viernes, 28 de diciembre de 2012

El mensaje de las ninfas


La melodía que resuena en el cosmos

La carretera estaba oscura y en el techo se veían diez mil estrellas. La octava luna en cuatro menguante parecía un hilo curvo que cedía todo el protagonismo a sus hermanas del cielo.

El velocímetro pisaba el número cien y los árboles del costado armaban un puente de sucesivas hojas negras. El camino era recto y las líneas discontinuas de la ruta acusaban ninguna curva cerca.

El viaje llevaba varias horas y la noche estaba plena. Abel estaba cansado. Con entusiasmo inyectaba su voluntad pero los párpados le pesaban y la tentación de mirar hacia atrás para recostarse, se enardecía cuanto más pasaban los kilómetros. Fue así que decidió estacionar al costado y descansar hasta el amanecer.

En el medio de su sueño unas criaturas etéreas y para cualquiera, imaginarias, se hicieron milímetros y entraron en su auto. Lo abrieron y lentamente lo elevaron para sacarlo por la ventana. Él estaba tan sedado que no sintió la mínima brisa.

Eran ninfas de la naturaleza, cuatro espíritus femeninos que lo tomaron por cada extremidad y lo secuestraron hacia el corazón del bosque. Desde la tierra, el agua y los árboles, flotaron hasta la carretera imantadas por la música que sintieron nacer desde un latido capaz de inundarse en sangre.

Ellas buscaban un ser de bondad capaz de canalizar el mensaje de las luces para derramar entre los humanos. Para ser el medio, él debía alcanzar un estado de conciencia plena sobre el amor, el dolor y las relatividades de la verdad; sumergirse en el pragmatismo absoluto y el espacio del no tiempo, mundo donde gobiernan las emociones y las pieles se destellan en almas que vibran a frecuencias intensas.

La primera lección para aprehender sería la empatía a través del dolor. Un viaje por su memoria para re encarnizar amores perdidos y amistades olvidadas; los traumas de la infancia y el primer quiebre de su fémur durante la primaria de un verano infernal. Todos los altibajos de su vida juntos en un mismo trago, para aglutinar de una vez el nivel máximo de sufrimiento que su presente podía soportar. Pero la prueba más grande sería de amor, lo que cambia la sangre antes que las madres, las mascotas y el dolor. Ahí radica el mensaje del cielo.

El canto que recitan estas féminas dice que la bondad es el don supremo que marca la diferencia en el mundo, como raíz de la eterna contradicción que lo mantiene en movimiento. Y que el amor es el derrame de la ternura del alma y el dejavú que corre por los huesos cuando un ser descubre, desde lo más profundo de su centro, que ese sentimiento fue el norte de todas sus vidas para acercarse a la luz.

Cuando las ninfas sacaron a Abel desde el interior de su auto y lo llevaron hasta el corazón del bosque, sabían que el camino por adelante sería de expresa ímpetu para él y de alegrías eternas para ellas. Sus 200 años en la tierra estaban por cumplirse y para volverse guías del cielo, necesitaban encontrar al emisario capaz de derramar la música que resuena en el cosmos, hace eco entre las estrellas y se traslada por el polvo cósmico del no tiempo universal.

La conclusión de su ciclo en esta orbe sería el inicio del principio en seres terrenales que escuchen el llamado de Abel, ahora el mensajero y enlazador del mundo natural espiritual con el de las bondades innatas, olvidadas por las relatividades en las intenciones de acción. Esa elevación de las ninfas y la vuelta a la esencia más pura de la humanidad derramada en amor, sería el inicio de la nueva era. 

Feliz 2013! Que la bondad los inunde y que lo mejor del año que se va, sea lo peor del que viene!

Hasta el próximo ciclo.

Con cariño, en cada palabra que escribo.
Juli, también conocida como Yulais :).

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sobre la paciencia

Familia, amigos, trabajo, pareja; relaciones personales y vínculos afectivos. En todos los ámbitos se pone en práctica la paciencia, en la conciencia de saber que cada uno tiene su propio proceso y tiempos subjetivos para asimilar una situación, abrir la cabeza, entender o perdonar.

La paciencia es el límite que se corre, el elástico que se estira, la calza que se amolda, el amortiguador que repara el golpe. Ella se erige entre el orgullo y el amor propio. Se mezcla con la necesidad de medirla según el ambiente y su nivel de calma depende del corrimiento que haya entre la capacidad de soportar y el derrape ante el propio ofuscamiento.

La paciencia es el ejercicio de repensar situaciones y evaluar el mérito de tolerancia ante lo que sucede en frente. Templanza versus temperamento; reacción sanguínea contra las cuentas hasta cien. Una práctica que se perfecciona y nos perfecciona cuando crecemos con ella.

La comprensión de la no espera fortifica la paciencia y escribe en pancartas para los ojos de adentro, que la mirada propia se restringe hasta donde empiecen las relatividades de los demás. 

Cada uno actúa como puede, como le sale. Por eso nunca esperes que los terceros entiendan lo mismo que vos, ni que traten de comprender tus palabras o la obsesión que te revienta por entender un poco más.

No esperes que los demás piensen cada conjunto de letras con la multiplicidad de significados que le podes dar ni la variedad de resabios inconscientes que podes encontrar.

No esperes que no se endurezcan, si con sólo un par de sílabas dichas descubriste lo que no te querían contar. Tampoco esperes que sean analíticos como vos, ni que sientan con tu sensibilidad o a tu manera. No esperes que siquiera se acerquen a la posibilidad de entender la bruma que rodea el pensamiento.

Y en esa no espera los límites se estiran, sólo porque se entiende. Así sin darse cuenta, cada uno se convierte en un elástico fuerte y adaptable; dócil, servicial. Cuando llega a su límite se transforma en cable tensión y lo que se le pare encima es susceptible de ser disparado por el impacto de rigidez.

Dicen que el que espera es recompensado y que es de sabios hacerlo. Pero la paciencia es una virtud amorosa y finita; capaz de romperse y no apta para especulaciones.
Hasta la próxima!
Juli Biurrún


martes, 11 de diciembre de 2012

Te conozco de otra vida

Cuento de feliz cumpleaños
Hacía décadas su estirpe era parte de un conflicto de lanzas, flechas y catapultas para defender y extender los límites de su territorio. Era hija del gran Sapor II y su reina Esther Bendahan, gobernantes del Imperio Sasánida de Persia en el año 363.
Se llamaba Aridaí, que en el occidente significa “bello amanecer” y era la tercera princesa del reino; la del medio entre dos hermanos. Se caracterizaba por su personalidad intensa y desaprensiva. Era indiferente y amorosa por igual. Adoraba el color azul y cuando caminaba al aire libre se mezclaba con el cielo.
Su padre era una potencia enorme. Durante años ocupó el trono y construyó una fortaleza de diversidad. Tan inmensos fueron los territorios conquistados, que sus fronteras se recordaron por la heterogeneidad de costumbres y culturas que hubo en ellas; formas de vidas constantemente diferentes e imposibles de unificar. El imperio sasánido del rey de Persia, fue la esencia de cada pueblo en la pluralidad que erigió su fuerza.
Al otro lado de la frontera Giordano comandaba un grupo de soldados. Era un líder carismático que había desviado sus dotes de simpatía hacia la carne lastimada. Era apasionado y su corazón se excitaba fácil. Vivía con el don del amor en apertura absoluta, ese era su regalo del universo. Se vestía de blanco y era uno de los grandes fieles de Constantino, rey de Roma; su representante jerárquico y la figura en su ausencia.
Romanos y persas eran extremadamente fuertes. Además de sus capacidades para robarse vidas y sacarse tierras, competían a la par en fortaleza de idiosincrasia y temperamento.
Cuando por orden de Roma, Giordano llegó a las puertas de Sapor II, más de 400 hombres secundaban su cabeza. Él lo esperó con el caleidoscopio de su imperio y 600 armaduras tras sus puertas. Y lo más importante, con una hija que no estaba destinada a ningún trono y que era el lago en su propio cielo. 
Arrepentido por las muertes que cargaba en su espalda, como parte de las negociaciones se la ofreció a Giordano. Ella se presentó enfundada en un vestido de gasas azules y su pelo espeso y brillante suelto hasta la cintura. Ese encuentro fue el minuto cero de una historia de duraría vidas enteras. Poco tiempo entre los dos alcanzó para que cada uno se diera cuenta.
La unión se pactó para un futuro cercano, cuando él concluyera las diligencias de su rey. Ella prometió aguardar su regreso y transitar con paciencia el interludio. Faltaba cumplir una última petición de Constantino antes de buscar la paz.  
Giordano tenía que dirigir a sus hombres hasta Cartago, otra de las ciudades rivales del poderío romano. Allí tendría que recoger los dotes para el rey y sumarla a su imperio. Bajo esa misión, partió con la palabra del regreso y el deseo de volver con Aridaí.
El calor y la humedad con los que se encontraron al llegar, expulsó a los hombres al aire libre en busca de templanza para su agobio. El río Indo fue el lugar cercano donde pudieron refrescarse. Y la flora tupida que lo rodeaba era también el hogar de docenas de especies de insectos.
Allí un mosquito mordió a Giordano. Pareció indefenso, solo una gran roncha roja y una picazón intensa en la zona afectada. Esa noche, una serie de alucinaciones empezaron a colarse entre sus sueños. Era la fiebre que le atacaba el cuerpo.
Los días siguientes se sucedieron entre picos de temperatura y escalofríos que no lo dejaron en paz. Giordano enfermó de gravedad; el virus del Tifus se alojó dentro suyo. Le quedó sólo tiempo sin esperanza antes de que su llama termine de apagarse.
Esa noche, Aridaí despertó llorando en la mitad de la luna. Había prometido aguardar con paciencia el regreso, pero la angustia de la espera quebrantó su juramento. Dentro de ella sabía que él no volvería y la ambigüedad entre creer en su palabra y seguir su instinto, hicieron de su propia mente un campo de guerra.
Nunca se encontraron ni contrajeron matrimonio. Tampoco se dijeron las cosas que cada uno sintió. Y no llegaron a hacer el amor más que en su imaginación.

Desde aquel 363, sus almas vagaron por muchos cuerpos y jugaron a enamorarse entre otras tribus. En el medio se cruzaron sin verse y vivieron en lugares cercanos sin hacer próxima la posibilidad de un nuevo encuentro. En sus recuerdos fueron necesarios dos mil años para cicatrizar el dolor de lo inconcluso y la angustia por la espera de no llegar.
Hacia 1980 decidieron nacer en la tierra y en esta vida volver a encontrarse. La memoria de sus almas y el deseo de amarse fue más fuerte que los veinte siglos de distancia. Y los supuestos imposibles se vencieron desde el día en que él la recordó y salió a buscarla.
Giordano y Aridaí eligieron esta época para completar su plan. La evolución de sus almas no podía consumarse sin estar juntos y la sed verdadera que los corrió durante este presente, pudo calmarse sólo con el beso que les devolvió los recuerdos. Cuando sus labios se juntaron la herida sanó y el vínculo renació tan fuerte, que sus almas se hicieron luz derramada. Esa noche, sobre el cielo que los cubrió durante su encuentro, nació la estrella que hoy acompaña a la luna cuando está llena. 
Hasta la brevedad!
Juli Biurrún

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Miedo a las arañas

Un recuerdo del pasado más allá

Cuando era chica desarrollé una especie de fobia por las arañas. Todo empezó en las épocas de caramelos de menta con chocolate y bocaditos Marsh, creo que se llamaban así. Durante las vacaciones de la primaria era normal que me cambie el sueño por las noches sucesivas de juegos de cartas con té de manzanilla, o partidos de Ice Climber y Road Fighter en el Family Game. Siempre con el vicio por los dulces en el medio.

Muy seguido también, alquilábamos películas en el videoclub del barrio. Eran de terror, suspenso y a veces románticas. En una de esas oportunidades, elegimos el VHS de Aracnofobia y me predispuse a mirarla con la actitud más linda de quien se mete un caramelo en la boca para poner play. Sabía que se trataba de arañas y esas cosas, pero ni por ocurrente imaginé la tripa de dimensión que tendría para mí en esa mediana infancia.

Poco tiempo pasó de la historia cuando en su trama, unos hombres trasladaron desde algún lugar del Amazonas hasta Estados Unidos, un cajón con un cadáver y una araña mortal que se había colado dentro. Cuando terminó el paseo y llegaron a tierra destino, el insecto se cruzó con otra casi tan horrible como ella. Las arañitas tuvieron onda y se aparearon. Minutos más tarde, su cría se había diseminado por casi todo el pueblo. Aparecieron hasta en los zapatos y en la ducha también. Incluso hubo un perro pero resultó muerto por la mordedura esas híbridas.

Aquella noche, con la frazada ya encima para llamar al sueño, pude jurar que muchas patitas me caminaban por la espalda, la panza, el brazo y la frente. A veces la sugestión era tan grande, que para quedarme tranquila tenía que sacudir las sábanas. Cada vez que me calzaba controlaba que los zapatos estuvieran limpios. Y cuando me bañaba y el jabón bajaba por el cuerpo, abría los ojos para asegurarme de que no hubiera ningún bicho deslizándose por mi tobogán de agua.

Por esa sugestión, desarrollé una serie de paranoias cotidianas que nada tenían que ver con algún sustento verdadero. Afortunadamente con el tiempo, ese miedo creado desde una sensación imaginaria desapareció (lo que no significó que aprendiera a querer a esos octópodos tan feos).

Sucedió que un día -como si en realidad hubiera sido tan difícil-, entendí que debía tener el poder de controlar los pensamientos sin desviarme del eje y saber cómo manejar a más de 50 por el camino de ripio que me surca la cabeza. En ese proceso, primero asimilé que mis ideas no tenían ningún trauma verdadero que justificaran tal rechazo, más allá de su propia imaginación mal encausada.

Seguido aprendí que la inercia que surge de los pensamientos ordenados en todo espectro de temas, es lo que rige la voluntad como una de las fuerzas más poderosas que tienen nuestros piés. Cuando ese efecto derrame se pone en movimiento, el objetivo se hace claro y entendemos, al fin, que la araña que ponemos en frente no es de verdad.

En tercer lugar me di cuenta de que el tamaño del objeto o situación de miedo, no es equivalente al efecto que el mismo pueda causar. Su magnitud es una creación de la propia mente que imagina con creces y se vuelve débil cuando se siente una psiquis fácil de lastimar. En esa contradicción se basa la resolución del temor. Ocurre que parece tan sencilla que se vuelve invisible y se hace tan propia que se olvida, tal como dice Gustavo en su canción.

La complejidad de los miedos varía a la par de la maduración y se trasladan de objetos a sujetos y deberes, o cualquier cosa que pueda significar un click en alguno de los sentidos. Son ataduras (in)conscientes que impiden dar pasos al frente (y en esto no se incluye a los que sean producto de fobias patológicas). La búsqueda y el crecimiento que surgen de su aceptación y comprensión aparecen, creo que solamente, cuando desde adentro nos paramos contra frente, para hacer oíble la voz interna que el ruido de las inhibiciones no dejan escuchar.  

¡Hasta la próxima!
Juliana Biurrún

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El agasajo de cocinar


Cuando cocino nunca pruebo el plato hasta el final. Está bastante mal, ya lo sé. Sucede que tengo la extraña teoría de que siempre que los ingredientes combinen en textura y color, resultarán sabrosos o cuanto menos ricos. Se trata de lo tentativo del factor riesgo y sorpresa al que someto a los comensales y a mí.

Los aromas que se evaporan desde las ollas y las imágenes que se mezclan entre las sartenes, disfrazan a la cocina como sala de juego y laboratorio de experimentación. Con todo sobre la mesada o nada en la heladera, se pone en marcha el instinto de supervivencia creativa cuando se despierta la magia que vive en el acto de cocinar(te).
           
Cocinar para alguien más es un acto absoluto de agasajo. Sea un lomo mostaza o tallarines con queso, durante su elaboración, la energía violeta circula desde la mano de quien produce el plato, hasta la porción donde caiga la cuchara para revolver.

El estado de ánimo a la hora de cocinar influye como la luna en las mareas aunque no seas mujer. Y en esto creo con toda mi credulidad inadaptada. Si el humor del “fulano le chef” vibra en positivo, el plato resultará sabroso. Si por el contrario alguna rareza circulara entre sus dedos, el plato, con probada previa o no, terminará en el potencial de haber podido saber mejor.

Todo esto lo comprobé durante mi carrera milimétrica de cocinera novata y caradura. En esa época, cada elaboración se transformó en un ritual que se volvió a un sentimiento dulce y amoroso, sea quien fuere el acompañante en la mesa.

Y es contradictorio, porque para quien escribe, la degustación de comidas es uno de los placeres más grandes de la vida. Pero cuando tiene que cocinar para ella misma, el bondi del arroz con queso siempre la deja bien. Aunque reviente con empachos y después se queje, en su individualidad el acto de comer no trasciende a la necesidad biológica de ponerle nafta al cuerpo. Lo cierto es que en su interior, cocinar para alguien más con sentimiento de agasajo es parecido a hacer el amor.

Usa la cuchara como un puente. “Usa el amor como un puente”. La cuchara combina con el amor, en tres sentidos por lo menos. Se me ocurre que tal vez por eso aparezca en la portada de Amelie. O es que solamente estoy fantaseando de nuevo.

Empecé esta historia contando que cuando cocino nunca pruebo un plato hasta el final. Es parte de un rito divertido de autoexploración del olfato y el sentido común, sobre la percepción de las proporciones y la posibilidad de sentir en la mente el sabor de los colores que los ojos ven.
           
Cuando se caigan mis hipótesis, volveré sobre este tema sólo para decir, “JaJA!”, por afirmar tantas barbaridades juntas. Mientras tanto me voy a cortar las verduras. Está por llegar mi comensal favorito.

¡Hasta la próxima! 
 Yulais


jueves, 8 de noviembre de 2012

Los compartimentos de la mente


La mente humana es el factor más potencial e indescifrable de las personas. Potencial por su capacidad de desarrollo, e indescifrable, por ser el "órgano" en el que hurgamos desde que empezamos a tener noción sobre la conciencia, hasta que nuestros pensamientos duran vírgenes de lo senil (o se vuelven a la más suprema de las corduras).

Los compartimentos pueden dividirse en la parte pública y privada. Comprenden los pensamientos capaces de ser socializados para debatirse y, los que son tan internos y pudorosos, que trascienden cualquier barrera de lo moral y los “debería” para volverse, indefectiblemente, “incontables” en las estructuras básicas colectivas.

El espacio privado de la mente es como la habitación personal de una casa compartida. Lo que suceda en ese lugar, no puede ni debería ser sometido a tribunal. Albedrío mental para decidir sobre las propias fantasías, sin rendir cuentas a ningún parámetro impuesto desde limitaciones personales, encarnadas por el traspaso cultural del que somos producto.

A ese compartimiento privado van a parar los mensajes que se borran, las cartas que se esconden, las conversaciones que se ocultan. Es como la Caja de Pandora donde se guardan palabras, abrojos y tentaciones latentes. Si se abriera, sus coletazos caerían como rapiña sobre los más cercanos y la propia mente. Los motivos podrían ser muchos y bien justificados o verdaderamente estúpidos.

Los tiempos modernos nos abren el paraguas a pensar que los modos varios de comunicación en las relaciones humanas, específicamente de pareja, podrían ser manipulados en función del ocultamiento constante. Y en esto celulares con internet y todas sus primas, son fundamentales. Se trata básicamente de la instantaneidad e independencia espacial que generan para limpiar los rastros en una carrera desventajosa para correr.

Pero contra toda pérdida anticipada, en esa pista surge la confianza. Es la razón y el motor de convivencia con ese compartimiento privado, donde el mundo interno crece y los ocultamientos blancos sobreviven.

El debate entre quien escribe y ella misma, concluye con obviedad en que mientras esa incautación de historias y deseos no perjudiquen al entorno, es decisión personal cuándo abrir la llave de una puerta que cierra sólo desde adentro. Los temas inconclusos sobre los que desde afuera se busquen respuestas, deberán resolverse en la simple asimilación de que dentro de esa habitación, somos seres ideales de deseos libres, o por el contrario, manojos de pensamientos enviciados en espirales sin fin.

Juliana Biurrún

viernes, 12 de octubre de 2012

Sobre las relaciones modernas


Los quiebres generacionales se producen como sabemos, por década. Pero la aceleración de los tiempos que corren, plantea nuevos modos de vinculación a una velocidad en la que los preceptos e ideas sobre las formas de relación que nos inculcaron familiar y culturalmente a los pares de esta década, se resbalan sin freno como la sabia que cae por una corteza.

Primero con el modelo de familia arcaica de mamá, papá, hermanos y perro. Después con los pasos de la vida en la formalización de vínculos y títulos. Trece años de escuela, seis de facultad, dos de postgrado, pareja estable, casamiento, hijos y nietos. Los delirios de despiertos parecen terminar al fin de la carrera y con una firma en la libreta civil. Todo en vísperas de los 30 y con una persona del sexo opuesto. Ni se te ocurra mirar a un varón si tenés huevos.

Los más conservadores tildaron de rea a esta juventud adulta que pide por la legalización del cannabis y el cambio de identidad sexual en el DNI. ¿Pero cómo se ve desde ésta generación el panorama que nos presentan los más actuales?

Por empezar, los quiebres parecen haberse salido de regla y acotado en el tiempo. Las diferentes construcciones sobre los modos de ser y hacer entre personajes cercanos cronológicamente, surgen con impronta más fuerte en lo estructural y conceptual. El amor libre clava bandera en lo sexual como expresión primera, con una línea débil y delgada entre libertad y libertinaje.

Las preguntas que ya se hicieron todas las generaciones pasadas sobre la unidireccionalidad del amor y la monogamia como condición sine quanon, hoy caen por obsoletas, a partir de la aceptación colectiva de toda una prole progresiva en libertades individuales como valor primero, que toma fuerza desde las ideas y se materializa en posturas jóvenes que se escuchan cada vez más.

Y en este lugar renace el debate sobre los límites de la fidelidad en lo referido a los pensamientos, las visiones, los deseos, la curiosidad, los ratones y el contacto carnal. Es irrisorio pretender que un sujeto no mire hacia atrás o por el costado con deseo, o fantasee con un compañero de trabajo, una amiga del grupo. Quien esté libre que tire la primera piedra.

La idea más plana del significado de fidelidad queda descontextualizada en este tiempo de cambio. Y no por ello desaparece como valor ético y moral. Por el contrario, se mantiene como una elección de construcción no restrictiva del instinto innato.

El sujeto de amor en una relación vincular, es un ser individual e independiente por sobre todas las cosas. Si se le restringe la posibilidad de fantasear en lo más íntimo de sus pensamientos, de probar otras texturas cuando su instinto le grite desde el cuore que necesita otra piel para renovarse (o compartir para retroalimentar el dúo); se corre contra la propia naturaleza animal que marca la especie humana.

Obligar a este estado es como encerrar a un tigre en una jaula gigante de zoológico. Puede sentir que está libre por el espacio para recorrer, pero vive sus días en un encierro invisible.

Desde las palabras suena todo lindo. Pero el quiebre que esa filosofía exige continúa lejano. Podrá concretarse tal vez, cuando logremos enraizar con honestidad una idea de amor libre, en la que el sujeto del sentimiento no sea restrictivo a nuestra persona por imposición implícita.

Pero claro, ¿quién está dispuesto a dejar que su chico se divierta en otro lugar para después volver a la casa de mejor humor? Lo que se pretende para uno mismo, tiene que atravesar primero la barrera inmensa de comprender sin sufrir y ver sin alterarse, que la propiedad privada es una farsa neandertal que se incrustó en los tiempos modernos.
           
¿Cómo se hace para sobreponer los pensamientos a los sentimientos y aceptar de verdad, la pretendida libertad sin que cualquier producto de su uso, duela? Es el debate por contradicción lo que mantiene el movimiento y estimula nuevos paradigmas para la elevación del ser.

Hasta la próxima!
Juli

miércoles, 3 de octubre de 2012

No esperar


Odio esperar. Puedo hacerlo, mucho y de mala gana. Soy una caradura, ya lo sé. (:p)
           
Odio esperar, porque ese intervalo obliga al aguardo sobre los puntos suspensivos de una frase que quizás nunca llegue. Esperando se amanece en el anhelo y, día tras día, se desperdicia energía que podría ser bien invertida en otro lugar.

En la espera las propias expectativas se trasladan hacia algo o alguien más, cuando esos supuestos tal vez ni siquiera estén a la altura de saldarla. Esperar se vuelve injusto y pretencioso. No todos pueden dar igual.

La espera ilusiona, le da de comer a historias con principio, nudo y desenlace en la propia imaginación. Se vuelve tan nocivo y contradictorio, que no importa cuántas veces sueñes con el encuentro. En la realidad de la espera, el viento corre y corre por el medio, entre el soplo, en la tierra dispersa que congestiona y pica la piel.

La espera es un ramo de manos vacías y ansiosas, que de ansiosas se vuelven torpes y resbaladizas; tontas re tontas, paradas solas en la esperanza absurda de que los puntos suspensivos encuentren su próxima oración.

Por eso no esperes, corré rápido y a favor del viento. 

Yulais

lunes, 17 de septiembre de 2012

De artes y extremos: La Maldita y su revolución

             Fuera de Neuquén no la conoce nadie, pero publicaron una foto suya en la Rolling Stones. Como militante del Porno Post Punk, posa con cara de feliz y consoladores XL entre sus piernas. Cuando está aburrida, escribe en su perfil de Facebook que se “fuma un fasito en streaming” y pone a 27 curiosos detrás de la pantalla a mirar como muele, arma, prende, aspira, tira el humo, relaja y vuelve a aspirar. Todo en un proceso sin música.


Es la mujer de los extremos en sentido amplio de imaginación. La manifestación de lo border en su cuerpo y propia imagen, en su arte y exposición virtual. Ella es Maldita Zorra, un personaje que nació en el 2008 cuando el boom de Facebook se adueñó de incontables cantidades de caras en la apertura de cada nuevo perfil.

Aquella identidad surgió como una chica despechada y enojada con el género masculino. Violenta y predeciblemente impredecible, parecida a la gran Violencia Rivas de Peter Capusotto en sus arrebatos de agresión verbal.

Su estética personal pública, es de un golpe visual que no pasaría desapercibido para las paquetas de la city. Con cresta fucsia, cabeza rapada y expansor en la oreja. Calzas de animal print, guantes sin dedos y tatuajes que no se esconden del sol. Cada manifestación depende del ánimo y el día, del estado de la luna y sus mareas.

Cuando ésta muchacha que hoy escribe llegó a visitarla, fue recibida por Ponchi, el perro que Zorra cuidó después de que lo atropellaran y su vecino lo abandonara a medio morir. Mientras avanzaban en el recorrido por su casa hasta el estudio donde harían la entrevista, se cruzaron con tres de los cinco gatos que viven con ella. “En unos días una amiga se va un mes a París y me va a dejar dos más para que se los cuide”, comentó con total pasividad, como si esa cantidad de felinos no alterara los ánimos de cualquier mortal. Aquí es donde sus extremos se tocan y, el impacto que busca con sus producciones, se conjuga con la luz interna que estimula esa entrega.

Maldita es fotógrafa y generadora. Desde su lugar en lo artístico busca la vibración de sensaciones a partir del impacto o lo “fuera de común cotidiano”. Por eso camina hacia el shock, hacia lugares donde gana el pudor. Si tiene que mostrar un pecho muestra sus tetas, si tiene que expresar liberación se agarra la entrepierna entera. Si se siente asfixiada se pone una bolsa en la cabeza, y, cuando ya está chupada, pegada la a piel sin aire, hace un click de autorretrato.

Su pseudónimo en la disciplina es Innsanitaria; otro de los personajes que nace de Marina - el alma mater de esta historia - como la exacerbación de alguna parte de su personalidad. “Exagero todo porque las respuestas que recibo también son exageradas. Busco los extremos porque necesito que lo que hago genere alguna vibración en el otro. Me divierte observar las reacciones de la gente y cómo a partir de eso interactúan entre sí. Es positivo o negativo, sino pasa desapercibido”, y estiró sus brazos tatuados enteros. Uno de colores y corazones, con el signo de más en su muñeca y el gatito de la fortuna Maneki Neko en versión animé. El otro en tonos grises y figuras de significado oscuro. Para completar la bipolaridad, con un menos en su muñeca interna.

Y como lo dice es tal como se ve. En tiempos donde los fotógrafos abundan y las posibilidades de generar una buena imagen a nivel calidad se volvieron más accesibles, la importancia de lo compositivo como mensaje y concepto sufrió un deterioro paulatino. Por lo menos en el discurso de quienes promueven de fotógrafo a cualquiera que se muestre con una réflex colgada.

“Siento que todo ahora es muy parecido y la fotografía, como cualquier disciplina artística, tiene que ser una revolución. Eso es parte de lo que intento hacer. A lo que observamos cotidianamente trato de convertirlo en personaje. Me gusta darle individualidad a las cosas diarias”, comentó la Zorra.

Trasmutación compositiva: De músicos a transformistas

La primera exposición de Innsanitaria fue una serie de autorretratos con raíz en el concepto de mentalidad disociada. Durante años, además del registro cotidiano, mascotas (muchos gatos) y objetos en particular, se dedicó a fotografiar bandas en vivo. Pero un día se amotinó. “Estaba sacando fotos adelante y cuando me di vuelta, había un montón de gente con cámaras. Ahí guardé la mía, me empaqué y dije, ‘el ambiente de la música no necesita que yo esté acá  sacando fotos’. Ahí escapé y me fui para otro lado”, recordó Marina.

Ese fue el puntapié de cambio en su rumbo fotografiable. De capturas durante presentaciones en vivo, pasó a sesiones con revolución de color en estéticas y esencias diversas. “Fue cuando empecé a hacer imágenes con drag queens, transformistas, travestis y trans. Era una manera de creación más política, porque aunque el mensaje no resultaba explícito, quería poner en el lugar de modelos a personas que jamás se habían visto ese rol. Al re-putaso, al trans. No hay ninguna publicidad que los tenga como protagonistas”, remarcó.

En esta parte de la historia entra en juego el grupo Pastelitos Punk, un conjunto artístico militante por la diversidad del que Maldita forma parte. En sus actividades, trabajan sobre los biocuerpos, las diferencias entre géneros y las relaciones modernas (que de modernas no tienen nada). Con sus intervenciones, buscan mostrar lugares diferentes de las mismas cosas: “Tratamos la diversidad sexual, la libertad del deseo. Salir de lo normal en esto de que todo es pito y concha. Fomentamos la búsqueda de otros lugares de deseos”, explicó.

Las pastelitos son “revolucionarias del post porno” y cada una se siente una revolucionaria más. “Por eso yo me puedo poner en pelotas y sacarme una foto con un pito de plástico, porque lo puedo hacer como pastelito”, concluyó la Zorra, en una definición súper sintética sobre otro de los personajes que conviven en su misma disociación. 

Juliana D. Biurrún
Fotos de Innsanitaria

martes, 11 de septiembre de 2012

Fucking Father Day

Se despertó en la cama de su hombre. El sonido ensordecedor del timbre del teléfono la sacudió del sueño y la almohada ensalivada. Maldito timbre, siempre suena cuando no lo llama.

Era la voz de su vieja, ambigua como siempre, pero esa vez con una gárgara de lija previa que la desayunó con el regalo más puto para un Día del Padre (y no en el sentido trivial de la palabra): Al viejo le habían robado el auto.

Así amaneció su domingo más cerca del mediodía que de la mañana. El almuerzo que lo homenajeaba  resultó confuso. Los aires flotaban raros y no había sahumerio que los disimulara. Sus intenciones de una alegría de vino al mediodía quedaron frustradas desde el primer sorbo.

Llegó el postre y en la mesa caretearon sonrisas, pero cuando invitó a sus padres a compartir un cigarro de flores en alguna post cena, de nuevo pensaron que se estaba volviendo drogadicta y él la acusó, una vez más, de ser promotora del humo. Para ella de los buenos, claro.

Como siempre después de la comida, se juntó con la monada de su barrio antiguo. El frío que caía sobre la ciudad aquella tarde era hostil, doloroso, seco, insoportable. Los linyeras se calentaban en las salideras de las estufas. Cubrían sus cabezas con bolsas de plástico y abrigaban sus cuerpos con diarios bajo la ropa. Todo en un intento inútil para paliar el frío. Es que en esa ciudad donde el billete verde abunda y los propietarios de Caniches Toy tienen licencia para dejarlos defecar en las veredas, no hay siquiera un refugio para vagabundos.

Después volvió a su lugar. No el de su chico ni el de su mamá. Pensó que iba a estar sola, pero pasó poco tiempo hasta que un par de arrancarisas tomaron su cocina para ofrecerle una cena. Y así fue como, contra el inicio de ese día tan malo y extraño, se relajó. Después de noches de sueño flaco pudo dormir. Por lo menos durante algunas horas... antes de volver a despertar en la mitad de la luna.

Juliana Biurrún
                                                                                                    


lunes, 27 de agosto de 2012

Una historia de luces y tentaciones...


Era más rico que el postre nuevo de Bonobón. Incluso cuando mordió la empanada y el jugo de la cebolla se desparramó entre sus dedos, todavía parecía sabroso. En un rapto de inconsciencia instintiva, pensó en arrebatarlo para llevarlo hasta la zona roja de Holanda y ser la única clienta durante los treinta días del mes.

Una no está preparada para tanta metralleta de masculinidad junta. Algunas apenas esperan que el sujeto de su cita se lave los dientes y tenga el comedor completo. O, con pretensiones más amplias y exquisitas, sepa hablar y no tenga errores de ortografía. Eso es absolutamente excluyente y fundamental.

Juan Cruz Pertticone era codiciado y cumplía con todos los requisitos “estereotipables” para la sociedad. Era el último soltero por el que las desquiciadas con vuelo estaban dispuestas a arrancarse los ojos. Pero él era selectivo, no cualquiera le venía bien (cuando no se trataba solo de sexo).  

Buscaba una fémina similar a lo que era: Una chica con ideas, perspicaz, divertida, espontánea y con cero prejuicios para drogarse una noche entre amigos y alcohol. “Una dama en la calle, una señora en la casa…”, una puta en la cama y una más entre sus guachos. Él pensaba que esa especie se había extinguido y ellas creían que él era fácil de complacer. Eran ingenuas y rozaban la estupidez. De primera no habían entendido y de segunda ya no cuajaban en su perfil.

Él estaba con muchas pero quería a una sola. Sin conocerla la soñó noche tras noche, hasta que las circunvalaciones de su mano lo llevaron a cruzarla momentáneamente un fin de semana a la salida del teatro. En un instante la recordó como el flash de una foto reposada en su memoria dormida. Y, aunque todavía no la había tocado, sabía que sus labios tenían sabor a eucalipto. 

Ella era del aire, una mujer libre que venía del costado del muro donde no gobernaba ningún rey. Él la había dibujado en su imaginación hasta aquella noche, cuando por fin materializó en su retina la imagen de su reminiscencia ancestral.

Desde que se encontraron, todo tipo de fuerzas extrañas trataron de separarlos. Eran codiciados por igual, con buena o interesada intensión. Eso despertó a los demonios que vivían en lo más alejado del muro. Con un aleteo fugaz, se disfrazaron de hombre, mujer y placer; incendiaron el peaje y se subieron a la ruta para entorpecer su camino. La tarea parecía sencilla, solo tenían que seguir una esfera de luz que viajaba hacia adelante sin freno y rociarla con Tentaciones Camaleón.

Ella y él eran mortales, tan mortales como la inmortalidad. Animales carnales susceptibles de sucumbir a cualquier incentivo impulsado por el más vil de los goces. Su instinto de preservación de la especie, los llevó a caer en el rocío de los demonios varias veces antes de llegar a la meta final. Es que los demonios además de demoníacos, son persistentes y, aunque se les corte una cabeza, tienen ocho más para seguir demonizando.

Cuanto más intensa se volvió la carrera entre la esfera y las criaturas del otro lado del muro, más brillante se hizo la luz entre el codiciado y la mujer libre. Casi rendidos y obnubilados, los demonios se aliaron y aplicaron todo tipo de manipulación para llenar de clavos la ruta y hacerlos caer en el golpe más duro. Pero ignoraron que todos sus esfuerzos de división serían en vano. Cuanto más lo intentaron, más fuerza le dieron a la esfera para seguir.

Él la había soñado. Ella lo había descubierto. Juntos sintetizaron la bifurcada que los había alejado en el tiempo y acercado en la historia que empezaban a escribir. Con demonios caídos y ángeles despiertos que desde entonces los acompañan en cada paso, como seres andróginos y protectores que clavaron su bandera donde encontraron luz.

Y hoy así conviven, sin demonios, títulos ni proyectos. Son el uno en el otro, la vida en la vida misma. Después de tanto buscar, se encontraron una vez más y para siempre.
           

miércoles, 22 de agosto de 2012

Facebook: El escape imposible


Son pocos los que escapan con eficacia de la jungla virtual. Como una logia de rebeldes from the web, se resisten a plantar sus nombres en el perfil de cualquier red social, sea Twitter, Facebook, Google +, Fotolog o cualquier otra que haya quedado en el pasado de este agosto de 2012.

Pero al ser los menos, generalmente sus entornos integran el team de los más. En ese grupo, las implicancias de sus vidas sociales por un motivo u otro, terminan colgadas en la red. En una imagen de perfil, el retrato de una juntada loca, en la foto escaneada de la dulce infancia escolar o en el barrio. No importa por qué, pero siempre hay alguna razón para mostrar los afectos en el ciberespacio.

Con la nueva modalidad de time line, línea de tiempo, biografía, que la red cara de libro propone obligatoriamente a partir del 22 de agosto, las publicaciones realizadas y recibidas aparecen cual botón vestido de azul. Divididas por año, agrupadas en bloques. Los ex, las ex, los que no llegaron a serlo, los que fracasaron en el intento, todo reaparece ahí. Las fotos horrorosas de cuando usábamos ese peinado tan feo, los recuerdos geniales de todo lo bueno que fue, los recuerdos para el olvido que hoy te gritan ¡hey! qué bien te hizo el tiempo. Todo está ahí. Hasta quienes no quieren estar.

Si todo marcha como hoy, al cabo de unos años la red Facebook tendrá más archivos personales que los sujetos mismos. Más imágenes de las que alcanzamos a guardar y más registros sobre vínculos temporales de los que logramos registrar.

Apocalípticamente, tendrá más contenido explícito que nosotros mismos sobre actos y memorias relacionados a lo que alguna vez comentamos o nos gustó. Los botones sobre Registro de Actividad y Cronología Anual son como los carteles de Memento por toda la casa. Enhorabuena se puede optar por ignorarlos, actitud que presumo, será adoptada por la mayoría.

En esta línea de tiempo, ni siquiera quienes escaparon durante el apogeo de la web, resultarán ajenos a su caza. A no ser que sean unos ermitaños del Congo Belga o se escondan bajo el mantel cada vez que suene un click.

Aunque no quieras estar, Facebook te atrapa. Hasta los McGiver más ágiles que conozco, en algún momento x se encontraron con un sinfín donde no pudieron evitar su presencia. Por lo menos hasta hoy. En algunos años si me acuerdo de revisar la biografía, hago un recuento sobre la cantidad de caídos y te cuento. Espero no sean tantos como se sospecha que será.
                       
Hasta la próxima sesión de filosofía a bajo costo.

Juli