jueves, 28 de abril de 2011

Entrevista a Fabiana Cantilo

Este blog es un registro de algunas cosas que voy haciendo en lo que a periodismo, comunicación y otras hierbas se refiere. Hace unos días Fabiana Cantilo tocó en Neuquén y tuve la suerte de entrevistarla para el programa de TV en el que estoy participando. Aquí dejo un par de frasecitas que rescaté de ella. Los invito a conocer a un ícono, testigo y protagonista del rock nacional, que parece una diva sobre el escenario, pero abajo es de lo más simpática y accesible. En pocas palabras, una gran mujer y una gran artista (no porque sí rockeros de los más grosos se enamoraron de ella… ¿no?)

Fabi contó…

- “En Buenos Aires hago puestas en escena y por ahí me pongo un poco nerviosa, es un quilombo. En ‘Clínica’ en Buenos Aires puse cinco enfermeras en escena, con un enfermo y una que hacía de mi y la agarraban y la pinchaban, era un quilombo espantoso. Mi mamá me decía, ¡pero qué horror Fabiana por favor! Y a mí me encanta, ¡me encanta el bardo!”.

- “Transformo mis cosas espantosas en cómico. Me río mucho de mí misma porque el humor y el amor todo lo salva”.

- “Hay una clave que yo aprendí que es agradecer siempre primero. Estás mal, lista de agradecimientos”.

- “La maternidad es tremendamente difícil, admiro a las mujeres que tienen hijos”.

- “Si hay un lugar donde no se ve tanto la edad es justamente en el rock. Somos como eternos adolescentes jugando ¿hay persona seria en el rock? No”

 
 
 

 ¡Hasta la próxima!
(que va a ser dentro de poquito)

Juliana D. Biurrún

lunes, 25 de abril de 2011

La voz femenina del rock nacional brilló en el Español

Testigo, protagonista y sobreviviente de esta historia, desplegó todo su carisma e impactó al público sin edad que colmó la sala.


La cantautora Fabiana Cantilo se presentó el viernes 22 en el Cine Teatro Español. Después de tres años, volvió a la región no para promocionar un disco en particular, sino para hacer un popurrí de toda su carrera, con énfasis en sus trabajos “Hija del rigor” (2007), “Información Celeste” (2002) y “¿De qué se ríen?” (1998), material de composición propia y casi autobiográfico. A ellos se les sumaron los clásicos de homenaje al rock nacional y los infaltables hits con los que hizo cantar y bailar a la sala entera.

La artista que hace un tiempo aparecía en los medios por su relación con las drogas y los arrebatos de su personalidad ciclotímica y pasional, pareció quedó atrás. Con una esencia renovada, irrumpió en el escenario a los saltos y avasallante, corriendo y bailando de punta a punta, enfundada en un vestido a la rodilla color gris topo brillante, con la espalda descubierta, escote, licras negras y stilettos (zapatos en punta y con taco aguja). Estaba hermosa, sus 52 años pasaban desapercibidos para cualquier desinformado, despertaban la envidia de sus “colegas generacionales” y a las jóvenes nos hacía replantearnos nuestras rutinas de ejercicios (si es que las tuviéramos), en función del estado carnal en que nos gustaría llegar a la quinta década.


          Arrancó con “Obelisco”, el hit súper rockero de “Hija del rigor”, para seguir con “Pupilas lejanas”, el clásico de Los Pericos que versionó para su último disco homenaje al rock nacional, “En la vereda del sol”. De entrada la gente ya estaba al palo y se puso más al palo cuando empezó “Inconsciente colectivo”, el hermosísimo tema de la época dorada de Charly García que está incluido en el mismo material.

“¿De qué se ríen?” fue el trabajo autobiográfico que la posicionó como cantautora. De ahí la canción, “De una vez”, la cuarta en la lista de su presentación en el Español. Cuando terminó, apareció proyectado en la pantalla circular que colgaba en el fondo, el rostro en gran angular de una enfermera parecida a Peter Capusotto. Era la promoción “Clínica”, tema que estará incluido en su próximo material. “Esta canción cuenta la historia de una chica que estuvo internada en una clínica psiquiátrica”, explicó con la frescura y poca vergüenza que la caracteriza. 

De ahí pasaron “Tregua” y “My world” (“Hija del rigor”); “Querida Toto” y “Júpiter” (“¿De qué se ríen?”), para ceder el escenario entero al tecladista Cay Gutiérrez y permitirle interpretar en versión solista un tema propio. Ya con la banda de vuelta y el vestuario renovado de la cantante, empezó una nueva historia. “Este tema salió del consejo que me dio un amigo. Bah, qué un amigo… ¡mi terapeuta! Resulta que yo entregaba siempre mi corazón, me enamoraba todo el tiempo y me daba un montón de palos, siempre terminaba con el corazón roto. ¡Pero acá estoooy!, vivita y coleando”, dijo Cantilo a modo de presentación de “No entregues tu corazón”, balada lindísima de su disco del ‘98. 


          Fabiana sufre del “karma del cover” por haber tenido hits de otros autores. “Este tema se llama ‘Mundo Imaginario’ y es del disco ‘Información Celeste’, mi disco que más me gusta en todo el mundo. Seguro que no lo conocen pero no importa. También voy a tocar hits, no se preocupen”, comentó antes de largar los primeros acordes. Pero ese karma mal establecido queda desestimado cuando el público se encuentra con la producción de una artista de gusto refinado para componer, mezclado con la desfachatez de quien atravesó por todos los estadíos emocionales y convirtió a la risa y comicidad en su método de catarsis por excelencia

          El recital había comenzado puntualísimo y ya estaban por cumplirse dos horas de show, cuando tras un falso final Fabiana se escapó corriendo del escenario. Pero sabíamos que era pura parafernalia, de ninguna manera los bises iban a ser los ausentes de la noche. De vuelta y a los saltos, esta vez con medias más oscuras, chaleco plateado y pollerita símil tutú, interpretó “Amazing” de Aerosmith. El inglés no pareció ser su mejor aliado en la voz, pero dejó claro el mensaje y la identificación que sentía con el tema, en alusión obvia a su vida renovada, a su conversión de pionera en hacedora, de testigo en protagonista y de protagonista en sobreviviente. 


          En otro falso final, la gente ya parada y aplaudiendo comenzó a retirarse pensando que el show de verdad había terminado. Pero estrepitosamente volvió a salir con un rabioso “Ya fue”, y los presentes retornaron corriendo para colarse en los sectores de adelante y hacerse un espacio propio para bailar y saltar entre los pasillos. Incluso a algunos no les importó nada y se abalanzaron sobre las tablas con el único objetivo de robarle un abrazo. La seguridad y los asistentes los corrían de a poco, pero siempre aparecía uno nuevo; hasta que en la última canción, “Mi enfermedad” - esa que Fabi canta prácticamente sin mirar ni pensar porque dice metafóricamente que la toca “desde que nació” - un muchacho se coló con emoción evidente y en pleno canto le corrió la cara del micrófono y le encajó beso en el cachete. Afortunado resultó ser, que por subir en los últimos segundos del show cuando el telón empezaba a cerrarse, terminó bajando del escenario con Fabiana y su banda. No debe haber durado mucho en el back, pero con su impulso cumplió el sueño del pibe.

          El recital finalizó como una gran fiesta y con un éxtasis compartido que no había visto antes en la sala. Gente de diferentes generaciones estaba unida por la música de una artista que recorrió varias décadas y sembró a su paso un gusto sin tiempo. Fue una presentación en la que vimos a una hacedora impecable, renovada, llena de energía y vitalidad. Una mujer sin edad con la que podían identificarse mujeres de todas las edades: La adolescente escurridiza a la que le encanta coquetear, la joven que intenta recuperarse de los corazones rotos y la adulta que ya tiene tanta calle recorrida que le sobra material para escribir un libro, por nombrar algunas. 


          Su gran virtud fue la frescura y transparencia de reírse todo el tiempo de sí misma y de sus montones de relaciones, de las canciones que aseguraba que nadie conocía, de sus visitas al terapeuta y hasta de su internación en una clínica psiquiátrica, cosa que no es poca cosa. Todo mientras tomaba un tecito, presumo de jengibre, y lo intercalaba con una botellita de agua mineral. 

Lo único negativo que se pudo destacar fueron las deficiencias del sonido cuando la cosa se tornaba más eléctrica. Esto derivó en que por momentos aparecieran unos grabes gordísimos que parecían reventarte la cabeza y por supuesto, tapar al resto de la banda. Lo mismo sucedía con un sintetizador que estaba al palo y con sus intervenciones esporádicas generaba la misma sensación. Pero a diferencia de la presentación anterior en Neuquén, esta vez Cantilo no se quejó de nada y, como una lady - femme fatal, desparramó por la sala todo su carisma y energía, para demostrar así que la locura linda también puede hacer hermosa a una mujer. 

¡Hasta la próxima!
Juliana D. Biurrún
Nota publicada en www.comahuerock.com.ar

lunes, 18 de abril de 2011

Miguel Zavaleta en Neuquén

El ex Suéter mostró su histrionismo desprejuiciado en Teatro del Viento. “Mi karma es que siempre me van a seguir los locos”, aseguró.

                                                  

         Miguel Zavaleta  presentó su disco solista, “No lo sé, suerte quizás”, el domingo 17 en Teatro del Viento. Lo acompañaron como banda músicos regionales y la cita fue temprano, los productores se acordaron que al otro día había que madrugar. En una noche de cena y rock ochentoso, cerca de cien personas se distribuyeron entre cervezas y empanadas en las mesas del teatro que alberga a gran parte de la movida independiente de la ciudad.

Cerca de las nueve y media dos bandas soporte aceitaron el evento, hasta que a las diez y media apareció Zavaleta en escenario. El clásico re clásico del rock nacional, “Vía México”, fue la encargada del puntapié inicial. El sonido enquilombado del principio debió volver loco al operador desde los controles, pero como buen hacedor le llevó entre una y dos canciones acomodarlo. Después llegaron, “Él anda diciendo” y “Amanece en la ruta”, entre otros de su etapa con Suéter, intercalados con temas de su trabajo solista para despedir la noche con el clásico mayor, “Extraño Ser”.

La agrupación con la que trascendió el under imprimió varios hits durante una historia de aceptación ciclotímica. Cuando comenzaron allá por el ‘81, el público que los seguía era reducido. Hacia 1985 con la salida del tercer disco, “Veinte caras bonitas” (producido por  el maestro Charly García), los valores de la difusión se pusieron del lado de los rockeros argentos y la historia comenzó a cambiar. “Recién a partir de los ’80 ser músico de rock fue algo honorifico, incluso exagerado. Pasamos a ser como héroes. La gente aplaudía, éramos un ejemplo y lo ligamos de rebote,  pero bien, pasamos a ser el símbolo de la Argentina callada de los ‘70. Tanto cariño de golpe y casi sin merecerlo… fue un buen momento”, explicó Zavaleta recordando aquellas épocas en las que la inestabilidad parecía aplacarse y los adeptos comenzaban a sumarse con masividad.

Durante esa trayectoria fluctuante de aproximadamente diez años, parieron canciones que continúan sonando hasta hoy y que los jóvenes más jóvenes las conocen cuando las escuchan, pero muchas veces cuando se les pregunta por su autor no tienen ni idea. Son casos en los que los temas toman vida propia y parecen trascender al artista. Los nombrados anteriormente, “Extraño ser” (con Andrés Calamaro como invitado en voz), “Vía México”, “Él anda diciendo”, “Amanece en la ruta”, son algunos de ellos. ¡Que tire la primera piedra quien no se las sepa! Son clásicos que aparecen en cuanta versión vieja de compilados de rock nacional haya y que se mantienen vigentes en la actualidad en una aparente función transgeneracional.  

Zavaleta compartió su gusto por los clásicos tocados en vivo y aseguró como músico, ponerse siempre en el lugar del espectador: “Siempre quiero tocar mis clásicos. Me acuerdo de cuando era espectador y quería eso de los artistas, a Spinetta siempre le pedía Muchacha. Es tan hermoso ver a la gente cantar una canción mía. Y me encanta que escuchen mi música, aunque mi karma es que siempre me van a seguir los locos”. 

El músico resultó ser un personaje sumamente histriónico y divertido, que con su voz parchada por la vorágine de tres recitales consecutivos seguidos por los rituales del rock (entiéndase “reviente post presentación”), no perdió la alegría durante el show ni dejó pasar ratos de cuelgue verborrágico en aparentes sin sentidos. Por ahí no se entendía bien el contenido de su mensaje, pero la intención de su expresión quedaba clara. No le importaba decir cosas con las que la gente pudiera pensar que se le habían “volado los patos”; muy por el contrario, mostró los berrinches de su personalidad con la seguridad de quien en apariencia no guarda complejos. Y, como cada vez que alguien actúa sin prejuicios y la certidumbre de saber quien es, el resultado fue bueno. A los que presentes no nos quedó más que reírnos sin aires de burla por los dichos  impredecibles que salían del artista con anteojos estilo Lennon y pantalón escocés que protagonizaba el escenario. 

Sobre el disco y el vivo

Si bien el disco es del 2011 tiene el estilo típico de los ’80, característica que se reprodujo durante la hora y media que duró el recital. Este es un rasgo de la esencia musical de un artista que supo codearse y formar parte de los grandes del rock, para guardarse un lugarcito entre la lista de esos rockeros que hoy, treinta años después, merecen el reconocimiento del mérito en su trayectoria. 

“No lo sé, suerte quizás”, fue galardonado con el Premio a la Composición por el gigante Sadaic (Sociedad Argentina de Autores y Compositores), reconocimiento que lo llena de orgullo y le marca la pauta de que el emprendimiento fue por buen camino. “Me llama la atención que me llaman y me dicen, ‘me encanta el tema tal’, otro me dice que le gusta tal. Es un disco muy parejo, tiene hits. Sé que quien trabaja conmigo se queda tranquilo, porque si no tenés algo que empiece y tenga gancho, no van a trabajar con vos”, explicó Miguel.

El disco no se consigue pagando 30, 40 ó 50 pesos en los locales distribuidores. Entre “gil y revolucionario”, como él mismo se definió, decidió democratizar su música y colgarla en la web para que sea el canal de distribución. “Lo único que quiero es que la gente escuche mi música. Algunos me consideran un revolucionario y otros me consideran un gil. Estoy en la mitad. Internet tiene posibilidades de ir al interior y al exterior. Nada está regalado y lo que viene regalado se va rápido. Vamos a hablar de famas efímeras como la del Pulpo Paul”, ejemplo que recordó también anoche durante la presentación, cuando un bache de silencio por una falla del sonido lo obligó a poner en práctica sus dotes de orador intrépido.

Y así pasó por acá esa voz clásica del rock nacional, con la bizarría de un loco sin complejos y la seguridad en la falta de vergüenza de quien no tiene reparos en decir, “me olvidé la  canción que sigue (pero que ya me voy a acordar)”, para coronar la frase con una gesticulación payasesca devenida en las carcajadas de quienes esa noche, nos debatimos entre cervezas, empanadas y rock. 

¡Hasta la próxima!

Juliana D. Biurrún
Fotos de Caro Monte

Aclaración. Las declaraciones fueron extraídas de la entrevista producida para DM, Magazine de Televisión Central.
- Nota publicada en el sitio www.comahuerock.com.ar

miércoles, 13 de abril de 2011

Maximiliano Guerra y su técnica “ferpecta”

          El bailarín clásico reconocido a nivel internacional y altamente popular, Maximiliano Guerra, se presentó el pasado jueves 7 de abril en el Cine Teatro Español. En esta ocasión llegó a la región para presentar la obra “Carmen”, protagonizada por la primera bailarina Patricia Baca Urquiza, junto a la función de tango moderno del Ballet del Mercosur, “Tango Paradiso”.

Habían previstas dos presentaciones y ambas fueron hechas a sala llena. El público no fue para nada variado. Los adultos mayores coparon el lugar y algún que otro joven se perdió por ahí, sin descontar a los niños grandes / adolescentes tempranos que fueron, probablemente, llevados por sus familiares bajo el lema “Maximiliano Guerra es un artista al que tenés que conocer”.

El escenario estaba completamente vacío, no había ningún elemento decorativo ni escenográfico. Todo estaba preparado explícitamente para centrar la atención cien por ciento en los bailarines, ocho en total (cuatro hombres y cuatro mujeres), incluido Guerra. 

La primera irrupción fue con luz tenue en tonos rojos. El vestuario sobrio, pantalón de vestir y remera negra para ellos; tacos con vestidos de colores para ellas. Era la presentación de Tango Paradiso, un espectáculo de danza moderna que entrelaza pasos de tango y movimientos de baile clásico con la música atinada de Bajo Fondo Tango Club.

Maximiliano parecía homogeneizarse con su séquito. Si algún presente no lo hubiera conocido, difícilmente se habría dado cuenta de quien era, porque para bien o mal, no sobresalía por sobre el resto ni demostró una destreza superior con movimientos para el asombro. La rutina consistía en el intercambio de lugares sobre el escenario, rotación de parejas y momentos “solistas”, pero no en su mayoría. Esto con el agregado del histeriqueo de provocación constante que se interpretaba entre los bailarines como parte del show.

La primera secuencia duró 40 minutos que dieron lugar a un descanso de quince. A continuación la obra protagonista de la noche. En escena, Maximiliano interpretando a un torero y Carmen, una gitana rebelde y pasional, condenada a prisión y posterior ejecución por una disputa con sus compañeras en la cigarrera donde trabajaba. Ella, inquebrantable en su rechazo hacia la imposición de preceptos y normas morales de la España antigua, antepone su libertad por sobre cualquier mandato que atente contra su espíritu reo. 

Los acompañaban en el escenario el Destino, representado con un vestuario de make art, dos cigarreras hiperquinéticas vestidas de colorado, y un carcelario de dos metros de alto, enfundado en un traje de calzas blancas. 

El nudo de la cuestión se presenta cuando Carmen en primera instancia seduce al carcelero (Don José) para salvarse de la muerte, pero luego pone los ojos el joven y adinerado torero interpretado por Guerra. La disputa por el amor de Carmen y el juego de seducción constante al que ella los somete, despierta pasiones encontradas entre ambos y, en un ataque de celos y locura, Don José la asesina con un cuchillo en el pecho.

Un final trágico para una mujer hermosa, un hecho no tan alejado de la realidad de hoy, en donde las noticias sobre violencia doméstica y de género se repiten cada vez más en los medios. Y si bien esta es una historia de ficción, es reflejo fiel del papel que le fue impuesto a la mujer a lo largo de la historia. Sometida y menospreciada, sus cualidades nunca estaban a la altura de los hombres y su rol siempre fue relegado a un papel cercano a la escoria. Pero Carmen, fiel a su esencia indomable siguió su propio norte sin aceptar el padecimiento de lo impuesto. Y su conclusión, un final trágico pero (no es poca cosa) conducido por el camino de la elección: Prefirió morir a perder su libertad.
¿La técnica mató a la expresión?

Quizás la profesionalización extrema de las artes termine quitando la naturalidad que despierta el hacer algo con pasión.
Quizás llegue un momento en el que se practique tanto una rutina que se consiga el hartazgo a nivel inconsciente.
Quizás el virtuosismo técnico no sea sinónimo de virtuosismo artístico.
Quizás al enfocarse tanto en la perfección se olvide el contagio del disfrute propio.
         O quizás estoy escribiendo una burrada tras otra y este universo de las artes sea como se vio y sintió aquel jueves en el Español, pero aquí debo hacer una salvedad: En primera instancia me reconozco poco conocedora del mundo de la danza, pero me considero, como todos o la mayoría de los interesados en el campo, perceptiva en cuestiones de expresión y recepción del sentimiento que despierta el artista cada vez que se muestra.

Las suposiciones primeras derivan de algo que me hizo ruido durante toda la presentación. Maximiliano era técnicamente perfecto y se manejaba con la seguridad de quien no presume error en sus actos. Pero también rozaba lo frío, y su interpretación transmitía poco en relación a lo que esperaba de tal currículum, a diferencia de su grupo de bailarines, que, siendo desconocidos popularmente, conservaban en sus caras la chispa ingenua y vivaz de quien tiene todo por crecer.

Esta es una apreciación personal alejada de una evaluación objetiva… es que como simple espectadora no tengo más que la sensación que la presentación me dejó. Pero contra todo lo que escribí, lo cierto es que Maximiliano cerró su segunda función a sala llena, con todos los adultos parados y aplaudiendo desaforados. Quizás ellos sí lograron sentir a quien les bailaba en frente.

¡Hasta la próxima!
Juliana D. Biurrún

lunes, 11 de abril de 2011

La leyenda del funk en Neuquén: Fred Wesley & The New JB’s

El trombonista emblema de la historia del funk y su banda dieron un recital de vuelo estratosférico en el Cine Teatro Español.

Fred Wesley & The New JB’s se presentaron el pasado viernes en el Cine Teatro Español. El trombonista de James Brown, compositor, arreglista, productor y catedrático musical está de gira en Argentina por primera vez y es uno de los músicos ícono – leyenda de la historia y evolución del funk. Con sus 68 años y una banda increíble que lo respalda, sólida como muralla de hierro, llegaron hasta el “gigante de la Avenida” para dar un recital de verdad sorprendente y convertir su visita, sin dudas, en uno de los eventos culturales del año.

 Empezaba el fin de semana, hacía unos días que había comenzado el mes. El encuentro estaba anunciado con tiempo de sobra y la posibilidad de presenciar un show emblema dejaba casi sin excusas la inasistencia. A las 22.30 los músicos aparecieron en escena. Las luces de las tablas seguían prendidas, parecía que iban a haber unos segundos de intervalo hasta el arranque, pero no. El bajista empezó a tocar intempestivamente una base de funk mientras el resto se acomodaba. De a poco se sumó la batería, la viola y arrancaron los vientos, trompeta, saxo y trombón al frente.

La estructura de las canciones se loopeaba a medida que avanzaba el recital: La intro, la melodía de los vientos, el solo de algún integrante, la “melo” de nuevo, otro solo y así con cada uno. Una vez completa la vuelta, volvían a tocar todos juntos para llevar cada tema hasta su máxima expresión y simular terminar de repente… para volver a empezar bien despacio. Así te llevaban progresivamente a un viaje de alucinación pero no por lo que tocaban, ¡sino por como lo hacían! La esencia del groove y el funk se había hecho carne en ese septeto que cerca de 500 almas teníamos en frente. Esto se sumó al buen sonido que dejó pasar solo un rato hasta acomodarse definitivamente y al mérito de los arreglos de iluminación que ambientaron la noche con gran precisión.

Fred resultó ser un personaje divertido y espontáneo. Cada tanto tiraba algún chiste en inglés y le llegaban risas con retraso. Su pantalón por arriba de la cintura, la camisa dentro y los zapatitos blancos lo hacían parecer simpatiquísimo, tanto que daban ganas de saltar desde la butaca para darle un abrazo, como si fuera tu viejo o abuelo.

La edad y las consecuencias de su sobrepeso se notaron en el recital. Cada tanto entre solo y solo, acercaba su banqueta y contemplaba sentado desde allí lo que ejecutaba la banda. Esto se notó incluso en la fuerza de su ataque al tocar, cuando el resto de los músicos soleaba y Fred pasaba de largo, o hacía unas vueltas cortas y cedía la posta dando indicaciones con el movimiento de su trombón. Para arriba, para abajo, más rápido, una más. Por momentos parecía el director de una orquesta marcando el compás con su batuta. La misma necesidad de descanso se reflejó en Ernie Fields Jr., el saxofonista barítono (hijo del gran Ernie Fields) de 78 años, quien estuvo bastante quieto durante la presentación y cada vez que tenía un espacio se sentaba a relajar.

La primera parte fue netamente instrumental. Canciones de cerca de diez minutos cada una, zapadas interminables y deliradas. Los arreglos de cada músico rozaban lo impredecible y las melodías daban giros inesperados que dejaban con la boca abierta y moviendo la cabeza a todos los que estábamos ahí. Las improvisaciones larguísimas (no tan improvisadas), daban tiempo para que Fred y Ernie descansen y desaparezcan esporádicamente del escenario, mientras los cinco músicos restantes se perdían libres en el mundo del groove.

El bajista (Dwayne Dolphin) y baterista (Raymond Bruce Cox) eran firmes como una pared. El swing que manejaban juntos reventaba de color musical y con los solos que cada uno elaboró demostraron ser terribles “bestias” en su papel, en el buen sentido de la palabra, claro está. El tecladista (Barnaby McAll) parecía enloquecer cuando se abalanzaba sobre las teclas. La velocidad en su toque y los arreglos extrañísimos con los que aparecía dejaban impactado al mismo Fred cada vez que parecía hipnotizarse al mirarlo. Y el guitarrista (Reginald Ward), con un papel más apartado y tranquilo terminaba de completar con calidad enorme el pulso de ese funk de verdad.

Después de más de una hora había llegado el momento de las voces. Juegos de interacción oral se mezclaron con las melodías de fondo. Diálogos entre cantados y actuados centraron la atención y recibieron la respuesta del canto colectivo. Los músicos largaban una frase y la gente repetía a los gritos. Tres voces con registros diferentes y en perfecta afinación, como en analogía con los vientos y arreglos súper armónicos que los intérpretes creaban entre sí.    

El reloj pisaba las doce. Fred estaba cansado y lo explicitó cuando en chiste cortó un tema a la mitad y dijo que se tenía que ir, pero era solo la canción. Ernie tampoco daba más, sus reposos sobre la banqueta eran cada vez más prolongados. El bajista también estaba sentado, pero parecía ser sólo por comodidad. El batero seguía impecable, la intensidad en su toque no decayó ni por un rato, igual que la del violero, el trompetista y el tecladista. Pero llegó la medianoche y como Cenicientas se tuvieron que ir corriendo. Un solo bis dejó a todos los presentes en el Español parados y bailando, cantando y aplaudiendo al tempo del funk. Estábamos felices por el recital desorbitante que acabábamos de ver, tanto que todavía se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo y juro que no exagero.     

¡Hasta la próxima!
Juliana D. Biurrún

martes, 5 de abril de 2011

¿Qué sueña quien toma un terreno?


El problema por las ocupaciones ilegales en la región es un tema recurrente. Continuamente aparecen en los medios de comunicación noticias de nuevos grupos que se sitúan con sus familias en algún espacio desocupado de la ciudad. En torno a eso, se manifiestan especulaciones de todo tipo respecto a los por qué de las instalaciones. Las manipulaciones políticas de repente se vuelven protagonistas y los sectores se echan culpas entre sí, acusándose unos a otros de incentivarlas como parte de una campaña fomentada por la industria del clientelismo.

La realidad es que en la actualidad acceder a un terreno, incluso para alguien con un sueldo fijo, es una tarea casi imposible. Los precios son exorbitantes y los requisitos para suscribir a un crédito discriminan a quienes cobran menos de seis mil pesos, es decir, a la gran mayoría de la población joven. El costo de los alquileres es un delirio financiero que muchas veces pretende llevarse más de la mitad de la mensualidad de un trabajador con salario promedio. Entonces, si este panorama es desalentador para alguien laboralmente activo, pocas esperanzas quedan para la gente sin trabajo. Paradójicamente, es el mismo sistema quien muchas veces empuja a la toma de esta decisión drástica al encerrar a su pueblo en un círculo sin aparentes soluciones.

Pero más allá de las suposiciones y verdades que giran en torno al tema, ningún sector analiza el problema desde el costado humano que implica el tomar un terreno. Nadie habla sobre la desesperación de la persona que, en una situación límite, se siente obligada a recurrir a lo público en un intento de convertirlo en privado. 

Es un secreto a voces que dentro del universo poblacional de los ocupas, muchos son punteros políticos y su necesidad no es real. Pero también es verdad que dentro de esos sectores hay personas con necesidades ciertas, que muchas veces ni siquiera pretenden usurpar un terreno sin más, sino buscar una vía digna para comprarlo con un poco de ayuda.

Nadie se pregunta tampoco, qué sueña quien toma un terreno. Cuando uno se acerca a esos espacios, puede distinguir pequeñas parcelas que muchas veces no superan los cuatro metros por cuatro metros, una al lado de la otra, sin posibilidad de ampliación. Cuando mira a quienes están en ellas, son familias con hijos chiquitos y en camino. ¿Acaso esas personas piensan en un mañana, en tener un patio para que sus hijos puedan jugar? ¿O en ampliar su casa, hacer habitaciones nuevas para distribuirse mejor? Tristemente viven el día a día, sin proyección y sin sueños. Su condición no se lo permite y su realidad habitacional parece convertirse en el castigo de un gran karma.

            En este punto hay más de uno que puede recurrir a la típica afirmación, “que salgan a buscar trabajo, para eso yo también voy a tomar un terreno”, - cosa con la que no concuerdo - por la cantidad de factores que dejan de lado al encerrarse en esta premisa reduccionista. La realidad de muchos de quienes viven esa situación, es que no cuentan con posibilidades de movilidad social y son presas fáciles de la discriminación alimentada en el prejuicio. Tampoco conocen otra cosa y el contexto de su crianza y crecimiento fue mayoritariamente el de la escasez, por ende, pocos encuentran en sus vidas los caminos y la fortaleza para salir de esa situación. Hay excepciones, pero son las menos.

La responsabilidad macro para la solución del problema, recae sin dudas sobre el Estado, el encargado de administrar los recursos que la sociedad misma genera. Pero paradójicamente, ni siquiera el Estado ofrece garantías y posibilidades colectivas. Desde que el ex gobernador Jorge Sobisch asumió en provincia, la construcción masiva de viviendas se detuvo. Antes se hacían alrededor de 1500 por año y el problema de las tomas no era recurrente en los medios.

            La dificultad habitacional de la que hoy se habla en todos lados tiene posturas válidas desde cada punto de vista. Pero el problema es fundamentalmente humano, por la degradación de la persona y la humillación a su dignidad. Vivimos una época demasiado individualista y enfocada, quizás en demasía, en el bien propio por sobre el bien común. Tal vez sea momento de dejar de mirar sólo la choza personal y comenzar a bregar por la importancia del actuar sobre las causas, para intentar imprimirle a las consecuencias una cuota de humanidad, sin generalizar ni estigmatizar a todos por igual.

Hasta la próxima

Juliana D. Biurrún

lunes, 4 de abril de 2011

Día de la ¿memoria?

Hace unos días se cumplieron 35 años del Golpe Genocida del ’76. Recuerdo montones de historias que me contaron mis viejos sobre sus vidas en aquella época. Sus amigos desaparecidos, las apariciones de la policía montada en la facultad, la persecución a mi vieja porque se había olvidado una bandera en el mástil de la escuela, el amigo íntimo de mi viejo al que le descubrió que escondía armas y montoneros en el fondo de su casa y al poco tiempo desapareció. Cosas atroces pasaban todos los días, algunos se enteraban, otros pecaban de ignorancia y se conformaban con el “algo habrán hecho”.

Repaso mis días de paso por la escuela y las cosas que contaban los maestros. No eran tantas y en honor a la verdad, ni siquiera las recuerdo.  Tuve suerte de que algún profesor copado en los estudios superiores haya llevado el tema a las clases y seguido mis delirios por investigar y escribir alguna cosa rara al respecto. Por suerte siempre sufrí de la vendita enfermedad de la curiosidad y fui aprendiendo cosas por mi parte, por preguntona, por la cosa hippie y socialista que me había agarrado en su momento; por todo lo que generaba en mi espíritu (inocente) la militancia manifestada en la calle y en las paredes, en el arte, la música y la expresión. Siempre miré con cierta admiración a los jóvenes de aquella época y sus convicciones de corazón. Y tristemente muchas veces encontré apagada esa chispa de intrepidez en el cotidiano que me rodeaba.  

Hace poco un profesor de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional del Comahue, antiguo militante del Partido Comunista y capacitado en Alemania Oriental (antes de la caída del muro, claro está), dijo estar sorprendido por el aumento de la militancia en la juventud. Aparentemente recién en los nacidos a partir del ’80 (por establecer una fecha tipo) la curiosidad empezó a tomar más protagonismo. Al contrario, en el conjunto nacido en la década previa - quizás por haber mamado la resaca del miedo - el letargo indagatorio y manifestante se lleva el rol principal.

Durante el 2002, el 24 de marzo fue decretado por el Congreso de la Nación como el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, laborable e inamovible, en conmemoración a las víctimas civiles de aquella dictadura. Durante la gestión Kirchner, el mismo se convirtió a no laboral y movible. Tras intensas críticas, terminó por establecerse en un feriado fijo, es decir, sin posibilidad de corrimiento. 

Repasemos. “Día de la Memoria - Feriado movible”, en el que poco se pone en práctica el espíritu que le da nombre y mucho se practica el ocio de un día libre. Su ley motive no es el recuerdo activo por las lenguas de secuestrados que se perforaban mientras los machacaban con la picana, ni por la vieja que moría de angustia porque su hijo no volvía; tampoco por los cuerpos dormidos que caían desde los vuelos de la muerte directo al Río de la Plata.  

Con una carga totalmente nefasta, se convierte en un feriado nacional para incentivar el turismo, hacer circular a la economía y así fomentar el crecimiento monetario de los agentes del mercado. Pero si es el día de la memoria, debería ser el día por la memoria. Las escuelas no tendrían colgar los borradores ni los maestros los guardapolvos. Todos deberíamos reunirnos como un día más y usarlo para recordar, entender y conocer lo que pasó hace tres décadas y media. 

El 2 de abril se cumplió otro aniversario de la ocupación Argentina a las Islas Malvinas. Una guerra perdida desde el principio que actuó como manotazo de ahogado de un gobierno milico que ya no podía controlar nada, que estaba superado por las denuncias y manchado en demasía con todos los adjetivos que referencian a los asesinos. De nuevo recuerdos de historias de mi familia, que contaban que mi vieja lloraba cuando veía como los pibes iban a la guerra. Un delirio armado en un intento de recuperación de soberanía, ¿cómo pudieron imaginar que Estados Unidos, aliado histórico de Inglaterra, apoyaría a los “sudacas argentinos”? ¿Y cómo imaginar que el gobierno de Chile iba a convertirse en aliado del trasatlántico? Fue una guerra de paradojas sin inocencia.

Y hoy después de 35 años, el sentimiento en los afectados directos sigue tan vivo como en aquellos días. Tengo grabada en la retina miradas de conversaciones con Madres que me contaron la historia de sus hijos desaparecidos y el proceso que tuvieron que atravesar para convertir el dolor en fortaleza. Recuerdo como si los hubiera visto ayer, los ojos convertirse en brillo de vidrio de quien me contó que tuvo que pasar días sin tomar agua por la electricidad residual en su cuerpo producto de la picana. 

Hace tres días se conoció la condena a cuatro represores más (después de 35 años). La justicia es lenta pero llega, por lo menos tengamos fe en eso. Mientras tanto elijamos recordar y gritar siempre Nunca Más

Hasta la próxima

Juliana D. Biurrún