martes, 7 de febrero de 2017

Esas cosas que impulsivamente una escribe en lo que dura una canción

El año del Gallo. Tanto se habla del gallo y del fuego y del ying. Un año de los buenos dicen que se viene. “Dicen”, en un poder otorgado al afuera cuando se busca dar globalidad a un algo que contenga la suposición.
Esta globalidad invisible que nos rodea y contiene, que nos trenza en una red que osa sorprendernos mientras no estamos atentos, y que se activa como una lamparita intermitente cuando susurra esto de “qué chico es el mundo”. No es que el mundo sea chico, es que somos muy inmensos aunque no recordemos, aunque la percepción sobre uno mismo cuando el equilibrio se tuerce para dar cauce a los instintos bajos, se vaya por la tangente y vocifere la noción errónea de que uno es un gusano que se arrastra por el suelo.
Un tendido eléctrico que conecta los cuerpos sutiles y los hace parpadear con cada luna, cuando el cielo está oscuro o el sol se disfraza de tormenta. Posibilidades infinitas que se magnetizan al pensamiento y se materializan para explayarse en este plano. Así de pequeños y así de inmensos, de águilas a lombrices y viceversa, en la ciclotimia natural que atraviesa en combinación al pensante que siente y al sintiente que piensa, que no es uno ni es otro, sino todo en su potencialidad.
En ese camino, víctima de la mente intelectual que comanda la vida social, los preceptos, lo preestablecido y lo que debería ser. Tiranía de las limitaciones que reducen al sujeto y lo vuelven objeto de definición, cuando el pensamiento acartonado lo pone en un frasquito y lo deja pasivo tras el vidrio.
Ese exceso contamina lo posible cuando nada en esta vida es definible, porque lo único constante en el plano material es el cambio. ¿Qué objeto o situación podría encasillarse como tal si todo está en permanente metamorfosis? Esa ilusa pretensión de nombrarlo, de decir que es “así”, alcanza lo que dura el rato y ese rato ya pasó. Una muerte en el gerundio del instante furtivo, que acaba cuando termina de pronunciarse y se disuelve en lo que suena su palabra.  
Y ese frasquito en el que se guardan posibilidades, se atrae con otras posibilidades de frasquito. Las que floten por fuera sentirán rechazo más no pánico de cualquier demanda que intente colocarla allí. Con qué derecho y qué necesidad habría ese frasco de cometer el pecado de encerrar lo que puede volar, lo que nació libre y liberado para honrar el proceso, el despojo y la infinita magnitud del movimiento constante.
Es la mutación el máximo regalo en esta tierra mental, que permite descubrir que por debajo de toda ola subyace lo que no se mide en instante ni concepto; lo que no puede definirse con el intelecto, que será y es el único hilo, el único halo que todo lo envuelve y todo lo es, por arriba, por debajo, por adentro y más allá.

Juliana Biurrun

miércoles, 5 de octubre de 2016

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe II

¿En qué momento la gente se olvida de las complejidades ajenas y el rebote del silencio?

Todos los corazones en determinado momento de sus historias personales laten aturdidos. Nadie que practique la empatía permanecería indiferente a las palpitaciones que acaricien su recuerdo. Tremenda ignorancia la de quien pierde la cortesía del respeto. Silencio y hachazo del vacío que transmite. Violencia. Y el desconcierto, la materialización del potencial.

Eso se vuelve círculo, se repite en acción y reacción. Karma. Se habitúa en estilo cultural de vinculación, con vos y con vos, con uno mismo, con el entorno. Y poco a poco, de la falsa diplomacia surge la irritable cordialidad política que no discrimina partido ni situación social entre dos o más participantes. Se legitima la violencia del silencio cuando es necesario el ruido, la indiferencia en la acción cuando hay comunicación no exacerbada. Como si alguna virtud privada dotara de inmunidad al escarmiento, no por el aprendizaje, sino por la esencia obtusa que le impide entrar.

Los arañazos se contagian en contacto con la piel acorazada y ese contagio, humedece de sangre a las manos que se acercan, que no tocan. En previo pensamiento son alejadas, empujadas al vacío con una línea nueva cavada en la cutícula, diminuta y profunda. Aguda. Demasiadas cicatrices atestiguan esas manos. Aunque a simple vista no se vean, ya no se quieren acercar.

Juliana Dolores Biurrun

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe

A pesar de las manifestaciones permanentes para la detección, visibilización y detención de la violencia en todas sus formas, parecemos inmersos en la espiral del vicio donde la violencia se responde con violencia en todas las acepciones de la palabra. Estamos muy enfermos como sociedad por más sanidad que profesemos. Desequilibrados entre el mal entendido salvarnos a nosotros mismos o permanecer activos en conjunto. Espiritualidad no significa aislamiento, por lo menos no en esta etapa de la vida.

Las susceptibilidades y sus ambigüedades derivadas, se sienten más a piel que en otros ratos: En el psicopateo desprendido de la histeria crecida de la inmadurez emocional, en la distorsión de ideas que inducen falsamente a considerar que lo denso es cariño, que ese halo rancio se aproxima.

La inseguridad personal, el virus de la posesión y la espera, la bacteria de la expectativa, cargan peso fantasma en la espalda. La ansiedad del pensamiento que se fuga al extremo contrario para imaginarse ideas de pantalla. Como si cualquier imagen que pudiera crear puertas adentro de su cráneo cotejara algún atisbo de verdad. Como si pudiera siquiera acercarse.

La mente rumiante pasta kilómetros campo adentro, con la campana perdida, hundida entre los cardos, cubierta de sombra bajo pasto seco. Se declara culpable del aire sucio respirado, la elección ignorante tragada y la ilusión consciente inspirada. Se declara culpable por la autocensura de su vuelo y los rincones empolvados sin viento.

El remolino no agita los costados sin crisis. Del equilibrio no deviene la transformación. El desequilibrio es el principio de todo. Previo a la búsqueda la caída, el temblor. Todas las velas del mundo que se extinguen bajo el mismo zonda. La luna fina como pelo no ilumina. El cielo negro de tormenta succiona el aire en bocanada de eyección, en la lija seca de su lengua virulana. De un sorbo al ácido la nuez. Desintegración.


La inteligencia emocional no está en picada, por el contrario, se mueve en alza y en su agitación, desliga de sus cuerpos a otros cuerpos que en su contradicción, llenan de polvo la mesa servida.

Juliana Dolores Biurrun

martes, 26 de julio de 2016

La Voluntad, una obra de César Brie

El maestro de teatro, César Brie, presentó la obra que cuenta la vida de la filósofa francesa Simone Weil, en el marco del Festival Brie organizado por La Caja Mágica Teatro de Cipolletti. Estuvo acompañado por la actriz de Buenos Aires, Flor Michalewicz, como Simone. 

César Brie
Lo más fascinante del teatro es la diversidad de mundos que propone. Cualquier persona que ambicione romper estructuras en su vida debería probar un trago de teatro; más que un trago, pegarse una dura borrachera con él. Mundos simbólicos, interdisciplinarios, físicos y emocionales es lo que ofrece. Desafíos en una gama amplia de diversidad son apenas algunos planetas en este universo.

"La Voluntad, fragmentos para Simone Weil"- obra teatral escrita, dirigida y protagonizada por el maestro César Brie- es un trabajo que remite automáticamente a la vida de entrega que desarrolla un artista en este campo. Con un texto sencillamente abrumador por su extensión y requerimiento memorial para interpretarlo, cuenta la historia de la filósofa francesa que también se desempeñó como sindicalista, poetisa y combatiente.  

Ella fue una de las intelectuales y escritoras en trabajo de campo más profunda y visionaria del siglo XX. Murió de hambre a los 34 años tras una vida de indagación social y personal sobre la historicidad y contexto de la realidad humana y europeo mundial en aquellos años, entre otras.

César y Flor
Las letras de esta revolucionaria conquistaron el cerebro de César Brie y la historia de su vida lo conquistó a él. Tal fue la inflexión que causaron aquellas ideas en su intelectualidad, que el dramaturgo se inspiró en la emanación de la joven para montar esta obra con la que idolatra su memoria, que fue un éxito en Italia y con la que se muestra por estos días en Argentina.  

Actualmente Brie reside en el viejo continente y La voluntad fue estrenada hace dos años allí. Esto implicó un doble desafío a la capacidad para la puesta en Argentina: Interpretar el texto en ambos idiomas con los giros expresivos y gramaticales que cada uno implica. Brie tiene 62 años y verlo desenvolverse con tal lucidez física, mental y creativa fue una master class en implícita plusvalía para la zona.

César además, es acróbata.
Si en algún estilo podría enmarcarse este trabajo, el teatro documental sería lo aproximado. El gran desafío de esta creación histórico biográfica, fue traducir en lenguaje escénico un relato académico informativo y hacer carne de poesía datos concretos del siglo XX.

El uso de elementos como recurso escenográfico alternó roles en el desarrollo de la obra y la interacción con maniobras acrobáticas hicieron honor al entrenamiento físico como uno de los requisitos fundamentales en la profesión actoral.

Con un hilo narrativo que rompió las poéticas literarias típicas del teatro, Brie resolvió ingeniosa y creativamente pasajes sumamente crudos de la historia y los transformó en metáfora de utilería para demostrar, como grosso maestro que es, que el teatro es sinónimo de ruptura y que en la investigación artística, las motivaciones inspirativas se nutren en la más democrática diversidad.

Juliana Dolores Biurrun

sábado, 16 de julio de 2016

De mentes

En la batalla de mentes para callar la mente, el silencio empieza a rebotar en otras partes del cuerpo, principalmente entre las costillas, en el corazón. Después, a trasladarse como una flota por los miembros. Pincha debajo de la raíz de cada pelo.

El pensamiento en forma de palabra mental se vuelve vibración. Enmudece de sílabas y el contorno de sus letras, puntos y comas, se deshace como espuma sobre el vidrio. Se manifiesta en color que late danza de tormenta.

Libre de las líneas que les dieron nombre, gira y se encuentra con su final en el principio, siendo rueda de principio en el final. Olvida que detrás de ese círculo engomado habita un eje, una cosa no cosa que no podría detenerse jamás porque si lo hiciera, la misma existencia desaparecería.

Tanto giran que terminan por enterrarse en el centro laberinto. Aquel acertijo no tendría definición con esa mente. ¿Qué sería lo único que no podría definirse? la nada, la inexistencia quizás. Si se le atribuyera cualquier entidad dejaría de serlo, se contrariaría en sus palabras.


¿Qué está más allá de la existencia? La verdad última. Más acá, el nudo existencial por el olvido de la esencia verdadera, la que trasciende al personaje inventado y angustiado que vive en sociedad. El ángulo detrás de la rueda, inconcebible, inimaginable; inalcanzable mientras el anhelo duerma.

Juliana Biurrun