jueves, 31 de mayo de 2012

Sobre la ignorancia


La elección de una actitud

Siempre me pregunto si el que ignora vive más tranquilo que quien conoce la verdad. El que ignora transita un mundo de abstracción donde se condensan sus ideas limitadas en su propia visión. Es decir que quien ignora porque no conoce, no tiene motivo de interrogante ni curiosidad. Entonces la pregunta que repica, es si en este tema cabe también la premisa de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La ignorancia no es una cuestión nata. Es un estado en el que se convierte la persona cuando se aplana poco a poco en sus propios vacíos. Es aire liviano en la estructura propia. Es hasta un tipo de felicidad, no hay incendio cerca.

Quien ignora no es quien no tiene estudios. Esto no se acerca siquiera a la capacitación académica. Tampoco es falta de conocimiento intelectual ni tiene que ver con el capital cultural. Estas son solo condiciones que condimentan las pretensiones de no ignorancia. Por eso cuando se reduce la presunta sabiduría a esos atributos, no se hace más que caer en la propia ignorancia de verdad trincada.

Ignorante no es el que no sabe, la que no conoce. Ignorante es quien acepta un hecho como tal y lo juzga a sentencia de guillotina, sin visualizar lo global del asunto, las variables del contexto y las infinitas posibilidades que se desprenden de cada subjetividad. Y todo esto con falta de modestia. Este adjetivo cierra el círculo de la ignorancia.

Ignorante es quien la juega de interesante sin tener idea. Y esto no es una crítica a quienes se adaptan a situaciones y buscan empatía en el entorno. Ignorante es quien se calza un disfraz de conocedor y golpea desde un lugar sin derecho a réplica. Ignorante es el falto de humildad, que pretende posicionarse trepando sobre el hombro ajeno.

Y comencé este texto planteando que la ignorancia no tiene que ver con la capacitación académica ni el capital cultural. El ignorante que no conoce es tal vez más feliz porque vive en una abstracción inmersa en movimiento. Esa no es verdadera ignorancia, porque sencillamente no conoce y no tiene campo de acción. Es su mundo y crece en él, con propias ideas formadas de su historia y la realidad que conoce como tal.

La verdadera ignorancia tiene que ver con la capacidad de discernir situaciones y tener las herramientas para distinguir entre el buen y mal hacer. Quien plantea el menosprecio simbólico desde un falso lugar de ventaja, es ignorante. Quien tiene la capacidad de actuar bien y elije la maldad, es ignorante. Quien tiene elementos para distinguir y aún así elige el costado que no, es ignorante. Y este final queda abierto a pensar si dicho tipo de ignorancia roza también la virtud de la mala gente.

Juliana D. Biurrún

jueves, 24 de mayo de 2012

Ser un puente


  • Esto es más un texto para un diario íntimo que para un espacio así. Pero si alguien lo lee y entiende algo de lo que intenté expresar, le contagia un poco de sensación, mi misión en estas líneas está cumplida.
          
           Dejarle algo bueno a los huesos*. Eso es lo que quiero. No me importa si piensan que soy una tonta que piensa que el mundo es bueno. Y una empalagosa. Sí, me emociono fácil pero a veces parezco tan fría. Otra contradicción y para variar.

          Quiero dar y darme, encontré un sabor exquisito en ese verbo. Quiero que la vida sea de color azul. Y simple, sin maldad. No me importa si piensan que soy tonta por crédula. Si creo y es mentira, soy sincera. Y eso es lo que quiero.

          No me importa que se rían por mis comentarios susanezcos o cuelgues con menos sentido que cualquier cuelgue.
          
          Quien se ríe bien comparte el código. Quien se ríe mal, me genera nada y un gran contradicción. Y ahí es cuando hasta yo pienso que soy tonta. No sé de dónde sale el anhelo. Es una necesidad interna de ayudar, de dejarle algo bueno a los huesos. Ayudar desde la conciencia a quienes siento equivocados, a ver una opción distinta, quizás algo mejor. A veces alguien se enoja tanto que lo encandila una hornalla o duerme tanto tiempo que termina ciego. Quiero ayudar a despertar, ser un puente. Dar la mano y ayudar a cruzar. 

          No me importa que te rías porque pienses que soy torpe. Me alegra que te rías de mis tonteras. Me hace feliz que por mis tonteras te sonría un recuerdo. Eso es dejarle algo bueno a los huesos.


* Frase de Lisandro Aristimuño. De la canción "Por donde vayan tus pies". 
Disco Mundo Anfibio. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Sobre Mundo Anfibio: Lisandro Aristimuño, un artista sin techo


Estamos saliendo del agua. Tenemos que adaptar nuestro sistema para sufrir la metamorfosis y convivir entre ambientes. Debemos recordar las ideas que trajimos desde allá y perdimos en el primer amanecer de conciencia, para saber que permanecen allí, guardadas, erizas y escondidas. A veces aparecen y se sienten fuertes. Son intuiciones, nuestra voz de más adentro que no tiene explicación. Es pura porque solo se siente (y nada más hay que escucharla).

Mientras salimos del agua, compartimos una sensación colectiva de necesidad de acción y elevo; de estar a la altura de las circunstancias para efectivizar la trasmutación que nos toca y ser quienes tenemos que ser para lograr que este engranaje funcione. Esta es una impresión global que se percibe en el aire antes de escuchar el disco. Al hacerlo, la conexión surge automática y nos comunica en sonidos eso que invade el aire de hoy.


Mundo Anfibio es la quinta producción de estudio de Lisandro Aristimuño. Un trabajo osado y ambicioso, con coros polifónicos que se codean con la psicodelia, donde las cuerdas son dramáticamente protagonistas y el juego entre samplers y sonidos de tipo étnicos, imprimen la sonoridad de alto vuelo que acompaña su prosa espiritual y denunciante, sin dejar de lado la tendencia amorosamente natural.

En este Mundo Lisandro salió más que simbólicamente del agua. Se superó a sí mismo y evolucionó como un artista que parece no haber alcanzado su techo. Se lo percibe progresivo y transmite sin dudas un profundo trabajo de búsqueda interna, con su infaltable y refinado buen gusto como una constante ahora, más arriesgada.

Es una producción oscura y brillante, que disuelve los apegos viciosos en una lista de canciones llenas de luz y melancolía en la expresión de su voz, siempre dulce y medio depre, hasta el punto caramelo en que esos atributos se vuelven una combinación exquisita.

El material inicia con una triada gloriosa. La fuerza arrasadora del tema Elefantes presenta una fuerte crítica contra la maleza de la sociedad actual. Le sigue la intervención precisa de Ricardo Mollo en la segunda voz del tema “Un dólar, un reloj y una frase sin sentido”, quien reaparece temas adelante en la guitarra de “Traje de Dios”, la canción posiblemente más cruda y rockera del disco.

Después como un rayo de luz, arremete Hilda Lizarazu en “Por donde vayan tus pies”, una de las canciones más bellas y prolíferas del compilado. “Corre la luz, por donde vayan tus pies, ilumina tu camino, déjale algo bueno a tus huesos”. Sin dudas en ese grupo de palabras, Aristimuño sintetizó su mensaje para mañana.

“Anfibio”, el corte de difusión que parte la lista por la mitad, es la línea conductora de la esencia del disco. Una dosis de energía rítmica y avasallante que se siente como bajada de arriba. Es sin exagerar, una obra que eleva a Lisandro y lo aterriza entre la elite musical más fina e inteligente que surgió de estos suelos.


 Este disco será sin dudas una de las joyas compositivas del año. La expectativa por escucharlo en vivo y presenciar cómo resuelve en el escenario sus laberintos sonoros, llevará a Lisandro por muchos escenarios del país, entre los que esperamos que Neuquén sea uno de  sus infaltables destinos.

Juliana D. Biurrún