas diarias”, comentó la Zorra.

Trasmutación compositiva: De músicos a transformistas

La primera exposición de Innsanitaria fue una serie de autorretratos con raíz en el concepto de mentalidad disociada. Durante años, además del registro cotidiano, mascotas (muchos gatos) y objetos en particular, se dedicó a fotografiar bandas en vivo. Pero un día se amotinó. “Estaba sacando fotos adelante y cuando me di vuelta, había un montón de gente con cámaras. Ahí guardé la mía, me empaqué y dije, ‘el ambiente de la música no necesita que yo esté acá  sacando fotos’. Ahí escapé y me fui para otro lado”, recordó Marina.

Ese fue el puntapié de cambio en su rumbo fotografiable. De capturas durante presentaciones en vivo, pasó a sesiones con revolución de color en estéticas y esencias diversas. “Fue cuando empecé a hacer imágenes con drag queens, transformistas, travestis y trans. Era una manera de creación más política, porque aunque el mensaje no resultaba explícito, quería poner en el lugar de modelos a personas que jamás se habían visto ese rol. Al re-putaso, al trans. No hay ninguna publicidad que los tenga como protagonistas”, remarcó.

En esta parte de la historia entra en juego el grupo Pastelitos Punk, un conjunto artístico militante por la diversidad del que Maldita forma parte. En sus actividades, trabajan sobre los biocuerpos, las diferencias entre géneros y las relaciones modernas (que de modernas no tienen nada). Con sus intervenciones, buscan mostrar lugares diferentes de las mismas cosas: “Tratamos la diversidad sexual, la libertad del deseo. Salir de lo normal en esto de que todo es pito y concha. Fomentamos la búsqueda de otros lugares de deseos”, explicó.

Las pastelitos son “revolucionarias del post porno” y cada una se siente una revolucionaria más. “Por eso yo me puedo poner en pelotas y sacarme una foto con un pito de plástico, porque lo puedo hacer como pastelito”, concluyó la Zorra, en una definición súper sintética sobre otro de los personajes que conviven en su misma disociación. 

Juliana D. Biurrún
Fotos de Innsanitaria

martes, 11 de septiembre de 2012

Fucking Father Day

Se despertó en la cama de su hombre. El sonido ensordecedor del timbre del teléfono la sacudió del sueño y la almohada ensalivada. Maldito timbre, siempre suena cuando no lo llama.

Era la voz de su vieja, ambigua como siempre, pero esa vez con una gárgara de lija previa que la desayunó con el regalo más puto para un Día del Padre (y no en el sentido trivial de la palabra): Al viejo le habían robado el auto.

Así amaneció su domingo más cerca del mediodía que de la mañana. El almuerzo que lo homenajeaba  resultó confuso. Los aires flotaban raros y no había sahumerio que los disimulara. Sus intenciones de una alegría de vino al mediodía quedaron frustradas desde el primer sorbo.

Llegó el postre y en la mesa caretearon sonrisas, pero cuando invitó a sus padres a compartir un cigarro de flores en alguna post cena, de nuevo pensaron que se estaba volviendo drogadicta y él la acusó, una vez más, de ser promotora del humo. Para ella de los buenos, claro.

Como siempre después de la comida, se juntó con la monada de su barrio antiguo. El frío que caía sobre la ciudad aquella tarde era hostil, doloroso, seco, insoportable. Los linyeras se calentaban en las salideras de las estufas. Cubrían sus cabezas con bolsas de plástico y abrigaban sus cuerpos con diarios bajo la ropa. Todo en un intento inútil para paliar el frío. Es que en esa ciudad donde el billete verde abunda y los propietarios de Caniches Toy tienen licencia para dejarlos defecar en las veredas, no hay siquiera un refugio para vagabundos.

Después volvió a su lugar. No el de su chico ni el de su mamá. Pensó que iba a estar sola, pero pasó poco tiempo hasta que un par de arrancarisas tomaron su cocina para ofrecerle una cena. Y así fue como, contra el inicio de ese día tan malo y extraño, se relajó. Después de noches de sueño flaco pudo dormir. Por lo menos durante algunas horas... antes de volver a despertar en la mitad de la luna.

Juliana Biurrún