miércoles, 9 de agosto de 2017

Las miserias siguen siendo las mismas

Comentario sobre la obra teatral Solo por ella

Ambientada en los años ‘30, Solo por ella cuenta la historia ficcionada de las vivencias en un conventillo porteño tras la desaparición de Raquel Liberman*, inmigrante polaca que desnudó el ejercicio de la trata en  Argentina durante aquella época.

Bajo la interrogante de dónde está Raquel que se mantiene durante toda la trama, siete personajes conviven entre la realidad que les toca y la presunta falta de posibilidades con que los parió la vida. Hay quienes esperan y quienes sueñan, quienes desean lo ajeno y quienes depositan la felicidad en el futuro. También quienes especulan con esta felicidad y manifiestan entramados de grandeza. Están quienes parecieran inmutables, a quienes la miseria no los toca o no sienten su caricia. Y por supuesto también, aquellos que transcurren sus días sin más.

Es una producción con sello Feliziani, donde la fotografía de sus instantes mantiene la cadencia del teatro de imagen, característica en la que las situaciones de opresión parecieran traducirse en figuras donde el cuerpo se convierte en el instrumento principal.

Este sello se escabulle también en la poética de su dramaturgia colectiva, donde los retoques finales sobre la historia erigida en conjunto como producto de improvisaciones e investigación, exponen la metáfora de la contradicción y las vísceras esparcidas de la pasión como guía del proceso artístico.

En la puesta en escena de la obra mantiene fidelidad con los requerimientos de un teatro de época ambientado en los años 30. En esto el montaje y vestuario se suman a la música y puntos de tensión cortan no solamente entre segmentos de la historia, sino como sublimación de conflictos personales o entre partes que decantan rítmicamente y a su vez, en miserias que siguen siendo las mismas.

La presunta evolución de la sociedad tantísimas veces parece escabullirse o esconderse por las capas bajas de la piel. Los avances son evidentes y pueden cuantificarse, más no cualificarse en profundidad. Las contradicciones están a la orden del día y a pesar de que constitucionalmente las diversidades han adquirido cuantiosos derechos, y la apertura seguida por la deformación de preceptos antiguos pareciera expandirse cada vez con más fuerza; la realidad es que en el del cotidiano nos encontramos con micromachismos y macromachismos que se manifiestan sin mínimo reparo de época ni contexto. Se develan en actitudes ejercidas desde ellos hacia ellas, desde ellas hacia las demás y desde ellas hacia ellas mismas.  


Es así que las infelicidades de un grupo revelan como muestra poblacional lo que ocurría hace 90 años y paradójicamente cruza aún hoy. Sucede que tristemente, pasa el tiempo y más allá de las décadas ganadas y perdidas, las miserias siguen siendo las mismas.

Una obra de denuncia, que trae del pasado un presente en el que docenas de chicas están secuestradas en condición de esclavas sexuales, siendo sometidas a las mayores inhumanidades producto de la propia contaminación de la sociedad. Del alejamiento de lo real y la identificación como fortaleza entre los hombres de la mujer como objeto y propiedad, resultado asquerosamente del sistema patriarcal enraizado en la deformidad de valores y educación.

Es que las miserias siguen siendo las mismas y ante ellas, el arte una de sus mejores contrincantes. Utilizar los espacios artísticos para fortalecer y fertilizar un camino de vislumbre en la evolución social, es un grato excedente en los procesos que decantan los estados interiores y que conectan paradójicamente, con el costado más espiritual de las personas. Porque la abstracción en el momento de la creación, eso también es comunión de espíritu.

Ficha técnica:
Ø  Dramaturgia colectiva.
Ø  Dirección: Silvana Feliziani.
Ø Elenco: Darío Abreu, Marcelo Brunialtti, Ornella Cucchetti, Elida Nahuelcheo, Gladys Graciela Oses, Graciela Pareja, Mauricio Villar.
Ø  Escenografía: Pablo Aguirre.
Ø  Vestuario: José María Cobo.

­*Su denuncia desmanteló una red de proxenetas de la época y vislumbró el tenor prostibulario del Buenos Aires de los ‘30, donde cientos de inmigrantes llegaron al país huyendo de las miserias del coletazo bélico mundial, favorecidos por la apertura de los gobiernos latinoamericanos que fortalecían la política migratoria para dar rienda a la formación de las economías de mercado.

Juliana Dolores Biurrun

martes, 7 de febrero de 2017

Esas cosas que impulsivamente una escribe en lo que dura una canción

El año del Gallo. Tanto se habla del gallo y del fuego y del ying. Un año de los buenos dicen que se viene. “Dicen”, en un poder otorgado al afuera cuando se busca dar globalidad a un algo que contenga la suposición.
Esta globalidad invisible que nos rodea y contiene, que nos trenza en una red que osa sorprendernos mientras no estamos atentos, y que se activa como una lamparita intermitente cuando susurra esto de “qué chico es el mundo”. No es que el mundo sea chico, es que somos muy inmensos aunque no recordemos, aunque la percepción sobre uno mismo cuando el equilibrio se tuerce para dar cauce a los instintos bajos, se vaya por la tangente y vocifere la noción errónea de que uno es un gusano que se arrastra por el suelo.
Un tendido eléctrico que conecta los cuerpos sutiles y los hace parpadear con cada luna, cuando el cielo está oscuro o el sol se disfraza de tormenta. Posibilidades infinitas que se magnetizan al pensamiento y se materializan para explayarse en este plano. Así de pequeños y así de inmensos, de águilas a lombrices y viceversa, en la ciclotimia natural que atraviesa en combinación al pensante que siente y al sintiente que piensa, que no es uno ni es otro, sino todo en su potencialidad.
En ese camino, víctima de la mente intelectual que comanda la vida social, los preceptos, lo preestablecido y lo que debería ser. Tiranía de las limitaciones que reducen al sujeto y lo vuelven objeto de definición, cuando el pensamiento acartonado lo pone en un frasquito y lo deja pasivo tras el vidrio.
Ese exceso contamina lo posible cuando nada en esta vida es definible, porque lo único constante en el plano material es el cambio. ¿Qué objeto o situación podría encasillarse como tal si todo está en permanente metamorfosis? Esa ilusa pretensión de nombrarlo, de decir que es “así”, alcanza lo que dura el rato y ese rato ya pasó. Una muerte en el gerundio del instante furtivo, que acaba cuando termina de pronunciarse y se disuelve en lo que suena su palabra.  
Y ese frasquito en el que se guardan posibilidades, se atrae con otras posibilidades de frasquito. Las que floten por fuera sentirán rechazo más no pánico de cualquier demanda que intente colocarla allí. Con qué derecho y qué necesidad habría ese frasco de cometer el pecado de encerrar lo que puede volar, lo que nació libre y liberado para honrar el proceso, el despojo y la infinita magnitud del movimiento constante.
Es la mutación el máximo regalo en esta tierra mental, que permite descubrir que por debajo de toda ola subyace lo que no se mide en instante ni concepto; lo que no puede definirse con el intelecto, que será y es el único hilo, el único halo que todo lo envuelve y todo lo es, por arriba, por debajo, por adentro y más allá.

Juliana Biurrun

miércoles, 5 de octubre de 2016

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe II

¿En qué momento la gente se olvida de las complejidades ajenas y el rebote del silencio?

Todos los corazones en determinado momento de sus historias personales laten aturdidos. Nadie que practique la empatía permanecería indiferente a las palpitaciones que acaricien su recuerdo. Tremenda ignorancia la de quien pierde la cortesía del respeto. Silencio y hachazo del vacío que transmite. Violencia. Y el desconcierto, la materialización del potencial.

Eso se vuelve círculo, se repite en acción y reacción. Karma. Se habitúa en estilo cultural de vinculación, con vos y con vos, con uno mismo, con el entorno. Y poco a poco, de la falsa diplomacia surge la irritable cordialidad política que no discrimina partido ni situación social entre dos o más participantes. Se legitima la violencia del silencio cuando es necesario el ruido, la indiferencia en la acción cuando hay comunicación no exacerbada. Como si alguna virtud privada dotara de inmunidad al escarmiento, no por el aprendizaje, sino por la esencia obtusa que le impide entrar.

Los arañazos se contagian en contacto con la piel acorazada y ese contagio, humedece de sangre a las manos que se acercan, que no tocan. En previo pensamiento son alejadas, empujadas al vacío con una línea nueva cavada en la cutícula, diminuta y profunda. Aguda. Demasiadas cicatrices atestiguan esas manos. Aunque a simple vista no se vean, ya no se quieren acercar.

Juliana Dolores Biurrun

Esas cosas que, impulsivamente, una escribe

A pesar de las manifestaciones permanentes para la detección, visibilización y detención de la violencia en todas sus formas, parecemos inmersos en la espiral del vicio donde la violencia se responde con violencia en todas las acepciones de la palabra. Estamos muy enfermos como sociedad por más sanidad que profesemos. Desequilibrados entre el mal entendido salvarnos a nosotros mismos o permanecer activos en conjunto. Espiritualidad no significa aislamiento, por lo menos no en esta etapa de la vida.

Las susceptibilidades y sus ambigüedades derivadas, se sienten más a piel que en otros ratos: En el psicopateo desprendido de la histeria crecida de la inmadurez emocional, en la distorsión de ideas que inducen falsamente a considerar que lo denso es cariño, que ese halo rancio se aproxima.

La inseguridad personal, el virus de la posesión y la espera, la bacteria de la expectativa, cargan peso fantasma en la espalda. La ansiedad del pensamiento que se fuga al extremo contrario para imaginarse ideas de pantalla. Como si cualquier imagen que pudiera crear puertas adentro de su cráneo cotejara algún atisbo de verdad. Como si pudiera siquiera acercarse.

La mente rumiante pasta kilómetros campo adentro, con la campana perdida, hundida entre los cardos, cubierta de sombra bajo pasto seco. Se declara culpable del aire sucio respirado, la elección ignorante tragada y la ilusión consciente inspirada. Se declara culpable por la autocensura de su vuelo y los rincones empolvados sin viento.

El remolino no agita los costados sin crisis. Del equilibrio no deviene la transformación. El desequilibrio es el principio de todo. Previo a la búsqueda la caída, el temblor. Todas las velas del mundo que se extinguen bajo el mismo zonda. La luna fina como pelo no ilumina. El cielo negro de tormenta succiona el aire en bocanada de eyección, en la lija seca de su lengua virulana. De un sorbo al ácido la nuez. Desintegración.


La inteligencia emocional no está en picada, por el contrario, se mueve en alza y en su agitación, desliga de sus cuerpos a otros cuerpos que en su contradicción, llenan de polvo la mesa servida.

Juliana Dolores Biurrun

martes, 26 de julio de 2016

La Voluntad, una obra de César Brie

El maestro de teatro, César Brie, presentó la obra que cuenta la vida de la filósofa francesa Simone Weil, en el marco del Festival Brie organizado por La Caja Mágica Teatro de Cipolletti. Estuvo acompañado por la actriz de Buenos Aires, Flor Michalewicz, como Simone. 

César Brie
Lo más fascinante del teatro es la diversidad de mundos que propone. Cualquier persona que ambicione romper estructuras en su vida debería probar un trago de teatro; más que un trago, pegarse una dura borrachera con él. Mundos simbólicos, interdisciplinarios, físicos y emocionales es lo que ofrece. Desafíos en una gama amplia de diversidad son apenas algunos planetas en este universo.

"La Voluntad, fragmentos para Simone Weil"- obra teatral escrita, dirigida y protagonizada por el maestro César Brie- es un trabajo que remite automáticamente a la vida de entrega que desarrolla un artista en este campo. Con un texto sencillamente abrumador por su extensión y requerimiento memorial para interpretarlo, cuenta la historia de la filósofa francesa que también se desempeñó como sindicalista, poetisa y combatiente.  

Ella fue una de las intelectuales y escritoras en trabajo de campo más profunda y visionaria del siglo XX. Murió de hambre a los 34 años tras una vida de indagación social y personal sobre la historicidad y contexto de la realidad humana y europeo mundial en aquellos años, entre otras.

César y Flor
Las letras de esta revolucionaria conquistaron el cerebro de César Brie y la historia de su vida lo conquistó a él. Tal fue la inflexión que causaron aquellas ideas en su intelectualidad, que el dramaturgo se inspiró en la emanación de la joven para montar esta obra con la que idolatra su memoria, que fue un éxito en Italia y con la que se muestra por estos días en Argentina.  

Actualmente Brie reside en el viejo continente y La voluntad fue estrenada hace dos años allí. Esto implicó un doble desafío a la capacidad para la puesta en Argentina: Interpretar el texto en ambos idiomas con los giros expresivos y gramaticales que cada uno implica. Brie tiene 62 años y verlo desenvolverse con tal lucidez física, mental y creativa fue una master class en implícita plusvalía para la zona.

César además, es acróbata.
Si en algún estilo podría enmarcarse este trabajo, el teatro documental sería lo aproximado. El gran desafío de esta creación histórico biográfica, fue traducir en lenguaje escénico un relato académico informativo y hacer carne de poesía datos concretos del siglo XX.

El uso de elementos como recurso escenográfico alternó roles en el desarrollo de la obra y la interacción con maniobras acrobáticas hicieron honor al entrenamiento físico como uno de los requisitos fundamentales en la profesión actoral.

Con un hilo narrativo que rompió las poéticas literarias típicas del teatro, Brie resolvió ingeniosa y creativamente pasajes sumamente crudos de la historia y los transformó en metáfora de utilería para demostrar, como grosso maestro que es, que el teatro es sinónimo de ruptura y que en la investigación artística, las motivaciones inspirativas se nutren en la más democrática diversidad.

Juliana Dolores Biurrun