martes, 13 de marzo de 2012

Sobre conversaciones con taxistas

Casi en exceso… bueno, ni siquiera “casi”, sino en completo exceso, uso el servicio de taxis y remises. Mi sueldo tiene un presupuesto medio fijo destinado absurdamente a esta vaga comodidad, por lo menos hasta que aprenda a salir con más tiempo o tenga un móvil propio que no sean rollers ni bicicleta. A la mañana, a la tarde, a la noche; cuando ya no quiero caminar o cuando para variar me quedé dormida para ir a trabajar. Siempre hay una buena excusa para subirse a un taxi. Tantos viajes además de gastos, me dejaron historias muchas sin discriminación temática. 

Generalmente son trabajadores y trabajadoras buena onda con quienes se disfruta el rato del trayecto, siempre y cuando no tengan la sintonía del estéreo clavada en un “periodista” neuquino que tiene un programa de radio que empieza con Contra y termina con Fuego. Que en la tele habla de la homosexualidad como un proceso “involutivo” de la sociedad y asegura que si un hijo suyo resultara ser gay, se “cortaría las pelotas”. Decadente y Medieval, ese es cuento para otra historia.

Esta mañana un taxista me contó que todos los días se levantaba una hora antes de entrar a trabajar para poder desayunar bien y demás (lo que no me pareció nada de otro mundo), porque una vez iniciado el turno no tenían siquiera tiempo para ir al baño. Tienen que hacerlo cuando frenan a cargar combustible. Es el famoso “dos por uno” en el que llenan un tanque mientras vacían otro. 

También me preguntó, “¿te volviste a quedar dormida?”. Ni hacía falta responder. “Tenés que descansar bien porque sino te vas a enfermar. El cuerpo con el tiempo se las cobra”. Y con eso último me hizo sentir un poco de escalofríos y replantearme (una vez más) los hábitos desordenados de mi vida procrastina. 

Otro día, específicamente el mediodía de navidad, llamé a otro coche amarillo. El calor era infernal, el niño Jesús había renacido prendido fuego. “Qué cagada me mandé en mi vida para merecer esto”, fue el comentario con el que me recibió cual bomba de piñas en la cara. Automáticamente empezamos a hacer psicología barata en conjunto. Yo le decía que no lo tome así, él me repetía lo que sentía su maldición en vida.  Y siguió hasta que llegamos a casa. Unas cuadras antes, me dijo que para Año Nuevo se iba al campo de su nuera y que iba a hacer un súper chivito que ya había encargado. “Bueno vió, todo tiene su recompensa y no todo es tan malo como parece a veces”, le dije y me bajé. Pero claro, esas palabras me quedaron flotando en la cabeza como tortura china. “Qué hice yo para merecer esto”, ese maldito pensamiento que se reitera cada vez que sentimos que está todo mal. 

En otra oportunidad, el Día de los Enamorados específicamente (absolutamente “infestejable” para mi "contracultura" de los Días D), un muchacho de edad cercana a la mía me llevó por un viaje más largo. Tenía una caja de Ferrero Rocher y un chocolate Dos Corazones sobre la gaveta del auto. Fui casi la mitad del viaje preguntándome que hacían esas exquisiteces ahí. Se me ocurrió que quizás era un romántico de la vida y estaba esperando a que su enamorada se suba para regalárselos. Pero eso lo pensé yo nada más que soy un ilusa sin remedio (pero feliz). 

A mitad de camino él solo me contó la historia. Es que en nuestros viajes el de atrás recibe consejos, el de adelante hace catarsis y viceversa. Resultaron ser un regalo de la ex novia, según sus palabras, desesperada por volver con él. La muchacha convirtió en ruego su última munición y para él fue como si una mosca pasara por la ventana. Pero no lo juzgo. El corazón es como un caballo en celo que corta las riendas de su carroza mental. 

Juntos respetamos la regla, él hizo catarsis contándome su historia de vaivén y yo recibí el consejo implícito de no arrastrarme nunca por nadie. Productivo, ¿no?

Una noche de viernes a la vuelta de una juntada cromosómica, pasó una chica a buscarme. Yo iba entre sueños y sobrecopas, batallando a más no poder para que este par de párpados no se caiga contra mi voluntad. La puerta se cerró y la casetera puso play. La chofer era la vedette del gremio amarillo, coqueteaba con su patrón y sabía que era una mujer atractiva. Disfrutaba del pavoneo con sus colegas y estaba muy feliz por ello. Entonces, con esfuerzo, la aplaudí por su autoestima.

Llegamos a destino y con mi puerta casi abierta siguió hablando mientras completaba su lección: Es muy importante valorarse, pero más importante es mantener la humildad. En ese recorrido ganamos las dos, ella practicó una especie de catarsis inversa y yo recordé el valor más elemental. Me bajé y pisó el acelerador. La calle de tierra se desarmó en polvo y el sonido de las llantas pegó un crujido… “honey i’m home!”. 

Otra noche me tocó un señor que cuando no estaba arriba del coche estudiaba Periodismo. Estaba muy preocupado porque su hija adolescente se había puesto de novia y había llegado con el boletín y siete materias en rojo. Era el dilema de contarle o no a la madre para que no se enoje ni la castigue. En esa oportunidad cambiamos los roles y a la catarsis le sumamos los consejos al cuadrado. Claro, como adolescente que fui también he tenido algún novio y podía opinar al respecto. Era un futuro colega con una problemática común, la dinámica y productividad del traslado estaban garantizadas. 

Y así los viajes en taxis se vuelven cataratas de historias y lamentos, intercalados con charlas agradables y reciprocidades en ocasiones interesantes. Hay veces que los mejores consejos vienen de los personajes más alejados de nuestra historia. Será verdad eso de que la imparcialidad calma las aguas en dislexias de confusión. Pero mejor aún es el intercambio cultural que nace en encuentros efímeros de diez minutos, donde además de pagar barbaridades por un viaje, se gana fortunas en historias para contar. Bienvenida sea la dialéctica entre nosotros, las ruedas y sus chapas amarillas. 

¡Hasta la próxima!

Juliana D. Biurrún
           

domingo, 4 de marzo de 2012

Sensaciones de recuerdos

Entre gallos y delirios


Los momentos, las sensaciones. Los recuerdos como autopistas con autos rojos y amarillos corriendo a 180. Reflejos y ruidos. Mezcla de color, abstracción. Naranja intenso, calor. Días, noches y recuerdos. Calor mucho calor. La piel tibia, el bello a contraluz. Las pecas marcadas, las pupilas diminutas, como átomos de todo el universo expandidos en búsqueda y realidad. Sonidos. Tacto. Suavidad. Quemaduras y corrientes heladas que sacuden la carne, agitan la sangre. Y la electricidad nace desde adentro, donde la dinámica del eje gira absolutamente imperceptible a la percepción física. Empieza ahí, en cada glóbulo que practica contracción. La sangre en movimiento irradia calor. Ese calor brilla, se vuelve naranja, amarillo intenso. Se vuelve color luz.

Y ya no recordamos por recuerdos. Recordamos por colores y sensaciones. Recordamos por empatía y energía. Recordamos impresiones que nos dieron miradas, algún roce o esa actitud inesperada. Recordamos la libertad de conversar con un amigo, la complicidad que compartimos entre nosotras. Los lenguajes de cada grupo, las canciones. Los lugares, los gustos, las contradicciones. Recordamos cómo nos cayó una amiga de un amigo a la que no conocíamos. No la recordamos a ella, o a él. Sólo sabemos cómo nos cayó. La impresión se vuelve instintiva, en cosa de espina. Y con eso alcanza.

Recordar por sensaciones. Seleccionar nuestra historia con filtro emocional y primario. Reescribirnos en una meta nueva. Ese es el aprendizaje primero.